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viernes, 17 de julio de 2026

Amor en la segunda edad y media

La señora Nati estaba muy bien conservada, vamos, lo decí­a todo el mundo en el barrio, las mujeres con evidente envidia y un cierto retintí­n, como preguntándose qué pacto tendrí­a hecho con el diablo, y los hombres relamiéndose. Porque la Nati andaba por los cincuenta y. Cincuenta y, son muchos años para andar suscitando miradas rijosas y/o celosas, eh. La señora Nati era viuda, viuda viudí­sima, casi nadie recordaba a su difunto ya, ella habí­a entregado su vida al cuidado amoroso de sus hijas, cuatro, que salieron guapas unas, como ella, e inteligentes otras, como ella también, y que ya viví­an todas su vida, casadas o con oficio. La última habí­a dejado la casa materna hací­a escasos meses y a Nati se le habí­a caí­do la í­dem encima. La casa. Nati, que siempre habí­a sido muy leí­da, estaba empezando a dejarse una pasta en libros, y a chatear (¡huy!) con el mésenguer, pero eso sí­: con sus hijas, que así­ no gastaban en teléfono y las veí­a con la camarita esa, que hay que ver lo que inventan. La señora Nati, hay que decirlo, tení­a la farmacia del barrio «Castaño e Hijos, Farmacia, especí­ficos, fórmulas magistrales», fundada por su padre, y que llevó con su hermano hasta que éste se estableció por su cuenta en otro barrio, y como era una mujer bastante desenvuelta y popular (y emprendedora y moderna), formaba parte de la junta directiva de la asociación de comerciantes del barrio, que fomentaba todo lo fomentable en ese reducido ámbito.
Lo que nadie, pero nadie, sabí­a, es que la señora Nati era una romántica. ¡Ay! Nati devoraba novelas con heroí­nas y amores turbulentos, se grababa todas las pelí­culas lacrimógenas que echaban por la tele, y hasta escribí­a malos ripios en una especie de diario que tení­a, y que, por vergüenza, nunca iba a leer nadie. Además, con quién iba a hablar de sus inquietudes espirituales mientras expendí­a laxantes, pí­ldoras del dí­a después, lubricante vaginal y otras mercancí­as vergonzantes. Otra cosa que nadie sabí­a, y en la que, incluso ella, se negaba a pensar claramente o a planteársela sin tapujos propios, era que le tení­a el ojo echado a un señor.
Concretamente a señor José Antonio, el lotero, hombre de posición acomodada, mayor, pero bien conservado

viernes, 27 de marzo de 2020

Yo sólo quiero morirme

-¡Yo sólo quiero morirme!
-Que sí­, padre, que ya lo sé, que todos los dí­as estamos con la misma martingala.
-Qué martingala ni qué niño muerto, así­ descanso ya de una puta vez, y vosotros también.
-Ande, ande, no diga tonterí­as.
-Quince años, quince, llevo queriendo morirme, desde que se..
-…desde que se murió madre, que sí­, que ya lo sé, que me lo dice cada dí­a ¡no lo he de saber!
-Pues eso quiero, morirme de una vez y dejar ya de sufrir.
-¡Pero qué va a sufrir, si mejor que vive…!
-¡Vivir! ¿A esto llamas vivir, a pasarme el dí­a sentado viendo la tele o mirando por la ventana, que ni a mear puedo ir yo solo
-Sí­ que puede, sí­, ande, deje de quejarse y estese quieto, que así­ no le puedo peinar.
-Como un muñeco, eso soy, como un muñeco, que me tienen que afeitar y peinar ¿ves como no puedo tener ganas más que de morirme, hijica?
-¡Mira, al menos los muñecos se dejan hacer!
-Si esto no es vida, hijica, si yo sólo quiero morirme, pero de verdad, de una puta vez.
-Usté lo que tiene que hacer es cenarse su yogur y a la cama ¡ea! que ya está bien guapo con su pijama y sus pelos bien peinados.
-Ni cenar como dios manda puedo ya… un puto yogur.
-Venga, cómaselo y deje de gruñir, que cada dí­a es más cascarrabias.
-Y cómo no he de protestar si aquí­ estoy padeciendo en vez de morirme.
-¡Ay, qué cansino está!
-¡Y esto qué es! ¡Si este yogur está caducao! ¡Pero cómo me das un yogur caducao! ¡Mecagüen dios! ¿Pero tú qué quieres, que me ponga malo? ¡Hostia!

domingo, 9 de junio de 2013

La piscina de papá


Lo cual que iba yo en el bus, poquita gente, menos mal, con una madre y una hija en los asientos de delante. La madre joven y la niña de las de dedo en la nariz y lazo rosa en la cresta, de esas que un día aprenden a hablar de sopetón y no paran ya nunca. Llueve, apenas se ve tras el cristal, pero la nena atisba un gran edificio de oficinas en una plaza por la que pasamos y entusiasmada, agarra a su madre levantándose para seguir viendo el edificio y exclamando:
-Mira, mamá, la piscina de papá.
-No, no, ahí está la oficina de papá.
-Sí, sí, la piscina de papi.
-Oficina.
-¿Oficina? ¿No es la piscina?
-No, es una oficina.
-¿Y qué es una oficina?
-Un sitio donde hay muchas mesas con señores trabajando.
-¿Entonces papá no tiene una piscina?
-No, cariño, es una oficina y ahí trabaja papá escribiendo muchos papeles.
-Oh… yo creí que tenía una piscina y que un día me iba a llevar. -Dijo la niña ya haciendo un pucherito, toda acongojada de pena-
-¡Ay mi amor!
-¡Buaaaa!
Y yo detrás poniendo cara de póquer y sin saber si partirme de risa o echarme a llorar, porque la niña desilusionada daba auténtica pena. Es lo que tienen los niños, que se desilusionan de tantas ilusiones como se hacen.
Bueno, menos la de los reyes magos ¡esa dura!

martes, 9 de marzo de 2010

Día de la tía curranta

Lo cual que m’había yo enterao de que ayé era el día de la tía curranta, asín que me dije, hombre pa que no se diga, la voy a tratá yo a mi churri que te cagas tía, pa que no se diga que uno no es un caballero, que me lo dijo la secre del tallé, ques una tía más seca que un ajo, que a ver si me estiraba con mi churri que semos todos más bien tirando a animalicos de cabeza baja y que la damos mu mala vida a las costillas, y más cosas que dijo no tan galantes, asina que yo me dije, po sí, po le vi a da a mi churri un día que te cagas, pa que no diga que namás que pienso en birras y ñakañaka, asina que cuando le sonó el grillo le estampé un beso en los morros y le dije mi reina tranqui que te vi a hacé yo un café que te cagas, y le puse la cafetera y le abrí el paquete madalenas y todo de la bella easo que se las compré ayé pa dale una sorpresa, pa que no diga que no pienso nunca en ella, y le puse el café con la taza limpia y to y desayunemos los dos junticos y to que no se lo creía mi churri, y aluego la amonté en la burra y la llevé yo al hospital ande limpia pa que no tuviera que coger el bus y ya luego me vine pal tallé y como salgo yo antes quella pasé por el súper y compré comida pa hacerla yo la comida y la llamé y la dije que hacía yo la comida que no se lo creía mi churri, y compré un pollo asao con patatas y to que venden en el bar de al lao el tallé y vino del de botella, eh, no del tetabrí, pa dale un gusto, que esas cosas son más vistosas si hay vino del bueno en vez de birra, y puse la mesa con el hule y todo y los platos y todo y un plato pa las patatas y todo y con cubiertos y todo aunque el pollo se puede comer con los dedos, pero yo los puse porque así queda más fino, pa que no diga mi churri que no sé hacé las cosas yo bien y finamente, y nos comimos el pollo que nos chupamos los dedos que no se lo creía mi churri, y aluego le dije que se podía tumbar un rato en el sofá mientras yo lavaba los platos y no se lo creía mi churri, y tendí la ropa que había puesto en la lavadora y todo y aluego al salir la invité a un café, pero en la cafetería, eh, no en el bar del Chacho, no, en la cafetería, en plan elegante, que te ponen hasta un chocolatín con el café, y un chupito de melocotón, que le gusta a ella después de comer un chupito, y el café, que la supo a gloria el café, y aluego la volví a montar en la burra y la llevé a la casa que hace por la tarde, ande limpia y va a recogé a los niños y los da de cená y los acuesta, y aluego en ve de irme con los chicos a tomá unas birras me fui pa casa y me di una ducha y hice la cama, aunque luego es para deshacerla, pero la hice bien hecha, para que no diga mi churri que no sé ni hacé la cama, y me duché y me puse la colonia de Ugo Boss ¡¡¡¡y me afeité!!! y cuando vino mi churri ya le dije que me había afeitao y bueno ella ya se había dado cuenta, y si no se había dado cuenta se la dio luego cuando vio que estaba yo suave suave como culito niño, que decía que así sí que así daba gusto y entonces le saqué el regalo que le había comprado un regalo de sorpresa sin decírselo ni nada y le había comprado una camiseta chula chula que me costó una pasta porque la compré en una tienda, eh, nada de un híper ni de comprarla por ahí en los tenderetes, no, en una tienda que la compré la camiseta, mu guapa, con unas cositas brillantes mu fashion la camiseta y la di un beso en to los morros y la dije que mira qué camiseta te he mercao y mira qué guapa vas a estar con la camiseta, ven que te la pongo y ya pues eso, que se la puse y se la quité y le dije mira mira que vengo duchao y la di un masaje en los pinreles que le gusta más que a un tonto un lápiz y que qué gusto me decía, que le diera el masaje en los pinreles que la da mucho gusto y yo que tú quieta reina mía que yo te masajeo los pineles y lo que haga falta y luego echemos un kiki y le di un repaso en los bajos que pa eso me había yo afaitao que tuvo los siete gustos y ya la dejé yo suave y nos quedamos ya dormidos ¡sin ver la tele ni na! y antes de dormirnos va y me pregunta si yo la quiero, ya sabes, cosas que dicen las tías, pero yo que soy un caballero que te cagas la dije que sí, ea, que la quería a mi churri y me miró raro y le dio por suspirar y se me agarró y se me durmió agarrá, y esta mañana cuando he abierto el ojo se había ido y me había dejao un papel en el espejo del váter que decía que adiós que te va a aguantar tu puta madre cabrón que me tienes hasta el coño y me llevo la burra que está a mi nombre y la cartilla ¿tú lo entiendes?

jueves, 20 de noviembre de 2008

Historias tontas XII - Depilación

Yo no sé por qué las mujeres tienen tanta afición a las puñeteras bolas de algodón. ¡Qué maní­a con las bolitas de algodón! La mí­a tiene una especie de copón de cristal en el baño lleno de bolas de esas, pero como una pecera de grande, eh. Las usa para todo. Se supone que son para quitarse las cremas de la cara ¿no?

– Desmaquillantes.

Desmaquillantes, eso, pero no, esta mí­a las usa para todo menos para limpiarse los dientes.

– La mí­a se las pone entre los dedos de los pies, y luego se los pinta.

¡La mí­a también! ¿Y no se puede pintar las uñas sin eso en medio? ¿Es que se le va a pegar un dedo con otro? Y luego las tira. ¡Aún si las usara, pero no, muchas las tira sin usar! Yo creo que las saca de la copa, las mira y ya está usadas, las tira.

– Oye, y a qué viene esto de las bolitas de algodón de tu mujer.

A que pasan cosas.

– ¿Cosas?

Cosas, pasan cosas. Mira, yo las odio. Odio esas bolitas. Antes eran blancas, ahora son de colorines. Un horror ver la copa esa llena de algodones. Siempre encuentras una bola de esas en el lavabo o en un estante o en cualquier sitio. El otro dí­a cogí­ una sin usar, estaba nuevita, eh, nuevita, y la fui a meter en la copa. Me dije: esta mujer saca la bolita y luego se la deja sin usar. ¡Ella que me vio! ¡Que cómo metí­a una bola sucia con las demás limpias! Y ahí­ se lió a sacar bolitas de la copa y a tirarlas. Yo le decí­a, que es la de color rosa, que ya la has sacado, que es esta. Y ella, nada, que no, que era blanca, que no sé cuál es. Total que tiró veinte por no saber cuál era la sucia. La sucia según ella, porque estaba limpia, sin usar, eh, sin usar.

– ¿Sabes que ya empiezas a cansarme con la martingala esta de las bolas?

Calla, calla, que pasan cosas, es que pasan cosas…

– A ver si pasan pronto…

El caso es que la culpa de todo la tienen las bolitas estas. Porque mi mujer es muy suya para la casa, una de esas obsesas con la limpieza, ya sabes, tú has estado. Es de las que entras y te pone el paño bajo las patas porque ha encerado…

– La mí­a periódicos.

Eso, periódicos también, y tienes que andar a saltitos hasta la alfombra del comedor, y en calcetines. Mi mujer es de las que levanta sillas y mesas para limpiar las patas, o sea, lo que toca el suelo, porque dice que tiene polvo.

– La mí­a también aspira las cortinas, que yo le digo ¡pero cómo van a coger polvo las cortinas si están de arriba abajo, no horizontales, se caerí­a el polvo!
En fin, son así­, son así­. Pero a lo que iba es a que, con todo lo cuidadosa que es ella con todo, luego el baño, sus estanterí­as, sus potingues, sus mejunjes y cremas, eso es un desastre, un desorden, todo manga por hombro. ¿Y sabes qué hace con las bolitas de algodón? ¡Las tira al váter! Pero cómo al váter, le digo yo, cómo al váter. Que un dí­a lo vas a atascar y vamos a salir en barca aquí­ flotando en… en… en fin… mujeres, qué se puede esperar.

– ¿Y lo atascó?

Peor, peor, deja, que ya te cuento. El caso es que salí­amos al cine, esto hará como un mes, fí­jate que no salimos nunca, pues salí­amos al cine, yo querí­a ir al váter y darme una duchita luego, yo me visto en cinco minutos, pero ella no, ella necesita una hora sólo para mirar el armario y decir que no tiene nada que ponerse…

– Podí­a hacer un cambio de armarios con la mí­a, así­ tendrí­an algo nuevo que ponerse unas cuantas veces.

Mira, no es mala idea, me la apunto. Pues digo que allá estaba ella quitándose el esmalte de las uñas ¿cómo? con las bolitas, claro, venga a untar bolitas con acetona o algo así­ que olí­a fatal y quejándose de que no tení­a tiempo para nada. Y yo esperando a que acabase, con el periódico en la mano, ya sabes…

– Ya sé, ya…

Al fina se va del baño, me siento, abro el periódico, tiro al váter el cigarrito que me estaba fumando y oigo ¡fffffsssss! ¡blafffppp! Pero un fffsss y un blup como de avión dándose la castaña al aterrizar, y noto un fuego que me sube por entre las piernas hasta el ombligo… ¡pero fuego, entiendes, fuego auténtico! ¡Una bola de fuego que explotó en el váter y subió hasta dejar un manchurrón de hollí­n en el techo, y de paso se me llevó los pelos de los cojones y a poco los cojones mismos!

– ¡Jaaaa… las bolitas con acetona!

¡Napalm, tí­o, aquello era napalm! Fue echar la colilla al váter y explotar y subir una bola de fuego como el hongo ese de la bomba atómica y yo medio rasurado en seco y medio ardiéndome las pelotas, que tuve que coger una toalla, mojarla y empezar a empaparme con ella mis partes. Imagina, yo pegando botes, con aquel humo, los huevos ardiendo…

– ¡Imagino, imagino!

Imagina pero sin cachondearte de mí­, ojo.

– ¡Si es imposible!

Bueno, pero sin pasarte, eh, sin pasarte. Y pegando berridos, bueno, y el ruido, que eso hizo ruido y todo, y tiré varios frascos al suelo, la colonia y el jabón… En fin, mi mujer asustada que entra y me ve medio en el suelo frotándome las partes con una toalla, el humo, el olor… Se descompuso, claro, se echó a llorar, que si es por mi culpa, que si cómo ha podido pasar, que si ven a ver si te has hecho algo. Total que me tengo que tumbar en la cama, como los nenes, con el culito al aire, y ella dándome una crema hidratante. Bueno, Bálsamo Bebé, que precisamente yo tení­a, yo, fí­jate, dos cremas que tengo y una es Bálsamo Bebé…

– ¿Y la otra?

Una para… bueno, ya te cuento otro dí­a. Total que estaba yo allí­ depilado, pero es que depiladito del todo que me he quedado, en serio, y ella poniéndome el bálsamo con cuidadito… en realidad no me hice nada, todo se quedó en el susto y la depilación, pero mucho susto, los dos, eh, mucho. Y me estaba dando la cremita despacito despacito y mientras me poní­a… me poní­a… ¿entiendes?

– Te poní­a.

Me iba poniendo, sí­. Y fí­jate, ella que me vio tan sin pelitos, y así­ con la situación, las emociones, no sé… algo. Que acabamos retozando como hací­a tiempo, eh, como hací­a tiempo. Qué cosas. Se ve que la pongo depilado. Ay que ver.

– Las mujeres son un enigma, un arcano.

Raras, lo que son es raras. Y ahora, ahí­ me tienes, haciéndome la cera todas las semanas, pero agradecido, y mi mujer, mira, como loca, chico, como cuando éramos novios, como de recién casados, la locura. Hasta ropita sexi se ha comprado… ¡ya casi ni vemos la tele!

– Y no te pillarás nada con la cremallera.

Y cómodo, es cómodo y fresquito. Yo te lo recomiendo. No sólo por los efectos colaterales.

– Estoy por probar…

domingo, 4 de mayo de 2008

Historias tontas XI - Coches y cortinas


Paula y Roberto o Roberto y Paula, que tanto monta, son una pareja de amigos nuestros, buenas personas, formales y simpáticos. Llevan años ya viviendo juntos y por fin parece que piensan formalizar su relación. No es que se vayan a casar, se ve que eso del papeleo es lo de menos, pero han hecho un esfuerzo económico, se ve que tení­an unos ahorros, y han cambiado de casa; se han ido a vivir a un piso de alquiler amplio y en un buen barrio; bueno, en realidad aún no se han ido, primero lo están arreglando y amueblando, luego se irán. Y también piensan cambiar de coche, ya que el barrio queda lejos de donde trabajan.
Paula y Roberto son dos personas modernas, de este siglo, sin complejos y sin tonterí­as, que pasan de la lucha de sexos y se reparten las tareas de casa. Los dos son buenos profesionales, tienen treinta y tantos años, ganan un sueldo algo
mejor que la media y si les preguntas por los hijos te contestan que cuando se vean en su nueva vida en el piso nuevo se lo comenzarán a pensar, pero que no han hecho planes y tampoco les atormenta esa frase tan horrorosa de que se les pueda pasar el arroz.
Tanto monta, monta tanto, ya digo, Roberto y Paula lo deciden todo a dúo y no se tienen adjudicado un papel por razón de su sexo, los dos friegan el baño cuando les toca, bajan la basura o pliegan bragas y calzoncillos.
– No os creáis que todas las parejas son como vosotros – les digo – Lo normal es que la mujer cocine y el marido arregle el grifo que gotea y esas cosas de hombres.
– Pero se cocina cada dí­a, y en cambio las cosas de hombres como cambiar fusibles y arreglar grifos sólo pasan de vez en cuando – me aclara Roberto – Además, yo cocino mejor que Paula.
– Cierto – dice ésta – tiene muy buena mano cocinando, yo no sé cocinar, o me salen las cosas crudas, o las quemo, o sosas o con un kilo de sal. Hay quien nace cocinera, pero yo no tengo ese talento. Eso sí­, si hay que pintar una pared me las apaño mejor que Roberto, ya ves. Como ves, con nosotros no van los roles sexuales.
Cuando me dijo esto asentí­, pero al momento me asaltó la duda ¿era realmente así­? ¿Es posible que una pareja llegue totalmente a vencer tantos siglos de historia, tantos siglos de división sexual?
– Te oigo, Paula, pero no acabo de creérmelo, qué quieres que te diga. Algún fallo ha de tener tu posición por algún lado ¡no vais a ser los únicos!
– Vale, pues como tú digas, pero así­ es – terció Roberto –
– ¿Seguro? – insistí­. Y mientras lo estaba preguntando se me ocurrió una maliciosa idea – Ahora que estáis poniendo el piso nuevo, y que os vais a comprar el coche, decidme ¿va Paula a elegir el coche y Roberto a elegir cortinas y visillos?
Se echaron a reir los dos, se miraron, se tomaron de la mano mirándose con cara enamorada y casi se interrumpieron en uno al otro para decir ambos lo mismo.
– Pues mira, no lo habí­amos pensado, pero por qué no.
Y ya dialogando entre ellos así­ quedaron.
– Venga – dijo Paula – yo voy mañana a mirar lo del coche.
– Y yo me paso por la tienda esa que nos gustó y elijo las cortinas.
Y todos nos reimos mucho, y cenamos y charlamos y se fueron los dos cogidos de la mano.
Pasó bastante tiempo hasta que los volví­ a encontrar, por separado, aunque con pocos dí­as de diferencia. A Roberto lo vi con una chica guapita, con carita de sonsa, como de veintipocos años.
– Chico, no nos iba bien, ya ves, fue irnos a ese piso y empezar los malos rollos, y de un dí­a para otro cada uno por su lado. Me alegro, porque así­ conocí­ a Julia y nos va muy bien.
– ¿Pero qué pasó pues? Se os veí­a muy unidos.
– Tuvimos una buena por culpa de las compras que hicimos. Por lo visto no tengo gusto para las cortinas, ni para el tapizado del sofá, ni para la lámpara del comedor, ni para la alfombra del baño, ni para la cortina de la ducha, que por lo visto no puede tener delfines saltando.
– ¿En serio me dices todo eso?
– Que qué manera de tirar el dinero, me dijo ¡como si ella no hubiera tirado mucho más comprando un Citroen Furio
– ¡Hostia! ¿Un furio compró? – dije estremecido –
– Color verde amarillento bilis además, aunque esto es lo de menos cuando te dicen que uno compra las cortinas de color azul bolsa de basura.
– Qué fuerte, así­ ya te comprendo, tienes motivos, tienes motivos. En fin que te vaya bien con Julia, parece muy maja.
– En la cama he ganado mucho – me confesó en un aparte Roberto – nunca le duele nada ni tiene jaqueca ni estrés, ni está pidiendo a gritos unos implantes mamarios.
En eso tení­a mucha razón observé mientras me despedí­a de ambos.
Un par de dí­as después vi a Paula, iba del brazo de un señor bastante mayor que ella, rozarí­a la cincuentena, aunque de buen ver, con chaqueta azul marinera y polo rojo, y atractivas canas en las sienes. Se acercaron a un Audi A5 negro, él le abrió la puerta y ella entró y se perdieron entre el tráfico.
Qué cosas.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Historias tontas X - Hay que vivir

Clarita era la tí­pica mosquita muerta, algunos compañeros decí­an que tení­a su morbo, pero precisamente por eso, no se daba cuenta del botón desabrochado de más en el escote, o de que al sentarse enseñaba la parte esa de las medias que cambia de color o textura. Clarita tení­a los cuarenta recién cumplidos cuando el marido la plantó por el método clásico de marcharse a comprar tabaco y no volver. No se perdió mucho, la verdad, era un tarambana sin oficio ni beneficio que un dí­a andaba vendiendo seguros y al siguiente de camarero y al otro repartiendo paquetes. Pero al menos vení­a ejerciendo de macho proveedor. Y clarita se quedó con una mano delante y otra detrás como quien dice.
A Clarita la veí­amos a menudo porque viví­a encima de la oficina, el tí­pico caserón de antes de la guerra, con la oficina en la planta baja, un piso encima que nos serví­a de almacén y archivo, y dos plantas más donde viví­a el dueño de la finca un mes al año, cuando vení­a de vacaciones y, arriba del todo en una especie de buhardilla, Clarita. La veí­amos pasar tí­mida, con la cabeza gacha y el botón desabrochado de más inocentemente, pero a partir de la desaparición de su marido la comenzamos a ver en los lugares más insospechados, vendiendo libros a domicilio, repartiendo quesitos de oferta en el supermercado y, según decí­an quienes le vieron de madrugada, limpiar alguna oficina.
Al principio se comió los pocos ahorros con que contaba, pero luego parecí­a que iba ganándose la vida y de vez en cuando metí­a algún dinero en la cuenta, para ir pagando la luz, el teléfono y el alquiler. Se ve que viví­a a salto de mata, pero viví­a.
En la oficina un dí­a comenzamos a tener un problema de malos olores, se ve que debí­a ser algo de aguas residuales y que iba a más, hasta el punto de que un dí­a, al entrar por la mañana nos dimos cuenta de que olí­a como a cebollas podridas, algo muy feo, vamos, y llamamos a un fontanero. Llegó, vio, inspeccionó, y el diagnóstico fue que la tuberí­a del edificio estaba embozada, o sea, la bajante que comunicaba con la tuberí­a general, era algo raro, pensando en que sólo viví­a allí­ Clarita, y no habí­a más ocupantes que nosotros mismos, pero en el patio interior se acumulaban dos dedos de agua estancada y maloliente.
-¿No tiraréis papeles o colillas al váter, verdad?
-No señor, en la vida -mentimos como bellacos.
-Pues esto no lo puedo arreglar yo, hay que llamar al ayuntamiento, que manden un camión cisterna y un desatascador por presión que tienen, y con eso se limpia.
Al dí­a siguiente allí­ estábamos, asomados a la ventana del patio con un pañuelo tapándonos las narices. Clarita también asomaba desde arriba.
-A ver si lo limpian de una vez, que no puedo ni tener la ventana abierta.
Levantaron la arqueta y por allí­ metieron una especie de manguera gorda con una rosca y empezamos a oí­r un ruido como de un molinillo de café dentro de una piscina.
-Qué barbaridad, esto no es normal, eh.
-¿No?
-Quia, no sé qué será lo que hay ahí­, algo muy gordo, ya tení­a que haber salido, le estamos metiendo la máxima presión.
Mirábamos todos muy intrigados pensando en qué podí­a salir de allí­ cuando sonó un estampido como de abrir una botella de champán enorme… pero llena de mierda, porque el hedor nos tiró contra la pared. Cuando nos repusimos nos fuimos asomando a mirar el origen de todo aquello.
-Hostia… ¡condones!
Era un tapón de condones, montones de condones, docenas, quizá cientos de condones. Instintivamente miramos hacia arriba. Clarita, con la mano tapándose la boca y los ojos muy abiertos miraba estupefacta cómo flotaban por el patio los detritus finales de su secreta industria. A la mañana siguiente, visiblemente avergonzada, vino a decirnos que no se volverí­a a repetir algo así­, y a pedirnos por caridad que no lo fuéramos pregonando por ahí­.
-La vida está muy mal – nos dijo – Lo hago por necesidad, compréndanlo. No encontré otra salida.

lunes, 16 de abril de 2007

El infartito (Historias Tontas IX)


(puedes escucharlo aquí­)

…pues que estaba yo de guardia y que nos llama mi tí­a Micaela, que al tí­o le dolí­a mucho la mano, y la muñeca, y que, claro, que estaban muy preocupados, porque como ya le han dado dos infartos, pues eso. Así­ que se lo digo a la médica, lo de mi tí­o, que habí­a llamado, y cogemos la uvimóvil y salimos para allí­, claro, deprisa, con la sirena a to meter subiendo al pueblo, porque decí­a la médica que con esos antecedentes, deprisica, que los infartos si avisan hay que aprovecharlo, que la mayorí­a la gente se te va por cinco minutos que tardan en llamarte. Así­ que venga, además yo conduciendo, claro, hola, que conociendo a mi tí­o que no es de los que se quejan, pues preocupao, claro. Así­ que llegamos a la casa y allí­ estaban los dos, el tí­o con la mano en la mesa camilla,
-Que mire, que me duele aquí­ lo que es la mano y la muñeca, señorita.
Y la otra que se lo queda mirando, hay que joerse, y le dice.
-Pero esa es la mano derecha ¿no es la izquierda la que le duele?
-No señorita, esta, esta – decí­a el tí­o – to esto de aquí­ de la mano y la muñeca ¿ve? y como ya me han dau dos infartos…
-Mire, Dimas ¿se llama Dimas, verdad?
-Sí­ señorita.
-Tiene usted los ojos rojos… ¿qué ha estado haciendo esta tarde?
-Hola pues… na, en el casino, que son fiestas y habí­a torneo de guiñote, que hemos quedau terceros yo y el hermano de esta.
-En el casino, eh… bien…¿Y qué ha tomado?
-Na, señorita, que yo ni fumo ni bebo, sólo un descafeinau y luego jugando «sol y sol» na más.
-¿Sol y sol?
-Sí­, en lugar de sol y sombra – le suelta el tí­o – Que como no me dejan beber me pido un vaso grande de agua con yelos y unas rodajas de limón, y le echan una gotica, pero sólo una gotica, eh, de aní­s, pa que no empache. Pero no bebo, eh, qu’es una gotica -gotica, pa que sepa el agua.
-A ver, que nos entendamos, Dimas… ¿así­ que ha pasado usted la tarde en el casino jugando un torneo de guiñote?
-Sí­ señorita, pero na más eh.
-Ya… y lleva los ojos rojos, porque estaba todo aquel ambiente lleno de humo.
-Ah, eso será pues.
-Y se ha pegado la tarde jugando al guiñote.
-Con el hermano de esta, mi cuñao, que hemos llegau a las finales, pero nos han ganau Matarratas y el Andresico el primo d’este pardal, que güen pardal s’ha echau usté de chófer.
-Damián…
-Dí­game, señorita.
-Damián, que la mano que tiene que doler cuando te da un infarto es la izquierda, no la derecha. A que usted es de los que cogen la carta cuando arrastran o cuando van a cantar y le casca un sopapo contra la mesa…
-Hola, a veces…
-Damián, que se ha hecho usted un esguince de muñeca arreándole barajazos al tapete.
Se queda el tí­o todo serio…
-Qué bruto soy, señorita…
-Ande, traiga la muñeca, que le voy a poner un vendaje compresivo, y mañana vaya al ambulatorio que se lo miren.
-Ay qué vergüenza, señorita…
Yo me escojonaba, chico, anda que vaya infarto de habas ¿se habrá visto tí­o más bestia? La tí­a Micaela el sofocón que se dio, luego lo cogió por banda y le dijo de todo mientras lo vendaba, que si eres un esbolutrau y un pezolaga, que el sí­ncope se lo iba a llevar ella de lo esmanotau y esbocarrau que es… En fin.
-Que menos mal.
-Que menos mal, sí­.

A las chicas de la Cruz Roja
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martes, 29 de agosto de 2006

Historias tontas VII - Por los pelos


En la panda, por aquello de que se llamaban igual, a Ángel Marí­a y Marí­a Ángel siempre los acababan poniendo juntos. Ellos dos no tení­an mucho contacto, se conocí­an a través de amigos comunes, pero tení­an otra cosa en común, además de algunos amigos y el nombre: los dos eran introvertidos y andaban siempre un poco cada uno por su lado, vamos, a su bola que se dice.
Una noche que fueron a un cine de verano también acabaron sentándose juntos, al final de la fila, y mientras se sentaba la gente, abrí­an los paquetes de palomitas y pateaban algunos aquello de «que empiece ya que el público se va», él se quedó mirando detenidamente la larga y oscura melena de ella, una melena que le llegaba hasta más abajo de la cintura.
-¿Qué me miras, chico?
-Tu melena, qué larga es. Tienes un pelo muy bonito.
Bajó un poco la mirada y se decidió a confesarle un secreto.
-Es que de niña una vez tuve piojos y mis padres se asustaron, me cortaron el pelo y me hicieron llevarlo siempre corto por si acaso me volví­a a pasar. Y como iba a un colegio de niñas siempre me tocaba hacer de San José. Me daba mucha rabia, y encima despertaba envidias porque a otras les tocaba hacer de pastorcillas y el mí­o era un papel más importante. Me poní­an una barbita… ufs, no quiero ni acordarme. Así­ que en cuanto pude me dejé crecer el pelo.
-¿En serio? – dijo él abriendo unos ojos como platos – Hostia, a mí­ me pasaba al revés. Como era un niño rubito, a mi madre no se le ocurrió mejor idea que llevarme siempre con melenita ¡y siempre me tocaba hacer de paje!, siempre iba por ahí­ con los reyes magos llevando medias y trajecitos ridí­culos. No veas cómo se metí­an todos conmigo, me llamaban la sota y angelito y, vamos… por eso ahora llevo el pelo tan corto.
Se apagaron las luces, empezó la pelí­cula, y en la oscuridad de aquel cine de verano se dieron, por primera vez, la mano.

A Marigé

jueves, 17 de agosto de 2006

Historias tontas VI - Nunca hace buen tiempo para el campo.

En memoria de Manuel Serrano Garcí­a, guardia urbano, que lo contaba mejor y con menos palabras.

El duro sol se estrella sobre las boinas de dos viejos sentados a la puerta del casino del pueblo. Boinas caladas hasta los ojos, chaquetas de pana, camisas blancas abotonadas en el cuello, alpargatas de cáñamo, teces curtidas y renegridas, barbas mal afeitadas, manos huesudas sosteniéndose en sendas gayatas de boj. Uno saca el Celtas, otro el yesquero de mecha y fuman con la mirada negra y acerada perdida en un horizonte salpicado de carrascas y parches de trigo. Zumba un tábano. Cruza la calle una mujer con un cántaro en la cadera. Pasa un rato. Y un perro.
Uno de los dos levanta apenas la vista y mira al cielo:
-Pues mañana pue ser que llueva… y pue ser que no llueva.
-¡No quia Dios!

martes, 8 de agosto de 2006

Historias tontas V - Azúcar


Cuando yo era muy pequeño, pero muy pequeño mi abuelo me contaba cuentos que no eran cuentos, sino historias de viejos, de un pueblo lejano donde tení­a una mula y ovejas, que a mí­ me parecí­an animales fantásticos, mucho más que el perrito de la vecina de arriba o las palomas que vení­an a comer las migas que les echábamos en el parque. El abuelo sabí­a matar al mosquito que querí­a picarme y me poní­a mercromina en las rodillas cuando me caí­a, y soplaba y no me escocí­a. Por la noche me llevaba de la mano a la cama, me daba el vaso de leche y me arropaba. Una vez me vio metiendo el dedo en el azucarero y chupándomelo y se echó a reí­r. Entonces cogió una cuchara, la llenó de azúcar y me dijo -«Verás lo que voy a hacer», y abrió la ventana y ¡zas! lanzó al aire el azúcar y me dijo: -«¡Mira, mira!» Y yo miré al cielo y allí­ estaban todos los granitos de azúcar brillando en la noche arriba arriba. Abrí­ tanto la boca que se me cayó el chupete.

jueves, 25 de mayo de 2006

Historias tontas IV - Malditos dulces bebés


Odiaba a todos esos niños bonitos. Los miraba y los dientes me rechinaban de odio y rencor. Ahí­ estaban sus madres como gallinas entre sus polluelos presumiendo sobre quién llevaba a su nene mejor engalanado. Con dulces frases llenas de doble sentido se lanzaban acerbas crí­ticas unas a otras sobre el inmaculadamente blanco delantalito de mi niña, o sobre los lacitos de mi Tití­n, o sobre que a tu Cuqui le han salido los dientes pero la mí­a ya se va solita y la tuya no.
Se los pasaban una a otra, los sobaban, los besuqueaban al grito de «ay mi niño qué guapo que es él», intercambiaban potitos y pañales y hablaban y no paraban de lo mal que llevaron el destete, y de las maravillosas y carí­simas papillas que hací­an engullir a sus mamoncetes como si fueran ocas cebadas para sacarles el foie.
Eran cuatro o cinco madres, dí­a más dí­a menos, que coincidí­an en la umbrí­a del parque, donde las madres con hijos algo más mayorcitos los miraban deslizarse por el tobogán y reñir por el columpio.
Pero ellas debí­an contentarse aún con llevar a sus nenes de la manita en sus primeros pasos alrededor del banco, jaleadas por las otras madres que les decí­an lo bien que echa la piernecita tu niña y mira qué prisa se quiere dar, y monerí­as por el estilo.
Yo las odiaba, a ellas y a sus crí­os estúpidos y cabezones que aún no sabí­an hablar y hacerse entender. Sus crí­os vestidos de blanco inmaculado, de amarillo clarito, de azul pastel, de rosita de hada madrina, con profusión de lazos y baberos con patitos y gorritos de punto hechos por las amorosas manos de las yayas.
Pero yo esperaba mi venganza. Ellas me habí­an quitado mi banco, el banco en el que mejor se leí­a el periódico hasta que ellas lo descubrieron. Pero eso no iba a quedar así­.
Esa mañana me habí­a armado convenientemente y en cuanto se descuidaran me las iban a pagar todas juntas.
Aproveché el momento en que dejaban a sus rorros encima de un par de mantas, sobre el césped y se dedicaban a comentar los cotilleos televisivos. Entonces me acerqué a ellos y procedí­ a ejecutar mi artero plan, para salir a buen paso antes de que se dieran cuenta.
Al minuto comenzaron los gritos.

lunes, 23 de enero de 2006

Tres historias tontas I

Ella y él estaban hechos el uno para el otro. Tení­an los mismos gustos, las mismas aficiones, ambos eran jóvenes, decididos, inteligentes. Y guapos. Ella, una real hembra, rubia de ojos azules, piernas largas y bien torneadas y pecho exhuberante; él un morenazo con cuerpo de atleta, recio y viril. Tení­an amigos comunes que, varias veces, intentaron juntarlos para que se conocieran, porque se hací­an cruces acerca de las muchas similitudes de su carácter y lo bien que podí­an casar juntos, pero por una u otra razón ese encuentro siempre se frustraba. Los dos eran excelentes estudiantes, perseverantes, trabajadores, incansables en su quehacer; los dos tení­an un genio vivo y eran muy despiertos. Ambos habí­an ganado una importante beca de investigación, cada uno en su campo y allí­ se conocieron, en el acto de presentación, durante el clásico vino español en la facultad. Sus amigos presumí­an que allí­ se iba a producir el flechazo. No les dijeron nada, prefirieron esperar a que saltara sin interferencias ajenas esa chispa que forzosamente tení­a que brotar entre los dos apenas se conocieran.
Ambos se vieron de lejos y sí­, él nunca habí­a visto una mujer tan guapa ni con esa mirada inteligente; a ella él le pareció el hombre más atractivo que habí­a visto nunca. Se miraron, se sonrieron, se acercaron, comenzaron a hablar y comenzaron a sentir un mutuo hechizo. Coincidí­an en todo, reí­an por las mismas cosas, demostraban interés por lo mismo. Ambos pensaban que el otro tení­a la sonrisa más encantadora que jamás habí­an visto en nadie.
-Bueno, dime ¿cómo te llamas?
Preguntó él, tras un carraspeo y poniéndose nervioso por primera vez en la conversación. Ella, también dudó un poco, tragó saliva y dijo:
-Basilisa ¿y tú?
-Homobono.
Se miraron fijamente, hicieron ambos el mismo mohí­n de desprecio, dieron media vuelta y se fueron cada uno por su lado.
-«Será gilipollas… a reí­rse de su puta madre. Qué coñazo que siempre me saquen el chistecito de mi nombre, y parecí­a buena persona, para que te fí­es…»- Y se alejaron pensando cada uno exactamente lo mismo del otro…

Tres historias tontas II

José Luis era el alma de todos los saraos, el tipo simpático que cae bien a todo el mundo, tiene amigos por todas partes y todos le conocen. José Luis, antes de que le pasase aquello, era un poco veleta, un poco bebedor (pero con un beber alegre y jaranero), y un poco disperso en sus atenciones, pasaba de contar un chiste a fulano, a pegar la hebra con mengano, a decirle a Mari Pili lo jamona que se estaba poniendo y que qué lástima que tuviera novio, o a echarle un brazo por encima a Pepe y soltarle aquello de que «ella no te merecí­a y verás que te salen mujeres a patadas». A todos les caí­a bien el simpático de José Luis, aunque el juicio era unánime: un chico de esos desbaratados, majo, pero sin seso. La mitad de nosotros esperaba que un dí­a José Luis asentara la cabeza, se formalizara, se dejara de tener una novia cada mes (o más) y cobrara fama como vendedor o relaciones públicas o algo en lo que ejercitar su don de gentes. Y la otra mitad esperaba que un marido cornudo le partiera la cara, o que se metiera en asuntos de drogas o que acabara siendo un borrachí­n sin oficio ni beneficio. Pero mientras, no habí­a fiesta a la que no se invitara a José Luis, ni jolgorio en el que no hiciera alguna de las suyas. Se hizo muy famoso cuando inventó lo del corrillo.. ¿que en qué consiste lo del corrillo? Pues cuando habí­a un corrillo nutrido de gente hablando de algo muy interesada, él se sumaba al mismo, se acercaba, se poní­a, atendiendo muy serio, se bajaba la bragueta, se sacaba la polla y se la poní­a en la mano a la chica que tuviera más cerca, con el consiguiente escándalo, gritos, carreras y risotadas de unos y otros. ¡Lo que no se le ocurra a este José Luis!
Aquello le sucedió en Baqueira, o en Astún, no recuerdo bien, pero sí­ que era un fin de semana de esquí­, y concretamente el bailongo que se monta después de pasar el dí­a en la nieve, con todos los chicos con jerseys coloridos y todas las chicas con pantalones tan tan ceñidos. José Luis andaba un poquito más alegre que de costumbre, marcándose unos bailes sincopados al estilo de los zombis de Michael Jackson y, como siempre, llamando la atención. Ella estaba en un rincón algo más oscuro, moviéndose sinuosamente, con los ojos entrecerrados, sintiendo la música. Enseguida llamó su atención: «Vaya tetas, se dijo», y se le acercó bailando a su loca manera. A los cinco minutos charlaban animadamente, ella parecí­a fácil de convencer, es más… ella parecí­a que estuviera deseando dejarse convencer. Minutos más tarde sonaba una lenta, y él y ella se apretaban en un abrazo sensual que poco o nada tení­a que ver con la música. José Luis bajó su mano y empezó a tocar con descaro, ella, sorprendida, se le quedó mirando con los ojos muy abiertos, y se abandonó a sus caricias. Al acabar la canción él le dijo un escueto
-Vamos. – y ella, curiosamente, le preguntó –
-¿Estás seguro?
A él le hizo gracia la pregunta, y por toda respuesta tiró de su mano y la condujo a su habitación. Al pasar por la salida al pasillo dijo a algunos amigos que allí­ habí­a, medio fanfarrón, medio avisando para que no les molestaran.
-Psss, chicos, vamos a colgar el cartelito de no molesten, eh, hale.
Y salió con ella de la mano, sin darse cuenta de que a su paso se formaba un extraño silencio entre los presentes, que los miraban ir sorprendidos y preocupados.
Pocos minutos después se oyeron gritos, llantos, réplicas a viva voz y gran confusión. La gente se fue acercando al oí­r el estrépito y los alaridos. Se abrió la puerta de la habitación y salió José Luis abrochándose los pantalones, con la cara encendida de rojo y tropezando con el quicio.
-¡Coño, tiene una pata de palo, joder!
-Tú eres gilipollas, macho ¿es que no lo sabí­as?
A ella tuvieron que asistirla por una crisis nerviosa. í‰l tuvo que desaparecer varios meses porque los hermanos de ella iban buscándolo para ajustarle las cuentas. Estuvo mucho tiempo que no se le levantaba.
Para que te fí­es de los que conocen a todo el mundo.

Tres historias tontas III


Mariko Sato era una japonesita de anuncio, metro cincuenta escaso, muy pocos kilos, flequillo negro y coleta, tení­a una sonrisa encantadora y simpática y por cualquier cosa bajaba los ojos avergonzada en un delicioso mohí­n. Iba siempre acompañada por otras dos compatriotas idénticas a ella, tanto que yo sólo las distinguí­a porque Mariko era la única que chapurreaba algo el español. Estaban las tres estudiando español en la universidad de verano de Jaca y Mariko, la más aventajada al parecer, llevaba las finanzas de las tres y vení­a casi cada dí­a a mi oficina a cambiar moneda, a poner faxes a su paí­s y a interesarse por los pagos de matrí­culas, estancias y otros menesteres de su grupo de alumnos. Su estado natural era el de la risa, siempre siempre iban las tres riendo, cualquier gesto, cualquier palabra, cualquier expresión les causaba la más alegre sorpresa, que manifestaban en aquellas risitas infantiles tan graciosas. Eran un trí­o encantador. Pero Mariko y sus compañeras tení­an una pena, un disgusto que hací­a que no les fuera tan grata como esperaban su visita a España.
-Comida mucho mala – decí­a con su media lengua – Todo mucho gordo, mucho aseite, mucha carne; y pescado poco y mucho quemado pescado, mucho duro ¡pescado no así­ en Japón!
Y sus compañeras asentí­an fijando sus negros y rasgados ojos en mí­ como si yo tuviera la culpa de que en España se comiera mucho y bien.
-¿Y ya habéis probado la tortilla de patatas, la paella, las costillitas de ternasco a la brasa?
Tras conferenciar entre ellas, Mariko, la que llevaba siempre la voz cantante sentenció.
-Totilla mucho gordo, mucho aseite. Pae -ia mala mala ¡no hase bien alós! Alós no aseite, alós palese totilla. Y canne quemada no buena.
-¿Y habéis ido al restaurante chino que hay aquí­ al lado?
Se me quedaron mirando como si me hubieran pillado violando a una viejecita y una de ellas resumió lo que pensaban todas de mi sugerencia con el universal gesto de meterse dos dedos en la boca y provocarse el vómito.
Aquella misma tarde las vi en el restaurante, delante de sendas rodajas de merluza, mirándolas apesadumbradas, y quitando con el tenedor los pequeños daditos de ajo picado.
-¿Tampoco os gusta el ajo?
-¡Nosotlas no coleanas! – protestaron.
Al dí­a siguiente era sábado y decidí­ ir de excursión, aprovechando el excelente tiempo que hací­a. Cogí­ mi coche y anduve por esos caminos hasta que a la hora del vermú paré en un pueblo, y me senté en una mesita de un velador a tomarme mi cervecita con olivas rellenas. En estas estaba cuando oí­ unos grititos de alegrí­a, de sorpresa, en un idioma extraño y oriental. Se sucedí­an los gritos, las risas, y también se oí­an otras risotadas de fondo, estas provenientes de los lugareños sin duda, que estaban en el interior del local. Como aquella algarabí­a me sonaba familiar decidí­ entrar a echar un vistazo, y allí­ estaban las tres. Allí­ estaba Mariko devorando con fruición una banderilla de boquerones, y sus amigas no se quedaban atrás. Por los restos, parecí­a que hubieran dado buena cuenta de medio mostrador del bar… ¡habí­an descubierto los pinchos! Quisieron decirme algo, pero no les salí­a en castellano; se les veí­a emocionadas y sólo atinaban a decir «mucho bueno, lico lico», y saltaban a señalar con el dedo otra bandeja, de bonito en escabeche, de sardinas, de gambas a la plancha, de mejillones con cebollita, de pulpo a la gallega, para que siguieran sirviéndoles raciones.
-¿Qué tal ayer, Mariko? ya vi que estabais comiendo a gusto por fin.
Y una de las amigas que jamás habí­a pronunciado una palabra en castellano se adelantó a las otras para decirme, definitoria y con un exquisito acento aragonés
-De puturrú de fua.
Y todos reí­mos, eso sí­, tapándonos la boquita con la mano, como en Japón..