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miércoles, 29 de abril de 2026

Contra las rubias de bote

Veo la foto de una amiga, casualmente, y observo horrorizado que es rubia. Santo cielo, una morena de nacimiento y ahora es descaradamente rubia. Ello me llama la atención y me pregunto por qué este desmedido afán por clarear el pelo. ¿Qué ventaja obtiene la mujer rubia ante la morena? ¿Qué superior condición ejerce la una sobre la otra? ¿Cuáles son los méritos del cabello rubio o los deméritos del castaño o negro? ¿Qué hace que una mujer se vea impelida durante casi toda su vida a vestir su cabello con un color que le es ajeno? Muchas y muy oscuras incógnitas que no atino a despejar. Dicen que los caballeros las prefieren rubias, para a continuación aclarar que «pero se casan con las morenas», seguramente por algo que, al fin, he descubierto. Al fin, cayó la venda de mis ojos. Después de lo de los reyes magos, después de lo de la cigüeña, después de lo del ratoncito pérez, he llegado a la conclusión de que las rubias, sí­, las rubias… ¡no existen! No hay mujeres rubias, son una invención, un mito, una fábula. Son como la esfinge, el grifo, el unicornio, personajes acendrados de nuestra cultura, pero inexistentes. Quizá el hombre de cromañón o el neandertal ya comenzaran a suspirar por una hembra de imagen distinta a la propia (cosa frecuente en la persona, que siempre ansí­a aquello que no tiene y desdeña lo obtenido) y, por dotarla de atributos con que distinguir el sueño de lo palpable la hicieron con el cabello rubio y no oscuro. Una ensoñación, un juego, una parábola, eso es la rubia, la mujer capaz de contener en sí­ la belleza de lo etéreo. El pobre neandertal era un poeta que envolví­a a su mujer en el aura de lo sobrenatural y la clarificaba, y en sus aspiraciones le salí­a rubia, veí­a a esa compañera suya admirable como algo que lo superaba; esa persona capaz de engendrar, de asir su humanidad a la tierra; de unirle con lo infinito, como una cuasi diosa que hubiera descendido y condescendido a convivir con él y, asombrado, la contemplaba babeante, enamorado, y la magnificaba como podí­a: envolviéndola en un aura irreal, y así­, le veí­a el pelo claro. Y la mujer, incapaz de sublimarse fí­sica y mentalmente hasta tan altas metas, se tiñó. No, no alcanzó la deidad, no se hizo hada, no se transformó en la ninfa soñada: se tiñó. Hete aquí­ que el hombre, tonto de sí­, se conforma con su sueño de bote y con su rubia de bote y no quiere ir más allá buscándole a la parienta calidades oní­ricas, ni está para esos trotes metafí­sicos cuando vuelve del taller o la oficina. El homo actual se enciende mirando pasar las rubias huidiza y distraidamente, cuando no se da cuenta la parienta, y se las imagina rubias naturales, y no como la suya, y por eso apaga la luz en el lecho, para no verle el felpudo tan terrestre y veraz, y hacer cisco su fingimiento de dicha.
Por ello, os prevengo contra las rubias de bote y os aconsejo que os prendáis, como yo, de una buena morena de las de toda la vida. Una morena va por ahí­ diciendo que es como es, y la tomas o la dejas, pero sabiendo lo que tienes entre manos. Ser morena y llevarlo con desenvoltura es como ir por la vida diciendo «menuda soy yo». Las rubias de bote no pueden sino ser simuladas y descontentadizas, una persona llana y sincera difí­cilmente puede casar con un espí­ritu que propende al disfraz y la tintura. ¿Rubias? No, gracias.

jueves, 20 de junio de 2019

Vaya mierda de akelarre

Juguete cómico en un acto.

Puedes escuchar la versión radiofónica:

Dramatis personæ:

Mefistofelina: (Marí­a de las Amnesias Repérez Ladrón de Veras y Gorrónez del Mercadillo) Polí­tica. Va vestida con traje sastre, elegante, moderna y desenvuelta. Sonrí­e falsamente todo el rato, abre mucho los ojos y habla con deje pijo. De vez en cuando hace un mohí­n con la cabeza para apartarse el pelo en un gesto de fingida naturalidad. Está siempre posando y poniéndose delante de todas, y apartando a Pirulí­


Luzbélica: (Maruja Tallarí­n) Maruja. Va vestida de maruja, cochambrosamente, puede ir de chándal y tacones, o con bata de boatiné, rulos y redecilla. Lleva bolsas de plástico por las que se pueden ver unas patas de pollo, pan, detergente, etc… Lleva maquillado un ojo sí­ y otro no. Habla muy andaluzada, chafando las haches, comiéndose las eses finales, grita y exagera mucho.

Satanina: (Cristóbala Pelló) Conductora. Viste minifalda muy muy corta, blusa escotada, zapato plano, gafas de sol de esas de espejo, con coleta y una visera.

Piruja: (Jorja Barón) Machista-Marisabidilla. Viste pantalón muy ancho tipo militar, zapato plano, cinturón y camiseta de tirantes, lleva el pelo muy corto y peinado a raya.

Samantha: (Angélica Bobón) Mosquita muerta. Viste falda, un vestido estampado horrososo y rebeca torcida, con collar de perlas. Se le queda la boca abierta y pone cara de tonta, a veces bizquea, continuamente dice ¿eh? como si no se enterase de nada. Tropieza al andar. Cuando llora saca una caja de clinex, se limpia los mocos, se seca y los va tirando al suelo, de forma que al acabar la obra está todo lleno de clí­nex arrugados.

Pelos: (Pilarí­n Colí­n) Colegiala. Lleva uniforme de colegiala, cinta en el pelo y unos libros y cuadernos. Pone morritos, bailotea y da saltitos continuamente.

Pirulí­: (Tania Revuelo) Famosilla. Viste de putón verbenero, de lo más escandaloso y tiene que colocarse la minifalda que se le sube de vez en cuando. Lleva pelucón rubio platino o es rubia teñida escandalosamente. Se pasa el rato poniéndose de forma que la vean del lado izquierdo, que le han dicho que es el bueno, cuando no se da cuenta y está del otro, dice coñojolí­n y se vuelve. Además se aparta el pelo antes de hablar. Está siempre posando y poniéndose delante de todas, y apartando a Mefistofelina.

Pérfida: (Genuflexión Condiós Todolosantos) Dama pura y asociativa. Viste falda larga hasta los tobillos y camisa oscura abotonada hasta el cuello, con gran crucifijo colgando. Lleva un rosario y un misal en la mano. Lleva el pelo recogido en un moño con visibles horquillas.

martes, 9 de marzo de 2010

Día de la tía curranta

Lo cual que m’había yo enterao de que ayé era el día de la tía curranta, asín que me dije, hombre pa que no se diga, la voy a tratá yo a mi churri que te cagas tía, pa que no se diga que uno no es un caballero, que me lo dijo la secre del tallé, ques una tía más seca que un ajo, que a ver si me estiraba con mi churri que semos todos más bien tirando a animalicos de cabeza baja y que la damos mu mala vida a las costillas, y más cosas que dijo no tan galantes, asina que yo me dije, po sí, po le vi a da a mi churri un día que te cagas, pa que no diga que namás que pienso en birras y ñakañaka, asina que cuando le sonó el grillo le estampé un beso en los morros y le dije mi reina tranqui que te vi a hacé yo un café que te cagas, y le puse la cafetera y le abrí el paquete madalenas y todo de la bella easo que se las compré ayé pa dale una sorpresa, pa que no diga que no pienso nunca en ella, y le puse el café con la taza limpia y to y desayunemos los dos junticos y to que no se lo creía mi churri, y aluego la amonté en la burra y la llevé yo al hospital ande limpia pa que no tuviera que coger el bus y ya luego me vine pal tallé y como salgo yo antes quella pasé por el súper y compré comida pa hacerla yo la comida y la llamé y la dije que hacía yo la comida que no se lo creía mi churri, y compré un pollo asao con patatas y to que venden en el bar de al lao el tallé y vino del de botella, eh, no del tetabrí, pa dale un gusto, que esas cosas son más vistosas si hay vino del bueno en vez de birra, y puse la mesa con el hule y todo y los platos y todo y un plato pa las patatas y todo y con cubiertos y todo aunque el pollo se puede comer con los dedos, pero yo los puse porque así queda más fino, pa que no diga mi churri que no sé hacé las cosas yo bien y finamente, y nos comimos el pollo que nos chupamos los dedos que no se lo creía mi churri, y aluego le dije que se podía tumbar un rato en el sofá mientras yo lavaba los platos y no se lo creía mi churri, y tendí la ropa que había puesto en la lavadora y todo y aluego al salir la invité a un café, pero en la cafetería, eh, no en el bar del Chacho, no, en la cafetería, en plan elegante, que te ponen hasta un chocolatín con el café, y un chupito de melocotón, que le gusta a ella después de comer un chupito, y el café, que la supo a gloria el café, y aluego la volví a montar en la burra y la llevé a la casa que hace por la tarde, ande limpia y va a recogé a los niños y los da de cená y los acuesta, y aluego en ve de irme con los chicos a tomá unas birras me fui pa casa y me di una ducha y hice la cama, aunque luego es para deshacerla, pero la hice bien hecha, para que no diga mi churri que no sé ni hacé la cama, y me duché y me puse la colonia de Ugo Boss ¡¡¡¡y me afeité!!! y cuando vino mi churri ya le dije que me había afeitao y bueno ella ya se había dado cuenta, y si no se había dado cuenta se la dio luego cuando vio que estaba yo suave suave como culito niño, que decía que así sí que así daba gusto y entonces le saqué el regalo que le había comprado un regalo de sorpresa sin decírselo ni nada y le había comprado una camiseta chula chula que me costó una pasta porque la compré en una tienda, eh, nada de un híper ni de comprarla por ahí en los tenderetes, no, en una tienda que la compré la camiseta, mu guapa, con unas cositas brillantes mu fashion la camiseta y la di un beso en to los morros y la dije que mira qué camiseta te he mercao y mira qué guapa vas a estar con la camiseta, ven que te la pongo y ya pues eso, que se la puse y se la quité y le dije mira mira que vengo duchao y la di un masaje en los pinreles que le gusta más que a un tonto un lápiz y que qué gusto me decía, que le diera el masaje en los pinreles que la da mucho gusto y yo que tú quieta reina mía que yo te masajeo los pineles y lo que haga falta y luego echemos un kiki y le di un repaso en los bajos que pa eso me había yo afaitao que tuvo los siete gustos y ya la dejé yo suave y nos quedamos ya dormidos ¡sin ver la tele ni na! y antes de dormirnos va y me pregunta si yo la quiero, ya sabes, cosas que dicen las tías, pero yo que soy un caballero que te cagas la dije que sí, ea, que la quería a mi churri y me miró raro y le dio por suspirar y se me agarró y se me durmió agarrá, y esta mañana cuando he abierto el ojo se había ido y me había dejao un papel en el espejo del váter que decía que adiós que te va a aguantar tu puta madre cabrón que me tienes hasta el coño y me llevo la burra que está a mi nombre y la cartilla ¿tú lo entiendes?

sábado, 4 de abril de 2009

Gorditas III





Escribí­ un primer artí­culo sobre las gorditas, y luego un segundo, y comprobé asombrado que son los que más comentarios han suscitado de entre mis lectores. Y no es que en este blog no se hable de todo, y con ello de temas bien importantes y peliagudos, pero no… lo que más ha provocado el comentario han sido las gorditas. Esto, de por sí­, llama la atención. Más de cien comentarios. Pero lo que aún más llama la atención es que ni uno solo de esos comentarios ha sido para quitarme la razón, todos son de apoyo a lo que pretendo expresar: que las gorditas son hermosas. Es más, muchos de estos comentarios son encendidamente elogiosos, y otros buscan decididamente el trato con personas gorditas. Sin contar los muchos que he tenido que borrar por ser excesivamente explí­citos o incluso groseros. Pocos, muy pocos, los que expresan un complejo, unos cuantos los que se quejan de una cierta discriminación, y bastantes los que no comprenden por qué hay una estética de asociar belleza y delgadez y fealdad con gordura. Lo cierto es que hay gordas guapas y feas, como hay delgadas guapas y feas, lo que yo sostengo es que la belleza, en este caso la corporal, es indiferente de la talla y los kilos.
He escogido unas cuantas fotos de mujeres especialmente bellas y con una talla ajena a los estándares de la moda, y me fijo en que entre dos mujeres de parecida hermosura, siempre gana la que tiene un poquito más de peso ¿o son ilusiones mí­as?
En tiempos pasados se llevaban las mujeres más llenas, pero es que en tiempos pasados se enseñaba mucho menos que ahora, apenas el escote, que siempre es más bonito si es generoso y no escurrido de carnes. Con la pérdida de ropa por encima se ha tendido a perder también chicha que mostrar, aproximándonos a una estética del cuerpo femenino más próxima a la del masculino, más longilí­neo y musculado. Es más, empieza a llevarse no sólo la estética de la delgadez en la mujer, sino la estética del musculito, y el vientre redondo comienza a dejar paso al abdomen con cuadritos de pastilla de chocolate; y los brazos y piernas torneados a los bí­ceps y la musculatura marcada. Yo estoy más cerca de preferir el músculo a la delgadez, eso es cierto, mejor fornidas que esqueléticas, pero ah… donde se ponga la mollita, la rica mollita, la lorcita que invita al mordisco cariñoso ¿cómo se va a contraponer a eso el hueso rodeado de piel? Las delgadas tienen un algo de enfermizo, mientras que a las gorditas se las ve sanotas, y la belleza también se nutre de la salud corporal.
Cierto que los excesos son malos, por eso estos artí­culos se llaman «Gorditas», una expresión simpática, amable, que nunca debe ser considerada de forma peyorativa, hay que reinvindicar a la gordita y hay que reclamar la palabra gordita como expresión de lindeza fí­sica y no como eufemismo de fealdad.

Ver: Gorditas I y Gorditas II

miércoles, 31 de agosto de 2005

El siglo de las luces


-¿Realmente pasará a la historia con ese nombre? Es el que le pusieron a principios de siglo, acordaos, cuando las ciudades empezaron a tener iluminación nocturna, gas, bombillas, el inicio de la industrialización que empezó a asomar en el XIX. Pero han pasado tantas cosas en ese siglo que lo de las luces quedará en lo anecdótico y no en lo histórico.
-Seguramente, yo más bien me inclino a pensar que el siglo XX será conocido en la posterioridad como el siglo de la inteligencia artificial. La invención del ordenador, ese es realmente el gran hito de la humanidad -A mi amigo Pepe le gusta usar de palabras grandilocuentes, como hito o humanidad- Ha sido el impulsor de todo lo demás, el byte, el procesador. Ese ha sido el gran cambio del siglo.
-Pues fí­jate que yo no creo que fueran tan descaminados con lo de las luces -Y a Marcelo lo que le gusta es llevar la contraria- Al fin y al cabo el procesador nada de nada si no se hubiera extendido el uso de la electricidad. Antes de la gran red de ordenadores fue la gran red de enchufes.
-Eso, eso, la red -terció Amadeo, que era el cuarto en la partida- dejaos de bytes y procesadores, eso sólo son herramientas, lo realmente importante del siglo ha sido el establecimiento de la red mundial, de internet, del concepto de aldea global. Eso era algo impensable, estar en contacto en el momento con cualquier parte del mundo, saber ahora mismo lo que pasa en Nueva Zelanda. Fijaos que las influencias más grandes en las idas y venidas de los pueblos vienen de su propia historia, a uno antes le influí­a su abuelo; ahora no, ahora nos influye más lo que viene del Japón que lo que viene de lo que hicieron nuestros mayores. Antes no se tení­a conocimiento de lo que pasaba en otros pueblos, ahora sí­. La globalización es lo que marca definitivamente el siglo XX.
-¿Me vais a dejar hablar? -dije ya en tono definitorio- Yo pienso que tenéis y no tenéis razón, todo eso que decí­s es importante, pero pienso que el descubrimiento del siglo no es el ordenador, ni el acercamiento entre los pueblos, ni la luz, no. El descubrimiento del siglo XX es la mujer. Hasta ese siglo la mujer apenas era un comparsa en los devenires del mundo, era la esposa, la madre, el ama de casa, poco más. En este siglo ha adquirido personalidad propia, se ha escindido, o empezado a hacerlo, del hombre. La humanidad ha empezado a recuperar en el siglo XX a la mitad de sí­ misma. Es en este siglo cuando la mujer ha dejado de ser la paridora de hijos, la compañera del hombre, el cero a la izquierda, para tener entidad propia, voto, decisión, peso en la sociedad y la historia. El siglo XX es, definitivamente, el siglo de la mujer.!
-¡Mirá, dejí te de fregar con que si las minas hemos conseguido esto y lo otro! Qué panda de pelotudos, si eso fuera verdad yo estarí­a jugando con vosotros y vos andarí­as en la cocina. ¿Te venés conmigo, eh? Manga de boludos. Dejí te de milongas, el siglo XX ha sido un cam-ba-la-che, que ya lo dice el tango. Y no pensés, que si pensás luego te da jaqueca y le echás la culpa a que has tomado mucho, y es de pensar. Vos poné la mesa, vos Pepe, cortá pan, y vosotros dos vení­s conmigo a sacar el asado. ¡El siglo de la mina… lo que tiene una que oí­r

¿Y tú, qué piensas?

sábado, 20 de agosto de 2005

Contra las bragas de tirilla.

De cuantos inventos discurre Satanás para incomodarnos la existencia no hay uno que dé mayor repelús que el de las bragas de tirilla, también llamadas «tanga». Además de lo que debe de incomodar a quien lo porta tener metida por la hendidura nalgar la tira de tela, y ese escaso triángulo que apenas tapa la otra hendidura, cuando no se menea y se va para un lado hecho un gurruño; ese impúdico ropaje, esa prenda que es la menor cantidad de ropa que merezca tal nombre, está causando irreparables daños en la libido masculina. Este pueblo de culibajas y anforiformes, de panderos que son solaz de albañiles y comentario de junta de vecinos; este hembraje de posaderas magní­ficas, necesita de una brida que guí­e tan mórbidas carnes, de una cincha que ciña panderos tan explosivos.
Defiendo, pues, el uso de aquellas bragas antepasadas, blancas de muchacha inocente, negras de señora apetecible, de cariñoso y tierno algodón, de raso prometedor; aquellas bragas hasta el ombligo por las que metí­as la mano y cabí­a entera; con sus puntillicas coquetas, que si era la de puntillicas ya sabí­as tú que te habí­an puesto el semáforo verde; aquellas bragas Princesa con su evidente costura y su refuerzo conejil; aquellas bragas tersas, prietas, duras, impellizcables, bragas para culos importantes. Ay, aquellas bragas que eran como bolsillo para mano de novio, acogedoras y cálidas ¡mucho mejor que un cucurucho de castañas asadas, dónde va a parar!. Con aquellas bragas una mujer podí­a ir vestida por casa, y a la vez fresca y veraniega, con sólo su vestidito floreado o su bata. Con aquellas bragas podí­a una mujer visitar a su médico sin desdoro para el honor, y coquetear con sus pretendientes sin cargo de conciencia, porque con aquellas bragas una se sentí­a protegida de sus ataques rijosos; aquellas bragas, bien usadas, eran una barrera impenetrable contra las maniobras y pretensiones masculinas más tozudas. Con aquellas bragas y una jaqueca, una mujer se convertí­a en bastión de sí­ misma.
¿Qué puede quitarse una cuando sólo lleva una braga de tirilla? ¿Qué se puede dar cuando no se tiene? ¿Qué se puede mostrar cuando la ropa más que velar enmarca? Las bragas de tirilla no son sino una minucia, para culitos modernos de niña pija; culitos que no son de buen asiento, sino para apoyarse en taburetes de pub, en motos y en bordillos de acera. Las bragas de tirilla son para bailar a saltitos y para mear en callejones traseros. Las bragas de tirilla son para echar polvos sin prolegómenos, polvos deportivos, polvos con condones de colorines, polvos mascando chiclé; qué lejanos de aquellos otros con cama de hierro y sábanas de hilo bordado, aquellos polvos que empiezan poniendo del revés al Sagrado Corazón de Jesús para que no nos mire inquisitivo, y que acaban haciendo anillos con el Ducados, la almohada doblada en la espalda, los dedos entrelazados y las bragas colgadas de los barrotes del cabecero.
Un buen culo macizo multiplica su valor cuando está a duras penas contenido por unas bragas tensas como piel de tambor, entonces suenan las palmadas dadas en él mejor que la filarmónica, añadiendo al regalo del ojo y el tacto ese otro del oí­do, tan ameno y de tanto entretenimiento. Las bragas de toda la vida son un producto lúdico legado de nuestros mayores, que ejercí­an lamineros los placeres venéreos, sin prisas, saboreando los procedimientos y deteniéndose morosos en cada esquina del cuerpo femenino, deleitándose en cada lunar y palpando y sopesando cada mollita apetitosa.
Volved, mujeres, volved al uso de este producto patrio imperecedero, muestra y ejemplo de pubis familiar y de culo como de andar por casa, vuestros chichis y vuestros hombres os lo agradecerán.
(A Su, por la inspiración)

miércoles, 16 de marzo de 2005

Pacita



-Pacita, hija, tráeme el chal
Y allá que iba Mari Paz, china chana china chana, arrastrando las pantuflas con forma de perrito lanudo, con dos bayetas debajo para no manchar el piso recién encerado, a ponerle el chal a mamá.
-Sí­, échamelo por los hombros.
-¿Te pongo un cojí­n, mamá?
-Ay, hija, Pacita, qué serí­a de mí­ sin ti. Cuando me vaya te vas a quedar muy ancha, hija, pero muy ancha, mira que te doy quehacer.
-Mamá, no digas tontadas, anda ¿te pongo ya la tele?
Y yo qué haré… y yo qué haré, pues yo qué sé, me compraré un perro, o me haré de una oenegé, o me echaré al chat, que dicen que es muy pecaminoso… Novio me tení­a que echar, caray, un novio es lo que me hace falta. Al menos en parte. Jaaaaaa, en esa parte. Ay madre, que mal voy yo de la cuestión sexual, joder. Un perrito. Pero luego qué hago yo cuando vaya a trabajar, y con la de horas que hago algunos dí­as… mejor un gatito, los gatos se apañan muy bien en la casa. Ya dicen que los perros son del amo y los gatos de la casa. Pues un gato. Así­ cambio mi habitación por la de mamá y le puedo poner un sitio para él en la de los trastos, sacando mi cama. Pero hay que ver… si mamá no se ha muerto, y yo qué haré el dí­a que se muera mamá… pues seguir, y hacer de mi capa una minifalda, caramba, que se me va a pasar el arroz aquí­ cuidando a mamá. Cuarenta. Se dice pronto, pero cuarenta. Y aquí­ con mamá y con O.T. Vamos que si se me ha pasado…

martes, 8 de marzo de 2005

Desencuentro


La basca: Fenómeno ¡pasa pues!
La basca: Hosti, el guaperas.
La basca: Nene, que nos tienes nerviositos aquí­ esperándote, este ya se ha comido dos bolsas de cacahuetes de los puros nervios.
El chico: Qué pasa, ¿ha durado poco la misa hoy, era aburrido el sermón?
La basca: No escurras el bulto, tí­o, ven aquí­ y empieza a largar
La basca: Venga, que quedas un sábado con la rubia esa y apareces hoy a las mil, aquí­ se viene temprano, tí­o, a fichar, a dar el parte.
El chico: Pero si no hay nada que contar.
La basca: Huuuuy, este no ha mojao.
La basca: Y yo que creí­ que ibas a triunfar con la rubia.
El chico: Si es que cada dí­a entiendo menos a las mujeres, coño.
La basca: ¿Qué pasó pues?
El chico: Na… cenamos en un chino y me contó su vida…
La basca: …esa querí­a rollito, cuando te cuentan su vida es para tener argumento en la cama.
El chico: …y es una tí­a maja, con sus ideas. Bien. Que si la mujer hoy, que si la educación, que si la globalización. Y yo que bien, que bueno. A mí­ todo eso me parece muy bien, joer, pero me parecí­a un examen. No veas cuando le he dicho que no pertenezco a ninguna oenegé, me ha mirado mal.
La basca: Eso es un fallo, tí­o, tenemos que hacernos de eso de las ballenas o alguna cosa, que si no luego nos dicen que no hacemos nada útil.
La basca: Yo soy del Rayo, macho, eso es útil, nos oponemos a la tiraní­a del Madriz.
El chico: Pero bien, cenando y eso bien, y luego en el concierto joer… me cogí­a la manita, me abrazaba…
La basca: Tí­o… que en esos casos le tení­as que haber frotado la cebolleta, para que sopesara ¡para qué sirven los bailes si no!
El chico: Muy bien, muy cariñosa, y larga que te larga, no veas cómo larga la tí­a, no para, tiene argumento para cuatro documentales de la nasional yeografic… Así­ que yo me decí­a que menos mal que llevo la cajita Durex en el buga.
La basca: Si no mal rollito, mira lo que me pasó a mí­ con la Vane, cuando lo de la vomitona.
El chico: Pues na, luego la fui a llevar a su casa en el buga, y para ir al barrio… pasando por el parque, y la tí­a que si la fuente iluminada estaba muy bonita… Así­ que paro para mirar la fuente, los dos hablando, yo que también habí­a visto la de Maradentro… y la tí­a se me pone a hablar de Maradentro y yo digo, coño, como nos liemos con esa mierda le da una angustia y no se hace hoy aquí­ nada. Así­ que me acerco, joer, la tí­a, con lo rica que está y con la blusa esa…
La basca: Vaya pitones
El chico:…y le planto un beso en los morros.
La basca: Olé ¿Y qué pasa… no entendió la indirecta?
El chico: Que no entiendo a las tí­as, coño, va y se me echa a llorar…
La basca: Hostia, la jodimos
La basca: Cuando te lloran… ufs…
La basca: Yo cuando pasa eso me las piro, tí­o, no quiero malos rollos, que cuanto más lloran más quieren.
El chico: Que si no la habí­a entendido. Que si no era eso lo que querí­a de mí­. Que se habí­a llevado una decepción…
La basca: No te preocupes macho, si es que hagas lo que hagas siempre se van a llevar una decepción, así­ que para qué molestarse.
El chico: Y que si habí­a pensado que yo no era de esos que sólo quieren eso. Pero qué pasa tí­a, pero de qué vas, coño, venga a miraditas y venga a acariciarme la mano y a rozarme, pero qué pasa, y ahora te echas para atrás. No me jodas.
La basca: Hostia, este con el rabo tieso y la otra con filosofí­as.
La basca: Siempre igual, eh, siempre igual con ellas.
El chico: Y me dice que creí­a que era un alma gemela, tí­os, es que me desgüevo. Un alma gemela. Joder, si querí­as un alma gemela haberte ido con el Segis, que es de Grinpí­s, y escribe poesí­as, y lleva crí­os de excursión los domingos, coño.
La basca: Y tiene granos, y está gordofati y lleva gafas de culo vaso.
La basca: Macho eso es que ha detectado que eres su alma gemela cuando te ha visto el culo que sacas, y que estás cachas de gimnasio.
La basca: Asi son las tí­as, se fijan en un tí­o bueno y luego resulta que como no eres el Dalai Lama se decepcionan.
El chico: Me fui al Pachá que estaban la Vane y la Susi y estuve pensando si irme con la Vane al buga… pero joer… no me apetecí­a, tí­os. De verdad que no me apetecí­a hacérmelo con ninguna, en serio.
La basca: Eso es grave, tí­o, a ver si te has colgao con la rubia.
La basca: Eso se te pasa en cuanto te la chupe otra.
La basca: Pero la rubia tiene que ser una pasada, tí­o, con esas tetas. ¿Por qué siempre las tí­as más buenas tienen que ser unas calientapollas, coño?
El chico: Pues tiene un culo macizo…
La basca: ¡Tí­ooooo, eso no nos lo has dicho!
El chico: Na, bailando, que la cogí­a de la cintura y la tí­a me lo puso en la mano un par de veces con los meneos. Fijaos si no me tendrí­a salido. Y luego salirme con las almas gemelas. Coño, puta, cuando se me colgaba del brazo en el concierto la tí­a me sobaba el brazo, tí­os, me lo sobaba, vamos… De verdad que a veces me pregunto si las mujeres…. ¡coño pita falta el mamón! ¡Pero qué falta si se ha tirao a la piscina…!
La basca: Qué dices de las mujeres
El chico: Que tení­an que poner de esas tí­as como en la enebeá, que salieran bailando mientras ponen la barrera o hacen un cambio, y en los intermedios, ahí­ con la faldita… eso digo.
La basca: Muy bien dicho, chico.
La basca: Eres un filósofo.

Pero esto sólo es el punto de vista de él. Aquí puedes escuchar también el punto de vista de ella. Nada que ver.

Las mujeres son sabias


-¿Y esa llave inglesa encima de la mesa del comedor?
-Ah, es la que uso para sujetar el libro y poder leer mientras como.
Claro, ya sé que no es muy corriente tener una llave inglesa sobre la mesa del comedor, pero viene bien para eso y así­ no necesito un atril. Claro, eso no puede ser más que en una casa de soltero, en una casa con mujer serí­a algo impensable. Porque, desengañémonos, nuestras casas, amigos, esas casas que compartimos con ellas, a las que amamos, a las que entregamos nuestro corazón, no son nuestras, son de ellas. Ellas son las que dicen dónde van los muebles y qué muebles. Ellas eligen el color de las paredes (sí­, ya sé que siempre preguntan, pero no es para saber qué quieres tú, sino para reafirmarse en tu mal gusto). Ellas eligen visillos y cortinas. Ellas llenan de pañitos cada rincón vací­o de los muebles. Ellas colocan el ajuar en los armarios de la cocina y las habitaciones, cada cosa en su sitio. En «su» sitio, y «su» sitio es el que ellas dicen y eso es una verdad indiscutible, como la santí­sima trinidad, como el verbo que se hizo carne y habita entre nosotros. Ellas dictan la disposición de las cosas en el hogar y marcan la raya entre lo malo y lo bueno. Cierto que los hombres somos como somos y nos dejarí­amos caer en la desidia. Soy buena prueba de ello, sé cómo tení­a la casa. Pero las mujeres no admiten término medio. No, la casa no puede estar a mitad de camino entre como la quiere ella y como la dejarí­a él, no: la casa ha de estar como quiere la mujer. Como dios manda. Viven con el fantasma del mayordomo de la tele con su algodón pringado de polvo atormentándolas en sus pesadillas. Yo reivindico un término medio entre los chorros del oro de la mujer y la cuadra llena mierda del hombre. ¿Por qué la casa ha de ser territorio exclusivo de la mujer, eh? Pues porque las mujeres son sabias, y tú eres un bruto y un trogolodita.
Las mujeres son sabias, en serio, lo digo en serio. Tienen una ciencia que al hombre se le escapa y que consiste en atinar, como la cosa más sencilla, en cuestiones que al personal masculino dejan perplejo. Sin duda, la mujer está más anclada a las cosas de la tierra que el hombre, más volátil y espantadizo. Yo nunca sé qué cenar, en cambio mi mujer echa un vistazo en la cocina y zas, en un santiamén prepara algo rico rico y con fundamento como el Arguiñano. Cuando el hombre va, la mujer ya ha venido. Si yo no sé qué hacer este fin de semana, mi mujer tiene siete ideas. Si no sé dónde ir de vacaciones, mi mujer se debate entre cuatro destinos distintos a cuál más atractivo.

viernes, 18 de febrero de 2005

Gorditas I


Nunca he atinado a comprender las veleidades de la moda, y, si acaso, puedo contemplar con una cierta displicencia las que atañen al aspecto exterior, vestido, calzado, peinado, pero se me hace muy cuesta arriba entender el por qué en un momento determinado de la historia vemos con ojos más complacientes un tipo de figura corporal que otro. En la antigüedad, y no hace falta irse muchos años atrás, primaba el gusto por la mollita, no se entendí­a como bella a la mujer que enseñase las costillas bajo la piel (o que se le supusiera tal desdoro, ya que ver, ver… no se veí­a nada). Después vino, quizá por contraste y rebelión contra el gusto establecido, el auge de la delgadez extrema, que me produjo incluso repulsión, y veí­amos como paradigma de lo hermosamente femenino a unas apenas muchachas de las que, con dos, podrí­amos haber hecho una que fuera bonita. Ahora ni lo uno ni lo otro, no nos vamos a las alfeñiques, pero tampoco a las rellenitas, que algo es algo, pero ahora se pide a la mujer que esté cachas. Que marque musculito, que el otrora redondo vientre se convierta en marcado musculamen con sus cuadritos como tableta de chocolate. Quizá esta sea la moda de la salud a ultranza, pero, o cambiamos el concepto de femenino por uno nuevo y que comprenda únicamente la psique, o, directamente, entendemos que el bí­ceps y el glúteo marmóreos son tan femeninos como el blando y maleable.
Mas hete aquí­ que, como era de suponer, la mayor parte de la población femenina no entra dentro del estándar de la belleza femenina actual, esa mujer purasangre, y en vez de ocultarse como antaño, o de darse al disimulo vistiendo ropajes que disfracen sus deméritos, se expone claramente y reivindica su derecho a decir que son bellas a su manera. Las gorditas, las dulces gorditas, las tí­midas gorditas, las amorosas rellenitas, las jamonas de toda la vida, las pizpiretas gordezuelas, las salerosas, ellas, hoy salen a la calle, muestran sin pudor sus lorzas, y nos dicen que la mollita es sexi. Ellas derraman sus generosos pechos ante nuestra vista en las playas para que les dé el sol, y hacen de sus ebúrneas carnes un reclamo de sensualidad a nuestra vista. Y uno, esteta por razón de nacimiento, no puede sino dar la razón a quienes así­ actúan. ¿No es, acaso, lí­cito que uno guste de la visión de la mujer entradita en carnes? ¿Ha de tomarse este gusto como una aberración sólo por ir contracorriente? ¿Ha de parecernos morboso apetecer de estas mórbidas carnes?
Pero la pregunta final es la de si ha de ser la ciencia la que determine qué ha de parecernos hermoso. La ciencia nos dice el peso que ha de tener la persona de una determinada talla, pero ¿es requisito sine qua non para poder empezar a considerar la belleza o fealdad de la misma?

Ver también «Gorditas II»
Ver también «Gorditas III»