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viernes, 13 de abril de 2018

Recordando a los Hermanos Tonetti

No sé por qué (misterios de la mente y sus extrañas ligazones con las imágenes televisivas), viendo en la tele un reportaje sobre la vida de los inmigrantes, y sus muchos padeceres y miserias, me vino a la mente una entrevista también televisiva a ese gran payaso que fue Pepe, el mayor de los Tonetti. En la entrevista le preguntaban por su hermano Manolo y, recordándolo con cariño, dijo de él que tení­a una faceta que desconocí­a el público, y era la de su visión seria y llena de humor de la sociedad. Una faceta que era sin duda clave de su éxito, ya que en su espectáculo era habitual que nombrara y sacara jugo cómico a las noticias locales de allí­ donde estaban con su circo, y que era lo que enganchaba al público mayor de edad. Pero los tiempos no estaban para crí­tica social (menos por parte de payasos) y se limitaban al chiste blanco. Pepe, en esta entrevista contó un chiste de su hermano, con real admiración, que es espejo y relato de un tiempo afortunadamente pasado, reflejo de hambres y miserias y poquedades, y que es lo que ahora hizo que alguna de mis neuronas, viendo el reportaje de los inmigrantes, enganchara con aquella otra que atesoraba el recuerdo de estos hermanos. Me imagino a Manolo Tonetti con su cara blanca y su inmensa ceja colorada, con aquella gracia, contándolo:
Dice que habí­a un peón que trabajaba picando piedra y cargando tochos y lo que le mandaran, que pasaba el dí­a en el tajo sudando, porque tení­a una familia que mantener viviendo en un chabolo. Y cada dí­a la mujer le mandaba a uno de los chiquillos con la tartera para que comiera en la obra. Fue un buen dí­a uno de sus chiquillos, pues, con una bolsita de esas de red y la tartera bien tapada dentro, a llevársela a su padre. Y andaba el crí­o, como corresponde a alguien de su edad, brincando por los montones de cascotes y resbalando por los de arena y cal, y haciendo el indio, arreándole unos tremendos meneos a la tartera. En estas que le ve el capataz en ese plan y le espeta:

-¡Niñoooo, ten cuidao, que te se va a derramar la salsa!
Y el niño, repentinamente serio, le contesta.
-Poooo… como no se le sarten la lágrima ar arenque…

sábado, 12 de abril de 2008

Última oportunidad

El otro dí­a vi este letrero junto al puerto en Barcelona, de un chico que busca novia, me he decidido a ponerlo por si hay alguna interesada, ya que, como se puede ver, sólo quedaba un numerito por arrancar, se ve que el personal femenino anda ojo avizor con estas cosas y no se puede desechar ninguna ocasión. De nada.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Rafael de León

Hoy se cumplen veinticinco años de su muerte, según los cronistas era un triste y gris jueves madrileño, me enteré por casualidad, no he visto por ninguna parte referencias al hecho, ni homenajes. Seguramente uno de los mejores poetas del siglo, sin duda un hombre que llenó el aire de poesí­a con todos esos poemas que fueron letra de copla, y todas esas letras de copla que eran poemas, consiguiendo lo que casi nadie sabe hacer con una canción: que se pueda leer escrita sin sonrojo.
Ojalá haya por ahí­ alguien a quien sumarme en este pequeño homenaje a uno de mis poetas favoritos, a uno de los más auténticos, a un poeta a pie de calle.
Profecí­a

viernes, 29 de junio de 2007

lunes, 9 de abril de 2007

Lo que no se vea en Las Ramblas no se ve en ninguna parte


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Lo cierto es que aparte de algún tonto cazador de fotos como yo, nadie le hací­a demasiado caso. ¿Y usted qué opina?

jueves, 23 de noviembre de 2006

Ramblas abajo


La sentó el camarero enfrente de mí­, tras pedir permiso con un gesto, me dijo que aproveche sin mirarme y se puso a mirar el menú al tiempo que escribí­a un mensaje en el móvil. Es lo que tiene comer en un restaurante de baratillo en las Ramblas, de esos donde los clientes se dividen en habituales de toda la vida, que entran saludando a las camareras por su nombre, y los turistas que no volverán nunca por allí­. El menú, conste, tení­a poco que mirar, era una cuartilla fotocopiada con los tres primeros, tres segundos y el flan, helado o pieza de fruta de postre. Ella tampoco tení­a mucho que mirar: alta alta, delgada, gafas de intelectual pija, faldita con volantes y una cosa floreada sin mangas y un poco jipi. Llevaba el dicho telefonillo y una cartera con un ordenador de esos que caben en una mano y se usan tocando con un lápiz de plástico en la propia pantalla. Parecí­a muy ejecutiva, muy agresiva y muy profesional. Y muy catalana.

-Jordi, es que me tienes que ayudar, es que no sé qué regalarle a la Marian … pero somos tannn diferentes ella y yo, seguro que cualquier cosa que le compre va a pensar que lo he hecho para fastidiarla … porque el regalo se lo hacemos los dos ¿por qué he de comprarlo yo? ¡este año te encargas tú, mira! … Pues no, no, comprar regalos no es tarea de la mujer, además, yo no soy «la» mujer ¿sabes, cariño? … calla … calla … no me digas esas cosas … no, comiendo en el Alexa … que no puedo … no, no puedo … ¡Mira, me estás tomando el pelo, hala, ya no quiero hablar contigo, mira, te cuelgo, mira, piensa algo tú! … No, en eso no pienses, siempre piensas en eso, esta vez piensa en el regalo de la Marian.

Colgó, me miró de refilón, yo impasible atacando la ensalada, escupiendo huesos de oliva negra con la mayor pulcritud posible y tratando de que no me sobresaliera el forraje durante la masticación, que uno tiene urbanidad. Pidió unos puerros con una salsilla espesa y bacalao con tomate, y vino de la casa y volvió a la carga con el móvil.

-Nuria, nena, que no voy a poder llegar, que acabo de llegar a comer y me he tenido que meter en – se me quedó mirando como sopesando la categorí­a del local a través de la de mi persona haciendo equilibrios con la punta de un espárrago – en cualquier sitio, no sé, uno cutre, voy a comer bacalao con tomate, fí­jate. – es difí­cil quedar como una persona decente comiéndose una punta de espárrago, lo sé, pero hice lo que pude – Tengo ya los informes hechos y necesito que me los firme tu boss, en cuanto llegue a la oficina te los paso por mail, pero no sé lo que voy a tardar, además, la tarada está sacándose el carné de conducir y le he tenido que dar la tarde libre … sí­, hija sí­, habrá que ponerse otro parachoques … ¿Lo de Robert? No sé qué quieres decir con lo de Robert, si no hay nada con Robert … que no, que no seas ploma, que no hay nada … no pasó nada … que no, que no pasó nada … bueno, pues estuvo a punto, pero no pasó, que no es lo mismo que si hubiera pasado ¿o no? … ¡Ay, mira, oye, pues no pasó nada! ¿Es que a ti te habrí­a gustado que hubiera pasado algo? … ¿Con Marité? ¿Pero Marité, Marité? ¡No fotis! … pero me lo dices en serio … mira, a mí­ me va a dar algo, ya te contaré … No, que ya te contaré … no, que ahora no puedo, va que ya tengo aquí­ la comida … Que sí­, que ya te lo diré, au.

Yo, lo juro, procuraba no mirarla ni oí­rla, aunque lo segundo era inevitable, pero al menos me aprendí­ de memoria el menú de tapas que tení­an colgado en la pared, escrito en una pizarra grande, con letras blancas y floreadas, muy femeninas. Aun así­ sentí­ que me clavaba una mirada asesina que me trepanó el parietal derecho (yo miraba de lado), habí­a acabado con la ensalada y mojé una miga de pan para llevarme los restos del escabeche y una pizca de tomate. Ella empezó a comerse los puerros a dos carrillos, mojando pan igualmente, devorando deprisa, se atizó media copa de vino de un trago y amagó un eructo tapándose la boca con la servilleta de papel. Para que te jodas con las finolis. Dejó otro cacho de pan mojándose en la salsa y volvió al teléfono.

-Oye, me tienes que decir dónde nos va a llevar la Marian a comer este finde … pero si es un sitio bien o de los que le gustan a ella … jijiji … sí­, sí­, ya me entiendes … no, pero le he dicho al Jordi que piense él, yo no pienso matarme, eh, este año que se las apañe, yo me voy a hacer la tonta … Mariló, oye, que yo te llamaba por otra cosa … ¿Tú sabes si la Marité está con el Robert? … ay, hija, pues estar, estar, yo qué sé … pues cualquier manera de estar … ¿pero en serio? … no fotis … si es que es una… en fin, una … no, a mí­ qué me va a interesar, no ¿por qué dices eso? … no, pero no era interés, era curiosidad … y el otro dí­a me tiraba los tejos a mí­, claro que ya ves el caso que le hice … no: cu.rio.si.dad … pues mira a ver si te enteras, pero no lo vayas pregonando, eh, y me lo cuentas … y mira a ver si se te ocurre algo para comprarle a la Marian y se lo dices al Jordi como si fuera una idea tuya, que yo no quiero saber nada, que se mueva él … harta me tiene … venga.

Acabó con los puerros y su salsa a base de mojar pan, pero poniendo cara de asco y como de hay que ver qué bajo he caí­do que tengo que comer aquí­ con los obreros, y en ese momento sonó su móvil.<br /> -…No, no, yo tengo hasta tarde, eh, no sé cuándo llegaré si llego, mira, y si no llego me quedaré en casa de Mariló porque ya sabes que mañana he de estar a primera hora en el Prat a recoger a los madrileños … pues si voy a casa imposible, no llego … que no, que no sé si podré, no he dicho que no, sino que no sé ¿ya has pensado qué regalarle? … pues ponte a pensar en eso y no hagas tantas cábalas, ya te dije que esta semana es de locura para mí­ … no, no, fí­jate, si estoy comiendo en las ramblas, abajo … no sé … no sé … no, no sé, no me hagas tantas preguntas, que no sé … el regalo de la Marian, en eso tienes que pensar, anda … ay, hijo, nen, venga, que tengo que acabar para irme, va.

Colgaba cuando acudí­a el camarero con dos grandes trozos de bacalao en un plato anegado de salsa de tomate espesa y humeante. Le quitó cuidadosamente la piel y la apartó a un lado, pinchó un trocito de bacalao, lo untó y se lo llevó a la boca. Estaba ardiendo. Lo regurgitó en su mano y lo volvió a poner en el plato hasta ver si se templaba. Volvió a darle trabajo al teléfono.

-¿Tú sabí­as que el Robert se habí­a ido con la Marité cuando estuvimos en Calella? … pues porque me extrañaba que se hubiera ido con una chica que tiene la fama que tiene … pues mala … pero tú lo sabí­as ¿o no? … ¿en casa de los padres de ella? ¿y cómo es que te lo contó, yo creí­ que no erais tan amigos? … aaah, ¿y el Lluis te dijo que habí­an pasado la noche juntos pues? … claro, porque el Lluis de siempre ha ido detrás de la Marité … pues una guarra, será el único que no se la ha tirado, acabará casándose con ella, ya verás … oye, que te dejo, que estoy comiendo.

Volvió a llamar.

-¿Robert? … sí­iii, hola, sí­, soy la Montse … ¿de veras? … ay, pues nunca me lo habí­an dicho … ¿bonita? … ja ja ja, no tengo la voz bonita, bobo, ja ja ja … No, pero yo te llamaba para pedir tu opinión porque tengo que hacer un regalo muy especial y no sé, y necesito ayuda, y como tú… pero claro, sí­ me fí­o de tu gusto … habí­a pensado en un detallito, una figura, un plato, no sé, algo … sí­, pues ayúdame … yo me dejo … sí­, me pongo en tus manos, jaja … a las seis y media bien, muy bien … sí­, ya sé dónde, nos vemos allí­ a las seis y media … sí­ … jajaja … no seas malo … jajaja … hasta luego, chao.

Volvió a pinchar el trozo de bacalao de antes, se lo volvió a llevar a la boca, esta vez ya pudo con su temperatura, y comió de muy buena gana el resto del plato, con abundante pan y otra copa de vino. Luego dudó entre un flan o un yogur, al fin pudo la sensatez y se comió el yogur, y un café solo, con dos sobres de azúcar. Se fue, dijo que aproveche, y me miró como si fuera una mierda.

martes, 31 de octubre de 2006

No me toques el adeene.


El indio guajiro Alejo Meza y yo somos capaces de discutir por cualquier chorrada, el caso es llevarnos la contraria ¿no os habéis fijado en que hay amistades de perro y gato fundadas en la riña cotidiana? El indio guajiro Alejo Meza es colombiano, hosco, salvo con sus í­ntimos, serio hasta la antipatí­a, y muy formal y trabajador. Así­ en una primera impresión no cae bien, luego conforme lo vas tratando seguro que le vas cobrando aprecio, tiene buen corazón. No es inmigrante, no señor, tiene muy claro que no hay progreso fuera de la casa de uno, y está convencido de que lo que tiene que hacer es trabajar, y trabajar bien en su Fonseca natal, allá en la Guajira, y no lo que hacen tantos de emigrar y hurtar al paí­s de su aportación. Y si está aquí­ es porque le han mandado a hacer un curso de capacitación agropecuaria, y cuando lo acabe se volverá a poner en práctica todo lo aprendido, y a enseñar a otros.
-¿Lo comprendió usted?
-Sí­, desde luego, lo ha dejado muy claro y muy encomiable.
-Qué vaina es esa, déjese de lisonjas y apúrese con el escritico que si habla usted pajas no acabaremos nunca.
El tal Alejo Meza, indio militante de lo que sean militantes los guajiros, aparte del vallenato, sólo piensa en volver pronto a su guajira y dejar este paí­s lleno de españoles gordotes y estirados que lo miran a uno de arriba abajo. El caso es que a mí­ su postura con respecto a lo de levantar el paí­s desde dentro me parece buena, pero ¿por qué nos tiene esa maní­a?
-Pues sí­, don Os, porque fueron sus antepasados los que llevaron la violensia a mi tierra, y dende entonses no tuvimos tranquilidad más ya.
-¿Mis antepasados?
-Sí­, don, sus antepasados.
-No, perdona, Alejo, estás confundido.
-Ah, que chévere, no fueron sus antepasados pues los que chingaron al indio a sangre y fuego.
-Pues no, son los tuyos los que fueron a América y se cruzaron con los otros tuyos que ya estaban allí­. Mis antepasados estaban aquí­ tan ricamente cultivando sus lechugas y llevando a pastar sus cabras, y hasta hoy.
-…
-Que eso fueron tus antepasados, Alejo, no los mí­os, o yo serí­a americano. ¡A mí­ no me eches la culpa de lo que llevas en tu sangre! Aquí­ somos gente pací­fica y no andamos a pistoletazos como allá ¿no ves?
-…Pendejo.
-Cabeza buque.
-Qué sonso, no sabe ni faltar…

jueves, 17 de agosto de 2006

Historias tontas VI - Nunca hace buen tiempo para el campo.

En memoria de Manuel Serrano Garcí­a, guardia urbano, que lo contaba mejor y con menos palabras.

El duro sol se estrella sobre las boinas de dos viejos sentados a la puerta del casino del pueblo. Boinas caladas hasta los ojos, chaquetas de pana, camisas blancas abotonadas en el cuello, alpargatas de cáñamo, teces curtidas y renegridas, barbas mal afeitadas, manos huesudas sosteniéndose en sendas gayatas de boj. Uno saca el Celtas, otro el yesquero de mecha y fuman con la mirada negra y acerada perdida en un horizonte salpicado de carrascas y parches de trigo. Zumba un tábano. Cruza la calle una mujer con un cántaro en la cadera. Pasa un rato. Y un perro.
Uno de los dos levanta apenas la vista y mira al cielo:
-Pues mañana pue ser que llueva… y pue ser que no llueva.
-¡No quia Dios!

jueves, 13 de julio de 2006

Gila

Yo conocí­ a Gila, pero el no me conoció a mí­. Hostia, claro.
Estábamos en huelga y me tocó no dejarle entrar por la puerta ¡maldita sea mi estampa! Don Miguel, le dije, que es que estamos aquí­ los parias de la tierra levantándonos, y él, viendo el bocata salchichón que exhibí­a yo, me dijo que ya volverí­a otro dí­a y que así­ se combatí­a lo de la famélica legión.
Hoy se cumplen cinco años que cascó, y que nosotros lo tengamos mucho en la memoria porque nos hizo reí­r y pensar, que tiene enjundia la cosa. Lo de que te hagan reí­r se soluciona a base de hacerle zancadillas a las viejas o explotarle una tarta en los morros a un concejal, pero lo de que te hagan pensar, eso ya suele estar más crudo, y cuando alguien te hace pensar, lo normal es que te dejen cabizbundo y meditabajo y hecho polvo con la capa de ozono, con la globalización (como aquí­ la viuda de abajo) y miserias semejantes. Y la vida que llevó el hombre, para qué contar, si resulta que era verdad que cuando la guerra lo fusilaron mal, en serio.
í‰l te hací­a pensar y te escojonabas.
La gente como Gila se puede contar con los dedos de una oreja.
Hay que echarle de menos.

lunes, 19 de junio de 2006

Rocco Varela


Tonseñor Rocco Varela
predica como no hay dos:
Dale a dios lo que es de dios,
y lo del césar… si cuela
Que no hace falta votar,
que el mejor gobierno, opina,
es la inspiración divina
y en vez de votar… ¡rezar!
Que la democracia acabe,
que es el pastor el que sabe
qué es bueno para la res
digo… para el feligrés.
Y que vuelva la peseta
que el euro me está liando,
y que se acabe con ETA
a fuerza de metralleta
¡nada de dialogando!
Que vuelva al aula el rosario
y religión en lecciones;
bolleras y maricones
que regresen al armario.
Ni vasco ni mallorquí­n,
catalán ni castellano,
como enseña el Vaticano
¡hablemos todos latí­n!
Como cura me compete
al parroquiano hacer ver
que España no puede ser
grande, libre y diecisiete.

Hace del gobierno el blanco
y en sus iras no desmaya.
Como mi memoria falla…
¿Ya estaba así­ contra Franco?
Es por esto que rechazo
que nos venga predicando
aquello de «a dios rogando…»
basado en el derechazo.
Oz. ©

ver también Blázquez.

lunes, 26 de diciembre de 2005

El indio Buen Amigo, guí­a y bilbaino.

Cómo el indiecito Buen Amigo Machimbarrena Marquina resultó ser español y con domicilio en Bilbao es una historia, y cómo estaba llorando en un banco de la plaza Moyúa, otra; pero como el indiecito Buen Amigo sólo tiene dieciséis o diecisiete años y hasta llegar a Bilbao fue toda su corta vida guí­a en las selvas amazónicas, tampoco hay mucho que contar, vamos, que se cuenta en dos patadas.
El indiecito Buen Amigo en realidad no supo nunca qué nacionalidad tení­a, porque aunque en los mapas se ven claramente unas lí­neas muy definidas, allá donde el rí­o Güepí­ desemboca en el Putumayo no hay lí­neas ni Cristo que lo fundó. Es un decir, Cristo que lo fundó sí­ que hay, uno muy feo tallado en madera de lupuna al modo indio, con un narigón tremendo y los brazos cortitos cortitos. El Cristo que lo fundó es el único ornamento de la capilla del difunto padre Iñaki Machimbarrena Marqueta, padre del indio Buen Amigo, y no piensen ustedes mal, que el padre Iñaki siempre fue un santo varón. Decí­a que el indiecito Buen Amigo nació en algún lugar indeterminado en el cruce de fronteras entre Perú, Colombia y Ecuador, aunque la capilla del padre Iñaki estaba en la reserva güepí­ en territorio peruano, él bien podí­a ser un secoya o un siona, incluso un cofán, su madre antes de morir no pudo pronunciar más de dos palabras, y estas fueron Buen Amigo. Se las decí­a al santo padre Iñaki, que la cuidó hasta que falleció, de una simple apendicitis, con el indiecito a su lado, entonces de cuatro o cinco años, y el padre Iñaki la bautizó in extremis y todo seguido le dio la extremaunción, y ya de paso bautizó también a Buen Amigo. El padre Iñaki hací­a pocos meses que habí­a llegado a una playita en el rí­o Güepí­ donde habí­a abierto la capilla, un dispensario con diversas vacunas, y buenas intenciones. Lo único que le sobraba eran buenas intenciones. Allí­ fueron acudiendo algunos de los esquivos indí­genas locales para realizar intercambios con los comerciantes que se desplazaban desde Tarapoa, y hasta de Nueva Loja, porque bajo el amparo del padre Iñaki obtení­an mejores precios en sus intercambios. Al padre Iñaki siempre le quedaba algún pedazo de pecarí­ o de tortuga, incluso de venado, con los que subsistí­a y socorrí­a a quienes acudí­an a él en petición de ayuda, normalmente niños abandonados. El indiecito Buen Amigo tení­a un instinto especial para orientarse, incluso allí­ donde no hubiera estado nunca, sabí­a dónde se encontraba, y hacia dónde caminar, conocí­a hasta los vados en rí­os por donde nunca habí­a pasado ¡serí­a cosa del instinto racial! El padre Iñaki, que siempre tení­a que ir a cagar al mismo sitio, porque si iba a otro ya no sabí­a volver; dependí­a enteramente de Buen Amigo para ir a cualquier lado, y el indiecito reí­a, le cogí­a de la manita y le sacaba del laberinto selvático, por donde andaba como Pedro por su casa. El padre Iñaki, guiado por el indiecito Buen Amigo, que instintivamente conocí­a todas las trochas y senderos, visitaba los emplazmientos indí­genas a lo largo del Güepí­ y el Putumayo, sin saber si estaba en Perú, en Colombia o en Ecuador, y llevaba a sus huerfanitos con familias que les pudieran, y quisieran, atender. Amén de ponerles vacunas para todo, por si acaso. El padre Iñaki no tení­a conocimientos médicos, aunque se empollaba tremendos libros de medicina que nunca le sirvieron para nada, pero tení­a vacunas a porrillo, en realidad era lo único que recibí­a de fuera, del arzobispado y las oenegés: vacunas y remedios contra el dengue y la malaria. Y es que al padre Iñaki se lo habí­an quitado de encima desde la diócesis de Loreto, por revoltoso, y antes de la de Iquitos, y antes de la de Manaus, ya en Brasil, diciéndole que allí­ ya podí­a revolver todo lo que quisiera.
El padre Iñaki descubrió su auténtica vocación en la soledad poblada de secoyas y sionas que no tení­an ni idea de si eran peruanos, colombianos o qué, y, mira tú por dónde, fue feliz los últimos años de su vida en aquella playita del rí­o Güepí­ y con el indiecito Buen Amigo llevándole (al principio de la manita) por las desdibujadas sendas amazónicas.
El padre Iñaki, viendo en sí­ los signos de la cercana muerte, agarró la canoa y al Indiecito Buen amigo y bajó con él a Loreto, donde aún le quedaban dos o tres amigos, fue a un notario, y lo adoptó, pasándose por el forro de los cojones todas las reglas de su orden. Luego se murió, pero no sin antes poner en la mano de Buen Amigo un pasaporte español, un billete para Barajas, y la recomendación de que fuera a parar a casa de su hermano Koldo, que regentaba un batzoki en Indautxu. Esto hizo que muriera entre estruendosas carcajadas.

Hacemos un salto de miles de kilómetros y nos encontramos al indiecito Buen Amigo llorando, embutido en un chubasquero, con chirucas, sentado en un banco de la Plaza Moyúa, en pleno centro neurálgico de Bilbao. El indiecito Lagunon Matximbarrena Markina (ahora euskaldunizado) se encontró con que era vasco y bilbaino ¡ahí­ es nada!. Y lloraba desconsolado en un banco de la plaza Moyúa de Bilbao.
-¿Y tú por qué lloras?
-Es que me pierdo, no sé orientarme. Todas las calles me parecen iguales, en la selva sabí­a siempre dónde estaba, cada trocha, cada rí­o, cada piedra, me desí­an dónde estaba, siempre sabí­a por dónde andar; aquí­ todo son esquinas, muchas letras, y miro a la gente, no puedo dejar de mirar, hay tanta… y me desubico. Resién salgo de casa ya no sé dónde estoy…
Tomás Galindo ®

domingo, 23 de octubre de 2005

Desconocidos amigos.

Andaba yo echando un vistazo, como todos o casi todos los dí­as, por los enlaces esos que tengo puestos a la derecha, los blogs que suelo visitar, ydejando aparte a mi Manuela, que está atinadamente resucitando su blog, y que la tengo aquí­ al lado mientras escribo estas lí­neas, me doy cuenta de que, aunque no los conozco («las», que son todo mujeres), mantengo con ellas un ví­nculo que, si no encaja en la definición que hace el diccionario de la amistad, es porque habrí­a redefinirla. Me gusta mucho ir cada dí­a a leerlas, me alegra, me entristece a veces, y me afecta siempre de un modo un otro.

Está Suigéneris, la encantadora Sui, que anda de mudanza. De mudanza de casa, ojo, y se la echa de menos. Sui tiene una bonita voz y canta y es alegre y se preocupa por personas en quienes otros apenas reparamos, pero ella las tiene siempre bien presentes. Gusta de poner en su blog las noticias más sorprendentes y de vincularlas a lo cotidiano. Si uno fuera extraterrestre, verde y con antenas, harí­a muy bien en dirigirse a Sui al llegar a este mundo, para hacerse una idea de la realidad, y que no lo trataran como a un bicho raro.

Tt, ah… Tt… (con quien tengo una deuda de honor) es una mujer admirable. Una de esas personas que hacen que el mundo siga funcionando. Detrás de sus manos de madre tiene unas de artista, de poeta, de escritora. Es una mujer con muchas manos, las necesita todas y más para solucionar su dí­a a dí­a, y para sacar ese minuto que le permita soñar y vivir. Y enseñar. Enseñará bien, que es mucho decir en alguien. (Además está buena ¡tení­a que decirlo!)

Su es una filósofa de hipermercado (que son las fetén), ex-reponedora, parada expectante, escritora algo más que vocacional, y va por la vida como un corcho en una catarata. El dí­a que esta chica se fije una meta material habrá un terremoto en Asturias que se joderá la escala Richter. Mientras tanto nos deja escritos tremendos y acojonantes impropios de una criaja, espesos, hondos, crudos, sinceros. Tiene un mérito poco agradecido: el de saber hacer pensar.

Que el mundo fue y será una porquerí­a ya lo sé, pero gracias a Chirusa se va aliviando. Es lo que tiene la buena gente, que alivia mucho. Chirusa es una mujer marcada: madre, profesional y argentina ¡Hostia! Eso tiene que dar mucho de sí­ cuando además se saben decir las cosas clarito clarito y con elegancia. Me gusta esta mujer con quien comparto, además, un desusado gusto musical y un cierto amor por el exabrupto bien colocado.

Pero si por alguien siento un cariño especial es por la niña Candy, que es un sol de mujer y de persona. Entrar en su blog es entrar en una casa de alegrí­a. Todos esos colorines los tiene en su personalidad y los transmite. Aunque no seas mexicano si lees a Candy enseguida sabras qué es «buena onda». Candy es buena, y eso para mí­ sigue siendo lo más importante en alguien. Ella además lo sabe transmitir con simpatí­a y generosidad. Queremos contratarla para que venga a nuestra boda a cantarse el repertorio de Estela Raval con los Cinco Latinos.

viernes, 13 de mayo de 2005

La guarderí­a de Silvia.


Ella era la Silvia la del tontico, luego el hijo, el tontico, era eso: el tontico; y el marido, y padre de inocente era el Juanito el de la Silvia. Se ve que el que menos pintaba en la familia era el varón. La Silvia la del tontico, que todo el mundo la llamaba así­ menos a la cara, claro, era una mujer de esas que salen movidas en las fotos, ya se lo decí­a su abnegada madre cuando aún era una crí­a.
-Ay, esta crí­a no para quieta un momento, parece que tenga azogue.
Ahora no se le llama azogue, ni baile de san Vito, no, ahora serí­a una niña hiperactiva y la llevarí­an al psicólogo. Antes con una torta de vez en cuando se suplí­a perfectamente. Silvia es grande y tirando a gorda, aunque, no hace tanto, era lo que se llama una jamona, una real hembra, una mujer de buen ver, hermosota, rubicunda, coloradota, de no haber tenido esa cara de pan habrí­a sido musa del gremio de la construcción en el barrio. El Juanito en cambio era bien poca cosa, de carnes escurridas, le llegaba a ella a la nariz y pesaba un par de arrobas menos. Seguramente lo del niño serí­a culpa de su fí­sico enfermizo y escuálido, y no de ella, una mujer tan sanota. La Silvia y el Juanito se pegaron la mar de años queriendo tener un hijo y sin conseguirlo. Qué tristes estaban. Los dos, eh, eso que quede claro, estaban tristes los dos, porque en eso, y en todo lo demás, eran un matrimonio muy unido. Ella mandaba y él decí­a amén, que también tiene su mérito. Fueron a médicos, que no les vieron nada de particular, hicieron novenas y rogativas, vigilaron la temperatura basal… (-¿Cuálo? -¡A ver si estaba caliente ella para preñarse, coño! -Ah, bueno, así­ sí­ se entiende.) Y cuando estaban pensando en ir a una piedra muy famosa que hay en Galicia, que dicen que si se tumba en ella la mujer, se queda, zas, que la rana dijo que sí­. Después de tantos años, qué contento en esa casa. Luego salió el niño tonto, vaya por dios, qué pena, pero ya ven, ellos lo llevan tan ricamente, no se puede decir que tuvieran un momento de tristeza o de arrepentimiento.

sábado, 19 de marzo de 2005

Blázquez

null
El ser un pastor de Cristo
Pese a ocasionar mil penas
también tiene cosas buenas…
¿y el glamour con que me visto?
Dónde se ha visto más charme,
que el púrpura cardenal…
y el anillo… no está mal.
No, yo no puedo quejarme.
Qué figura tan devota,
yo acabaré en camarlengo
con esta estampa que tengo
puesto así­ como la sota.
El hecho de ser curita
no entraña beligerancia
con finura y elegancia
al revés, la facilita.
Siempre fui el niño bonito
de la curia episcopal
dicen, y no dicen mal
que soy de un tacto exquisito.
Al servicio del Señor
no promoveré un infierno
a los miembros del gobierno
como el otro Monseñor,
con acosos y castigos,
pues yo soy de otro talante,
y de ahora en adelante…
Monse para los amigos.

Tomás Galindo ®