La señora Nati estaba muy bien conservada, vamos, lo decía todo el mundo en el barrio, las mujeres con evidente envidia y un cierto retintín, como preguntándose qué pacto tendría hecho con el diablo, y los hombres relamiéndose. Porque la Nati andaba por los cincuenta y. Cincuenta y, son muchos años para andar suscitando miradas rijosas y/o celosas, eh. La señora Nati era viuda, viuda viudísima, casi nadie recordaba a su difunto ya, ella había entregado su vida al cuidado amoroso de sus hijas, cuatro, que salieron guapas unas, como ella, e inteligentes otras, como ella también, y que ya vivían todas su vida, casadas o con oficio. La última había dejado la casa materna hacía escasos meses y a Nati se le había caído la ídem encima. La casa. Nati, que siempre había sido muy leída, estaba empezando a dejarse una pasta en libros, y a chatear (¡huy!) con el mésenguer, pero eso sí: con sus hijas, que así no gastaban en teléfono y las veía con la camarita esa, que hay que ver lo que inventan. La señora Nati, hay que decirlo, tenía la farmacia del barrio «Castaño e Hijos, Farmacia, específicos, fórmulas magistrales», fundada por su padre, y que llevó con su hermano hasta que éste se estableció por su cuenta en otro barrio, y como era una mujer bastante desenvuelta y popular (y emprendedora y moderna), formaba parte de la junta directiva de la asociación de comerciantes del barrio, que fomentaba todo lo fomentable en ese reducido ámbito.
Lo que nadie, pero nadie, sabía, es que la señora Nati era una romántica. ¡Ay! Nati devoraba novelas con heroínas y amores turbulentos, se grababa todas las películas lacrimógenas que echaban por la tele, y hasta escribía malos ripios en una especie de diario que tenía, y que, por vergüenza, nunca iba a leer nadie. Además, con quién iba a hablar de sus inquietudes espirituales mientras expendía laxantes, píldoras del día después, lubricante vaginal y otras mercancías vergonzantes. Otra cosa que nadie sabía, y en la que, incluso ella, se negaba a pensar claramente o a planteársela sin tapujos propios, era que le tenía el ojo echado a un señor.
Concretamente a señor José Antonio, el lotero, hombre de posición acomodada, mayor, pero bien conservado
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Amor en la segunda edad y media
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