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domingo, 1 de septiembre de 2024

Bocarrana

Bocarrana es el cinco de bastos.

-¿Y eso?
-Y a mí­ qué me cuenta, oiga.
Que el guiñote lo inventó un mudo es cosa sabida en tierras de Aragón, y las tocantes de Navarra, Rioja y Soria. El guiñote no tiene nada que ver con el mus, y casi nada con el tute, embrollos de otra especie, sin el encanto de este peculiar juego.
-Ciencia.
-Lo que usté diga.
En el tute los ases valen once puntos. O sea: el oré, la copeta, la espadilla y el bastillo, que tienen nombre.
-Como «Bocarrana».
-Como el cinco de bastos, sí­ señor.
Luego vienen los treses, que valen diez; los reyes cuatro, las sotas (todas ellas muy decentes) tres, y los caballos dos. Esos son los guiñotes, los que valen, las cartas que no valen son «la furrufalla». Y la ciencia esta de jugar a las cartas, o el arte, incluso, recibe el nombre de «la faricutela», cuya semántica se me oculta. Lo inventó un mudo y no valen señas ni se charla, las que hablan son las cartas.




-Trocotrón trocotrón..

-Caballo… pues toma sota.
-Arrastro.
-¡Las tripas!
-¡En oros!
Eso, bien mirado, no es hablar, propiamente dicho. La conversación es otra cosa. Lo que se pueda decir durante la partida es como la banda sonora nada más. El verdadero diálogo viene después:
-¡Pero a qué me sales con triunfo!
-¡Pero si es que no tení­a más que guiñotes!
-¡Pero yo llevaba el oré!
-¡Y yo qué sé si ellos no llevan, mira que con seis se salí­an!
-¡Esto me pasa por jugar de pareja con uno de Tardienta!
-¡Esto os pasa por jugar contra dos de Güesqueta!
En el Centro Aragonés de Barcelona se juega ¡vaya que si se juega! Se juega al guiñote después de comer allí­ mismo en el restaurante del piso de arriba. Alli vamos todos los santos dí­as a comer los compañeros de trabajo, a veces nos juntamos cuatro, a veces veinte. Te dan un primer plato de ensalada o zumo de tomate, y luego uno de peso, algo consistente: macarrones bien pringados en tomate, judí­as, lentejas con su rodaja de chorizo navegante, col o acelgas rehogadas. Y de segundo la sufrida milanesa, la merluza (o vaya usted a saber) rebozada, el lomo a la riojana con su pimiento, la costilla, las sardinas fritas o la trucha a la navarra. Y de postre flan, siempre flan, Potax, del Chino Mandarí­n; helado de corte, y pieza de fruta del tiempo. La gente nunca toma la fruta, que suele ser una pera o una manzana, y se decanta por el helado, salvo en las raras ocasiones en que hay un par de mandarinas o plátano, entonces sí­. Los jueves paella, siempre te toca una gambita y un par de muscles, de mejillones. No se puede comer mejor en Barcelona por veinte duros. Sí­, veinte. Los domingos cuesta más caro y te dan de postre melocotón en almí­bar. Cuando nos levantamos desfilamos a la cafeterí­a de abajo, no sea que nos quiten la mesa, pedimos los cafeses, el tapete y la baraja.
-Hoy vamos a tomar café gratis, chico, que estos de Zaragoza no saben ni tenerlas.
Se juegan los cafés, sólo los cafés, la pareja que pierde paga a la otra. Las copas y los puros son cosa de cada cual. Desfilan las botellas de Fundador, Terry, aní­s del Mono y suben al alto techo las volutas de humo de los Ducados, Rex, Bisonte, y algún puro Álvaro y Farias (las gallegas tienen la mejor fama) y se espesa en una nube que parece que vaya a tronar. Hay diez o doce mesas completas y algún paseante oteando las jugadas desde lo alto de su posición vertical; para sentarse hay que ser í­ntimo de los jugadores. Unos juegan al dominó en el exilio de una esquina, atizando porrazos a la mesa que suenan como disparos, y la gente los mira y les chista; parece que se reprimen un poco y contienen la escandalera al mí­nimo audible. A un señor mayor que tenemos al lado se le escapa un eructo y pide disculpas.
-Que aproveche.
-La col, ya se sabe.
Yo no sé jugar. Vamos, sé la letra pero no la música. Me califican de peligro para quien lleve de pareja, y normalmente le toca al soriano. Los sorianos saben mucho de guiñote. Pero mucho. De hecho, sostienen que son ellos quienes lo inventaron, y no los aragoneses. Este es de los que sopesa la baraja, se te queda mirando y dice todo serio:


-Falta una carta.
Y tiene razón, se ha caí­do al suelo, ¡qué tí­o!
-Yo tengo que jugar contigo porque si no, ganarles a estos no tendrí­a mérito. Es como jugar contra tres. Pero por tu santa madre… hoy no me jodas los veinte cuando vamos de vueltas, eh.
Yo me ruborizo un poco pero asiento y me concentro en la jugada. Nada. Las cartas van cayendo, nacen, crecen, se reproducen y mueren en mis manos sin que yo intervenga en absoluto en sus cometidos o sus andanzas. Las veo pasar sin saber qué hacer con ellas.
-Pardillo.
-Si me la he llevado yo.
-Ya, pero les dejas las diez de últimas, que te las habrí­as llevado con el triunfo que te quedaba.
Los sorianos en Aragón tienen fama de agarrados, de tacaños. Este, cuentan, se corta el pelo él mismo por no gastar, y tiene una novia guapí­sma en Aranda bordando ajuar tras ajuar. Es maestro. Todos los sorianos son maestros de escuela, menos alguno que es funcionario de ayuntamiento. Deben ser la mar de listos, este como listo, sí­ que es, sí­; aún no hemos acabado de jugar y ya sabe las que lleva cada uno.
-Con las diez hacéis catorce, por dieciséis nosotros, y da el de mi derecha.
Los contrarios son los dos maños, y uno le cuenta al otro que el conde de Morata de Jalón se jugó no se cuántos caices de terreno con doña Godina, la de La Almunia, en una partida de guiñote; pero otros dicen que no, que quedaron en que los dos se encamaban y soltaban un burro en la raya de los dos sitios, y hasta donde llegara el burro mientras yací­an, se lo quedaba la doña; el caso es que se ve claramente en el mapa que el terreno de Morata recibe como un mordisco del vecino de La Almunia. Con esto de la baraja se aprende mucho.
-Vamos de vueltas.
Ir de vueltas es la principal diferencia, y el gran atractivo, del guiñote. No siempre una partida acaba cuando se acaban las cartas y gana el que más puntos tiene, no señor. Se juega a hacer ciento un tantos, las cincuenta primeras son las malas y las cincuenta segundas las buenas, como en una baraja hay ciento treinta puntos, puede que ninguna pareja llegue a esas cincuenta y una buenas, y hay que seguir jugando con cartas nuevas. El primero que completa las cincuenta y una buenas gana. Esto varí­a las estrategias, y dice mucho del pulso de los jugadores y su pesquis.

-Salgo yo… ¿qué hay de triunfo?
-Oros.
-El dos, para que se lo lleve el que quiera.
-Pa ti.
-Toma, este monarca para sumar algo.
-Tuya. Pues dieciséis y cuatro, ya tenéis veinte.
Entonces es cuando el compañero se agacha, mete la mano bajo la mesa y golpea con los nudillos hacia arriba, pon pon pon.
-Veinte en copas, y partida para el dúo internacional.
Se juega a cotos, los cotos son de tres o cinco partidas, más o menos como si fueran los match de tenis. Se echa un sorbo al café, y se le pide un vaso de agua al camarero. Se enciende otro cigarro mientras barajea el de al lado.
-Que las vas a marear.
Hay un murmullo que es casi un silencio en la sala, sólo se oyen los flaps del aleteo de las cartas y el murmullo lejano del tráfico, porque por la ventana abierta se escuchan los coches que pasan un poco más lejos yendo hacia la plaza Universidad o hacia el puerto. El Centro Aragonés está en la calle Joaquí­n Costa, al principio, haciendo chaflán y encima del cine Goya, por eso hay que subir tanta escalera. Los sorianos van todos allí­, claro, como no son número suficiente para tener casa propia se vienen con el vecindario. Allí­, en esos salones he visto yo actuar, apoyado en un alféizar, a Joaquí­n Carbonell, cantando aquello de «La mala semilla».
-«No habí­a instante / que el buen maestro / lanzara al cesto / su incomprensión / Yo era el incesto / de la vagancia / y la indencencia de la intención».


A Labordeta también lo vi, cuando todaví­a no era «el abuelo», pero abajo, propiamente en el cine, que también era teatro. De bote en bote y todo el mundo con el encendedor en alto tarareando lo de las azerollas.
A mí­ me gustaba más jugar al tute. Tal como se juega el tute en Aragón no hay pareja, es un juego para tres, así­ no le fastidio los cantes al compañero. Se reparten todas las cartas y se arrastra desde el principio, con lo que hay que seguir el palo. Eso no pasa en el guiñote, que uno echa de un palo y el otro echa lo que considera bueno para el compañero, o para dejarlas pasar; al menos hasta que no quedan cartas en el mazo.

-Vamos de últimas.
-Y sin cantes.
-¡Pues el bastillo!
-¡Pues para esta!
-¡Las cuarenta!
-No joden pero atormentan.
De niño miraba jugar a la yaya Juana y los tí­os, allá en la torre. Hoy aquello lo están aplanando y dentro de cuatro dí­as harán allí­ la Expo de Zaragoza. ¡En la mejor huerta de España! Hay que joderse, con las lechugas que salí­an en esa torre del meandro del Ebro, Ranillas que lo llaman. Yo iba con los primos, primos segundos todos, ya ni recuerdo sus nombres, encorriendo a las gallinas y saltando la peligrosa acequia. Si te caí­as dentro, cuentan, te podí­as quedar atrapado por el tarquí­n, ese barro oscuro y pegadizo como brea. Se levantaban un rato de la mesa para sacar a beber a las vacas, de dos en dos, menos una, que era muy fura, y tení­a malas pulgas. Los chicos y algunas mujeres nos escondí­amos como si aquellas mansas vacas holandesas fueran los más terribles miuras. Qué carreras y qué coces cuando iban desde la cuadra hasta la pila del agua, donde uno de los tí­os le daba briosos meneos a la bomba. Luego caí­a la tarde y echaban la última, antes de irse, con los crí­os ya derrengados, con las rodillas llenas de escorchones y bergantos, y algún siete en la culera. A la yaya Juana la enterraron con la baraja. Con la baraja y con los huesos del yayo Paco, que la precedió en bastantes años. Como se ve que reñí­an más que otro poco les colocaron una lápida que dice: «Francisco y Juana, juntos y en paz», sin más.
Hace tiempo que no juego al guiñote. Hace tiempo que no veo a nadie jugando al guiñote.
«Ganan estrados / los disciplinados / y a los descarados / así­ nos va.»
Va por usted, don Heraclio.


domingo, 23 de diciembre de 2018

El regalo de navidad del señor Paco

(o «Scroodge rides again»)

Estaba el señor Paco el del colmado,
-Hijos de A. García. Ultramarinos.
Olivas de Aragón. Licores finos –
cual Vulcano en su fragua retratado.
Quiero decir que no desentonaba
la tal figura para el tal paisaje;
como un juego de piezas para encaje
su figura en su lámina encajaba.
Su tienda conocía quien le viera,
pues llevaba en su cara el distintivo
entre buitre y ratón, servil y altivo,
de la estirpe añeja del hortera.
Y el que en la tienda entraba, presumía,
viendo el zoco moruno donde estaba,
que tras el mostrador le vigilaba
o un hijo de Babel, o de A. García.
Ejercía su labor de dependiente
en mitad de la calle Mayor mismo,
aunque llamarla mayor era eufemismo,
le decían la calle solamente.
Pared con pared con el ayuntamiento
tenía enfrente, gran desgracia,
juntitas a la iglesia y la farmacia;
detrás, el campanario del convento;
a la izquierda está la barbería;
a un paso el carbón, la tasca, el pan,
la estafeta, y en su propio zaguán,
el ciego vendedor de lotería.
Hay una fecha en piedra que atestigua
que, si la casa no es del pleistoceno,
no datará de muchos años menos,
mas da impresión de vieja, antes que antigua.
Al entrar, si lo haces sin cuidado,
puede que te acierte en plena cresta
una ristra de ajos allí puesta

jueves, 18 de octubre de 2018

El nefando crimen de las mandarinas.

Expdte. G-2332/2003 Indagaciones preliminares. Homicidio en la persona de Paví­a Huéscar, Ginés. Autora Céspedes Cantano, Dulcidia, esposa de la ví­ctima.

Informe de los Agentes de la Policí­a Municipal C691 y H654 de patrulla en el coche Z-32.

Personados los agentes C691 y H654 en el domicilio conyugal de los citados, tras haber recibido llamada telefónica del vecino de planta de los mismos Ávarez Matute, Cosme, alertado por unas voces primero de pelea y luego de duelo en el piso frontero al suyo. Este vecino nos informa de que aproximadamente a las once de la noche, encontrándose dormido, es despertado por ruido de gritos procedentes de la casa de los vecinos, entre estos gritos dice destaca la voz de Dulcidia C.C. quien profiere amenazas a su marido de diversa hí­ndole clase, entre ellas distingue las siguientes: «Hijoputa te voy a arrancar los huevos», «Cabrón esta me la vas a pagar, os mato a ti y a esa pelángana» (desconociendo los agentes y el vecino el significado de «pelángana», reflejamos aquí­ la palabra tal como parece sonar por si fuera de relevancia para el esclarecimiento de los hechos), «Te voy a meter las putas mandarinas por el culo y a esa por el coño», «A esa traidora le voy a sacar los ojos y a ti, a ti te mato primero» «Cabrón», «Hijo de siete leches», etc, y otras de la misma hí­ndole clase. Que del mismo modo, dice el vecino Cosme A.M. oí­a replicar a la ví­ctima con voz ahogada y apenas ahudible «No es lo que tu te piensas Dulci», «Te juro que no ha pasado nada», y que después oyó un golpe violento, como cuando se rompe un cántaro, pero más fuerte, y un silencio, y que después la vecina Dulcidia C.C. se puso a llorar y a gritar «Hay Dios mí­o que lo he matado», a continuación y siguiendo llorando «Haora voy a por tí­ perra, haora voy y te rajo como a éste» y que entonces, asustado, llamó al 092 dando parte.
Llamámos a la puerta de los actores, 3º Dcha, de donde se puede oí­r un sollozo entrecortado, identificándonos como Agentes de Policí­a, y nos abre la propia Dulcidia C.C. en bata y llorando, al tiempo que nos presenta las manos y nos pide que la llevemos presa diciéndonos que ha matado a su marido, y que la sujetemos o va ha matar también a una mujer a la que denomina «esa guarra», y que posteriormente identificaremos como Engracia Cespedes Pujalte, prima de la autora. La requerimos para que nos muestre el paradero de su marido y nos conduce al dormitorio conyugal donde hayamos a la ví­ctima, este está tendido en el suelo al pie de la cama, en posición de «decúbito prono», con la rodilla izquierda doblada y el pie izquierdo sobre la cama, comprobamos que efectivamente parece muerto y llamamos al Sr. Juez y al Grupo de Homicidios, sin más tocar ni alterar el escenario del crí­men.

domingo, 30 de enero de 2011

No me gustan los funerales católicos

Hombre, hay que reconocer que los curas llevan muy bien todo eso de la escena, la liturgia está muy bien, la iglesia con sus flores, el olorcillo a cera e incienso, los recios bancos corridos de madera que acercan a los circunstantes, la vestimenta del cura, tan solemne, bien, eso bien. Pero luego va y lo casca: que nos vemos en el otro mundo dentro de nada, a la derecha del padre todos en una fiestecita eterna que va a ser la monda. Y no, eso ya no se lo cree el personal, y se siente defraudado. O como en el Tenorio: Cuán largo me lo fiáis.
¿De veras no saben otra cantinela? ¿Sólo se puede decir ante la familia y amigos del finado que esto de la vida es sólo un pasito para el otro mundo, que el ataúd es como el felpudo de welcome del cielo? Porque además este soniquete les vale para todos, yo aún no he oído a un cura decir que este muerto va a ir a la caldera de cabeza porque en vida fue un hijoperra, no.
A mi me entristece esta simplona e incierta disertación religiosa que anuncia una disneylandia del más allá. Repito ¿de veras no hay otra cosa que decir cuando muere un ser querido?
Yo quisiera enfocar el acto de morirse desde otro punto de vista, desde el único que se me ocurre: el de lo trascendente de la existencia de la persona. Porque tampoco me creo que el papel de la gente, por insignificante que sea, carezca de importancia, y ahí es donde fallamos, al considerar poco e irrelevante lo que hace una persona en su vida, con su vida, dentro de la suma de todas las vidas. Quizá porque sea ese uno de los mayores yerros que suele cometer el ser humano: no dar la suficiente importancia al papel de cada cual, restar mérito a tu granito de arena en la construcción de la humanidad. Y es que, siempre nos morimos de uno en uno, y es un error vernos así, cuando la vida es algo que se hace entre todos. Le damos demasiada importancia a morir, y en el último discurso (quizás el único) que dedicamos a un ser querido le hablamos de un futuro de cuento de hadas, en vez del futuro cierto, verídico, incontestable, del género humano que ha ayudado a forjar.
Gracias, por haber sido algo mejor que tus predecesores. Gracias, por haber contribuido a la mejora del pensamiento, de la actitud común. Gracias, por haber sabido corregir, aumentar y comunicar la educación que recibiste. Gracias, porque te has ido y has conseguido que te lloremos.
Yo, que no creo en dios alguno, sigo teniendo fe en el hombre, quizá porque tengo la suerte de saber fijarme en los buenos ejemplos, y el no desdeñable mérito de saberme rodear de gente que hace por la gente. Los curas se dejan al hombre en el tintero y nos cuentan mitos. Es como si en la historia del hombre no hubiera habido otro ejemplo que el de Jesús, como si no hubiera habido otros que hubieran dado su vida por otros, para otros, y su esfuerzo, y su empeño y su trabajo y todos sus años y experiencias por el bien de los demás. Como si no tuviéramos ejemplos de sacrificio callado, de trabajo amoroso, de genio brillante, de afanes esperanzados. Para los curas es como si no tuviéramos otra historia que la que cuenta su libro. Como si no hubiera otros personajes. Como si no tuviéramos madre a quien querer.
Es buen consuelo saberse trascendente, saber que tus hechos se comunican con otros produciendo consecuencias, que no llegarás a ver, pero que presientes en el futuro de la especie. Irse, sí, pero averiguarse traspasando los límites de la experiencia posible en lo corto de nuestro empeño. Al cabo, llevamos al género humano entero y verdadero acumulado en nuestro adeene, cada uno somos la suma de nuestros anteriores. Al cabo, reyes y papas y prohombres se diluyen en la historia hasta no distinguirse de sus súbditos, acólitos y comunes, lo importante es la amalgama y en ella es importante la consistencia de cada cual.
Cuando uno se va se puede decir que nos veremos, sí, pero no en las nubes tocando la lira, nos veremos en nuestros hijos y sus hijos, en la palabra que dejamos en oído ajeno, en la línea que escribimos, en lo que influimos al todo que nos rodea.
Yo a veces veo a mi padre que aún me dice algo. Esto, creo, es algo común. Pero si sabes mirar más allá te das cuenta de que más gente te dice más cosas. A veces me dice algo Galdós, u otro, en sus libros (que para eso se escriben); otras me lo dice Edison, al que aún no hemos dejado de oír cuando encendemos la luz; otras me lo dice un médico que no conozco que inventó una droga, que descubrió un tipo sanguíneo, que fabricó un escáner, que enseñó los secretos del bisturí al médico que me salvó la vida; otras me lo dice una columna de la Mezquita de Córdoba que guardaba los ecos de tantas oraciones (porque los dioses no son importantes, pero las oraciones sí); o Tagore, que recogió, para alegría de mi corazón, la alegría viva de una mañana de abril y me la mandó, a través de cien años, cantando dichosa.
No, a mí no me gustan los funerales católicos, pues te cuentan un cuento, pudiendo contarte una historia. No, pues no les cambio su albur por mi esperanza.

martes, 30 de noviembre de 2010

Actualizando, que es internet.

Esta mañana he estado en un curso de actualización de internet, donde nos han explicado por dónde van los tiros y, sobre todo, por dónde van a seguir yendo. Se da uno cuenta de que el futuro ya no es lo que era, y que las previsiones se hacen de hoy para mañana, porque lo que vaya a suceder pasado mañana ya es algo que ni nos podemos imaginar.
Me quedo con un par de cosillas significativas.
En el mes de septiembre de este año sucedió algo singular: por primera vez se leyeron más periódicos por internet que en papel.
El 65% de los niños que nazcan hoy aquí trabajarán en profesiones que todavía no existen.

Los ponentes iban acompañando su disertación, amena y entretenida por cierto, de la creación de un museo de la historia, donde colocaban las cosas que vamos jubilando o están al caer.
-El periódico de papel. Se sustituye por las noticias en internet, vía agencias de noticias, periódicos, y sobre todo por noticias suministradas en vivo y en directo por internautas mediante blogs, twitter, youtube, facebook, etc.
-El libro de papel. Sustituido por el lector electrónico muy en breve, seguramente los niños que nazcan hoy ya no llevarán libros de papel cuando vayan al colegio. El colegial no puede depender para su estudio de algo tan estático.
-La televisión tal como la conocemos (y el TDT). Sustituido por programas a la carta en cualquier momento. Podrán existir las productoras de programas y series, y noticiarios, pero no las cadenas generalistas, donde uno no puede elegir qué ver cuando le apetece.
-El cd de música. Sustituido por el mp3 accesible vía internet a través de móviles u otros aparatos.
-El dvd. Se sustituye también por la película en streaming, recibida rápidamente a petición en móviles, tablets y aparatos de TV con internet.
-La máquina de fotos / el vídeo. Sustituidos por móviles de nueva generación que permiten captar buenas imágenes en automático, sin conocimientos de fotografía, y subirlas a internet en el momento para su distribución. Esto será para el gran público (un 90-95% de las fotos) y quedará la parte del aficionado-artista y el profesional que sí usarán máquinas tradicionales (digitales, claro, las de película ya no son ni tradicionales, son prehistóricas).
-La radio. Sustituida por la recepción de programas vía internet a través de móviles y tablets. Las emisoras tradicionales también sufrirán cambios en sus programaciones para hacerlas cada vez más accesibles al público mediante internet y que así puedan elegir horario de emisión los oyentes.
-La tarjeta de visita. Sustituida por utilidades como linkedIN, que le dan mil vueltas. En vez de intercambiar tarjetas se manda al móvil en el momento. Con toda su información.
-Los videojuegos. Serán también jugables vía streaming, sin necesidad de tenerlos guardados en una consola o similar.
-El ordenador y sus programas. Sustituido por otros medios, como el móvil, los tablets, o aparatos de tv con conexión a internet. Los programas tampoco serán necesarios, ya que estarán en el propio navegador, sin necesidad de tenerlos nosotros en casa, ni de guardar nosotros los archivos. El programa que usemos y nuestros archivos estarán directamente en «la nube», es decir, en internet, en nuestra cuenta de usuario.
-El navegador/GPS. Sustituido por un geolocalizador de contenidos móvil que al tiempo que vas viendo en él las imágenes que toma, por ejemplo colocándolo delante en el coche, va recibiendo la navegación encima de esas imágenes, con lo que, si tienes que tomar por una calle a la derecha, cuando llegas y la ves te lo indica y te aparece la flecha entrando por esa calle. Localiza dónde estás, lo que ves, y te lo llena de contenido para que sepas por dónde ir, y qué servicios, restaurantes, hoteles, talleres, etc tienes al paso, y si está alguno recomendado por un conocido tuyo. Esta aplicación en un futuro estará disponible en el propio cristal del auto, que hará a la vez de pantalla, verás la calle y encima las distintas capas de información que desees, la de la ruta a seguir con sus flechas e indicaciones, la de contenido que te rodee, la de previsión de tráfico, la del clima, etc…

Esta es la pantalla del móvil colocado en el cristal delantero del auto, las señales te aparecen encima de lo que el móvil va filmando y emitiendo en vivo.

Fecha tope para la implantación de todo esto… cinco añitos, salvo que mientras tanto salga algo todavía mejor que sustituya a alguna de estas cosas. Eso no quiere decir que todo esto desaparezca, no, sino que quedarán sólo residuos con cada vez menos contenido y seguidores.
Nos crece la hierba bajo los pies.

martes, 11 de agosto de 2009

El animal que hay en mí­

Sí­, es eso, estoy seguro, es el animal que hay en mí­ el que me impulsa a hacer todo esto. Yo nunca habí­a tenido esas inclinaciones, era una persona apenas sociable, trataba con poca gente y de forma aséptica, no veí­a en todas esas personas lo que ahora veo, seres indefensos, solitarios, a los que nadie o casi nadie presta atención. Pero yo sí­, yo ahora los veo, me fijo en ellos, los selecciono.
La primera vez fue hace ya unos años. Fue un ciego. Un ciego que estaba dando golpecitos con el bastón en el bordillo de la acera para cruzar, se ve que no conocí­a la zona bien, pero yo sí­, yo estaba en mi territorio. Me pareció curioso que pese a ser ciego parecí­a como si mirase a un lado y otro buscando a alguien que le ayudara, en aquella calle vací­a, al caer la noche en un mes de agosto que habí­a deshabitado la ciudad. Lo vi, y me fui acercando a él. Creo que me oyó mucho antes de que estuviera a su lado…
Sentí­ una extraña satisfacción al acabar y me prometí­ a mí­ mismo que volverí­a a dármela a la menor oportunidad. El animal que hay en mí­ habí­a empezado a actuar.
Sólo fue el primero de una serie que se prolonga hasta ahora mismo. Luego ha habido la viejecita a la que hay que abrir la puerta del zaguán porque pesa mucho y no puede entrar a su casa con la bolsa de la compra. Y entonces aparezco yo, amable, abriéndosela… Está el niño pequeño al que se le cae la pelotita y no la encuentra, escondida en los arbustos espesos de aquel rincón del parque, y yo entro en medio de ese ramaje y la localizo, y se la tiendo en mi mano abierta: «-Toma, niño, toma… tu pelotita…» El animal que hay en mí­ es quien me impulsa, quien me hace saltar a por la dichosa pelotita y meterme en aquella suciedad donde no llegan los barrenderos… la pelotita le hace feliz por un momento… La muchacha aquella bajo la lluvia haciendo autoestop, tan jovencita, tan inocente. Habí­a salido con las amigas y perdido el autobús, sus padres la castigarí­an si no llegaba a casa a la hora. Se le notaba que habí­a estado de botellón. ¿Cómo las dejan solas, tan jóvenes, tan indefensas, por esas calles? Yo le sonreí­, le abrí­ la puerta de mi coche, le dije que no se preocupara…
Sí­, es el animal que llevo dentro el que me cambió. Yo antes no era así­, de verdad. El animal que hay en mí­ es quien me hace ser así­: amable, solí­cito, atento. Ahora me gusta ayudar a la gente, darles cariño, como lo hací­a Linda, cuánto me acuerdo de ella, la perrita más cariñosa que ha habido, la que vení­a sí­empre a mi lado, me lamí­a la mano, moví­a la colita alegre. La que era un saquito de sueños. Sí­, desde entonces tengo algo de animal, cuido de los mí­os, les atiendo, les ayudo sin esperar sino la satisfacción de poder hacerlo, quizá de un gracias o una sonrisa. Yo antes pasaba de la gente, pero el tener perro me cambió, me impregné de todo ese afecto que saben dar los animales, a cambio de nada.
El animal que hay en mí­ me ha hecho mejor.

sábado, 2 de febrero de 2008

Chasco

Lo cual que ayer estaba yo en casita tan tranquilamente cuando llaman a la puerta y era la policí­a.
-Buenas ¿fulano de tal?
-Glups, digo, sí­.
-¿Tiene usted un coche así­ y asá aparcado en la calle tal?
-Cielosanto, digo, sí­.
-Pues que venga, que está lloviendo y se ha dejado una ventanilla abierta y se le va a inundar. Hemos intentado cerrarla, pero como es eléctrico si no tienes la llave no se puede.
Allá que me lleva el guardia en su coche hasta el mí­o para que no me moje, y cuando llegamos estaba el otro vigilándolo.
-Nos parece que está bien y no tiene signos de haber sido forzado o que hayan robado.
-No, efectivamente, parece estar bien y que no han robado nada. Muchas gracias.
-No hay de qué, buenas noches.
Me llama Manuela asustada porque las chicas de la tienda me habí­an visto salir con un guardia.
-Nada, que tení­a el coche una ventana abierta, para que la cerrase, no se fuera a mojar.
-¿Y estaba todo bien?
-Sí­, todo… bueno, alguien ha metido mano y se ha llevado la cajita de discos de música.
-¿Se han llevado los compacts?
-Sí­, nada más, ya grabaré otros…
-¡Ja jajajajajaaaaaaaaa!
-¿De qué te rí­es?
-¡Anda que cuando los hayan puesto y les hayan salido todos esos tangos, y boleros, y Joselito y Marisol y Conchita Piquer…!
-¡…y Pavarotti y Ella Fitgerald y Antonio Machí­n y Los Panchos…!
-¡Jajajajaaaaaa…!
-¡Jajajaja….!

domingo, 18 de marzo de 2007

Un viaje en autobús

El 15 hace el trayecto desde Palma, la catedral, hasta L’Arenal, o zona alemana por antonomasia, donde está el hotel en que me hospedo. Es largo, de esos autobuses con un fuelle en su mitad, y hace un sinnúmero de paradas. La primera impresión que uno se lleva al subir es mala. Pero en cambio, conforme pasa el tiempo, se va volviendo peor.
Lo primero que descubres es que no tiene aire acondicionado. Salvo que se estime que el aire acondicionado es… a condición de que abras las ventanas. Y lo segundo, que la señora mayor con canasto que tienes al lado, aquella semana ha olvidado lavarse.
El vehí­culo, buena muestra de lo variado de la fauna local, va poblado por la más heterogénea masa humana que se pueda reunir en tan mí­nimo volumen. Aquí­ se juntan marujas anforiformes de cantarí­n acento mallorquí­n; alemanes de bajo poder adquisitivo; una familia calé, madre, dos primas, la hija mayor y tres churumbeles rubitos (vaya por dios); una chica francesa que lleva a un tonto de la mano (Marithé, Marithé, j’envie de bouffer) muy mona ella y con cara de resignación; una pareja hindú (¿o es indú? ¿y por qué con hache?); un drogata sudoroso; y varios negros de distinto tono. A mi derecha, una alemana de proporciones cercanas a las de un armario ropero, sienta sobre sus rodillas a una compatriota menuda y de aspecto angelical. Ambas rubias, casi platino, ojos azules, labios claros, piel colorada de quien ha estado tomando un sol desacostumbrado. Tendrán dieciséis o diecisiete añitos y carita de susto.
El espacio se llena de ecos de conversaciones, de chirridos de frenos, de petardeo de automóviles y motos, de risas de los negros del rincón trasero, que enseñan unos dientes blancos y grandes, vagamente equinos. El conductor maneja el autobús como un nuevo Ben-Hur, sacudiendo al pasaje con grandes acelerones, para que se agrupen al fondo y dejen subir a los que esperan en cada parada.

viernes, 19 de enero de 2007

El poder de la palabra

Siendo yo chico estuve unos meses trabajando en una pequeña agencia de transportes, sita en un local de la calle Tarragona, en Zaragoza, propiedad de los hermanos Navarro, que luego prosperó mucho, porque era gente formal y muy trabajadora y abrieron ya gran lonja en las afueras (sí­, por eso me fui, porque eran muy trabajadores, claro). Ahí­ conocí­ a un tí­o suyo, el señor Silvestre, muy mayor, que echaba una mano en la vigilancia del negocio y en lo que hiciera falta. Este señor Silvestre era un singular personaje; no sabí­a contar ni calcular sino en vascuence, y cuando tení­amos que decirnos cifras y cantidades, o el número de un albarán, era más fácil enseñarlo que cantarlo. De joven habí­a sido carbonero por tierras guipuzcoanas o navarras (¡hostia, sí­, un olentzero!), y de por aquellas tierras me contó con prolijos y cómicos detalles, esta historia que os voy a narrar, si bien no podré alcanzar la sorna y la gracia con que me la refirió él.

Tal dí­a como hoy, festividad de San Sebastián, tuvo lugar el suceso que nos ocupa. Es preciso decir que este San Sebastián es santo y patrón muy predilecto de pueblos y ciudades de España y América, y su dí­a se celebra con gran pompa en buen número de lugares a uno y otro lado del Atlántico. San Sebastián era un centurión romano que se convirtió al cristianismo, y un césar de aquellos muy malo muy malo, lo mandó asaetear (como fusilar, porque era militar, pero a flechazo limpio) y así­ lo pintan y lo esculpen los artistas de siglos pretéritos, ligero de ropa, atado a un poste y lleno de flechas, o por lo menos, de agujeros. Igual por eso es un santo tan popular, porque era un militar muy buen mozo y exhibe su viril musculatura para contemplación y alboroto de beatas y novicias. Una vez que ya tenemos descrito al santo, es preciso describir el pueblo donde sucedió el tremendo hecho. Pues no ¡ea! no puedo describirlo porque no sé qué pueblo era, sólo que era un pueblillo en algún lugar indeterminado desde Guipúzcoa hasta el norte de Huesca, y que dicho pueblo estaba en perenne confrontación con otro pueblo bien cercano, por un quí­tame allá cualquier paja. La tí­pica historia de los pueblos vecinos que siempre andan riñendo. Aquí­, los mozos de una de las dos aldeas, iban cada año a la otra a reventarle las fiestas armando camorra en el baile, corriendo mejor las vaquillas, o levantándoles las novias a los lugareños. Se ve que llevaban ya varios años en los que estos sucesos se vení­an repitiendo con creciente contumacia. Cuando iba a ser el dí­a del patrón San Sebastián en este pueblo, los mozos del de al lado se juntaron para pensar (¡sin que sentase precedente, eh!) en cómo desbaratarles el evento. Y dieron con un plan poético y sutil, convinieron en mandar a un coplero, jotero o rapsoda, de los que entonces amenizaban fiestas y saraos con sus cantos y recitados, a que les estorbase la procesión; tan poético y sutil era el plan, que decidieron personarse también con garrotes y los bolsillos llenos de piedras, por si los otros no comprendí­an tanta sutileza.

Imagina el espectáculo. No, no, aprieta los ojos e imagina un poco más ¡hombre, no lo voy a poner yo todo! Veinte de enero, una aldehuela de las estribaciones pirenáicas, los tejados nevados, las calles heladas, las hierbas con escarcha, los niños con mocos… Por la estrecha calle Mayor, nieve y niebla, viene una serpiente humeante: la procesión, que, como un dragón exhala vapor por sus fauces (¡toma, qué cacho metáfora!) Delante el monaguillo aventando el incensario, que lleva cogido con ambas manos en vez de por la cadena, para calentárselas (un tí­o listo). Tras él, cuatro fornidos gañanes llevan en andas al santo, con sus carnes y sus flechas al aire. Luego, el cura, el alcalde, el cabo, y el resto del consistorio y todos los habitantes del pueblo, salvo los tullidos, los muy ancianos, y el boticario, claro, que es de la cáscara amarga. ¡Porque, contrariamente a lo que creen los de ciudad, las procesiones son para participar en ellas, y no para verlas pasar! Prosigo, que divago y me pierdo. Estábamos en que es todo blanco, y gris y pardo, suave suave, salvo el negro de las boinas. Se oyen apenas las pisadas crepitando en la dura nieve, y la salmodia monótona de las preces (¡preces, eh, qué rico vocabulario el mí­o, coño!). De pronto el monaguillo se detiene. Frente a él aparece un hombre con ropón negro que levanta los brazos invocando al santo. Tras él, pana en los cuerpos y fieltro hasta las cejas, los mozos del pueblo enemigo. El coplero, dejando parados y estupefactos a los procesionantes, alza la voz y declama:

¡Glorioso San Sebastián!
Si en un invierno tan crudo
te llevan por ahí­ desnudo…
¡en verano qué te harán!

¡Ayva dios! Los gañanes que tiran el santo a tomar por culo y se lanzan contra él; el monaguillo que le salta encima cascándole con el incensario en los morros; y el párroco que, al grito de «¡Hijos de puuuuutaaaaa!» enardece a su tropa mandándolos a la batalla campal contra los vecinos… Allí­ ardió Troya, la de dios es Cristo, la de san Quintí­n. Los garrotes machacaban costillas, las piedras explotaban dientes, las viejas perdí­an el moño, el cabo el tricornio, el boticario la ocasión, y cuentan que no se vio una igual por aquellas tierras desde que a Roldán le calentaran el morro siglos antes.

Lo cual refiero aquí­ para mejor ejemplo de convivencia y espejo en que se miren las generaciones venideras y escarmienten en cardenal ajeno, amén.

¡Hasta dónde llega el poder de la palabra!

viernes, 12 de enero de 2007

La batalla de los ciegos

Esta verí­dica y tremebunda historia, muestra de nuestras más ancestrales costumbres cazurras y espanto de afiliados a la ONCE, me la contó don Manuel Serrano Garcí­a, a la sazón suegro mí­o, guardia municipal de la I.C. de Zaragoza con grado de cabo y persona versadí­sima en la crónica local, en el anecdotario de la baturrada y el despatarre vernáculo.

Me refirió que, en indeterminados y oscuros tiempos de antes de la guerra, los ciegos no vendí­an el cupón aún, y se ganaban la vida como buena o malamente podí­an, los más tocándo músicas y pregonando romances por las esquinas, y dependiendo de la voluntad de las buenas gentes; y otros, caí­dos en mejor familia, con trabajos asequibles a su tara, como el trenzado de canastos, el deshuese de olivas y otros que requiriesen santa paciencia. Contome que por las esquinas de Zaragoza se juntaba a veces un cuarteto de estos ciegos, un matrimonio viejo y otros dos hombres más, que eran versados y hábiles en tañer y soplar varios instrumentos, a saber: un violí­n, un laúd, un cordión y un chiflo acompañado de su chicotén. Estos cuatro ciegos, a veces se juntaban para ir a tocar a meriendas y celebraciones, formando una orquestina, tocando ora juntos lo que se sabí­an todos, ora por separado y dando descanso uno o dos a los otros. Cómo conseguí­an que tan variopintos instrumentos sonaran parejos y acompasados es misterio que no hemos logrado desentrañar (supuesto caso que atinaran), pero seguramente los oyentes tampoco pretendí­an sino pegar cuatro agarrones a alguna moza entre los, más o menos, ruidos de polkas, valses y pasacalles.
Estos ciegos hací­an pórticos y fachadas de iglesias, como la de Santa Engracia o la de San Miguel o San Felipe y San Juan de los Panetes, y también se lucí­an por lugares como el mercado central, la Lonja o la plaza de toros. Así­ viví­an y se recogí­an en la ciudad casi todo el año, pero en verano salí­an de bolos. Sí­ señor, sí­, como lo oyen, hací­an galas como la Piquer. Y es que en verano se echaban a la carretera y solí­an aprovechar el buen tiempo para ir a los pueblos de la ribera del Jalón y a las Cinco Villas, donde estaban mirando crecer los trigos y las uvas, hasta que era época de la recogida, que remataban la faena, y volví­an a casa con los ahorros para mejor pasar los frí­os del invierno.
En una de estas deambulaciones acabaron yendo a parar a no sé qué pueblo donde fueron bien recibidos por la solterí­a, que instó a las fuerzas vivas del lugar a contratarlos para hacer baile en la plaza al atardecer. Ajustaron pues con el alcalde que cobrarí­an por aquella tarde y la mañana siguiente, que era domingo, después de misa, la cantidad de nueve pesetas cantantes y sonantes (luego se verá si cantaban y sonaban), a razón de dos por barba más una porque sí­. Tañeron y soplaron los ciegos todo su repertorio y lo que les iban tarareando y fueron muy del agrado de la concurrencia, que los celebró a modo, regalándolos con vino abundante y llenándoles la andorga, y unos y otros se dieron por muy satisfechos del trato y el servicio cuando fue la hora de pasar factura y coger la carretera. Quedaron los ciegos en una esquina de la plaza esperando a recibir la paga, mientras escampaba la gente, e iba el alcalde a la casa consistorial a por las nueve pesetas. Y en esta tesitura estaban cuando, uno de los mozos, vigilado de lejos por otros de su peña que miraban desde la barrera sin perder ripio, se les acercó y les dijo que les iba a pagar.

-A ver, quién cobra -dijo.
Y mientras los ciegos se miraban (es un decir) y antes de que uno alargara la mano, el mismo mozo siguió hablando como si ya le hubieran contestado.

-Muy bien, usté mismo, pues vaya recibiendo y contando.

Y mientras hací­a como que le pagaba a uno de los ciegos, iba entrechocando dos pesetonas que llevaba una con otra de mano a mano como si estuviera depositando las monedas en mano de ellos.
-… ocho, nueve, y diez, hale, que nos han tenido muy contentos, que lo disfruten y otro año, ya saben, vuelvan por aquí­ que serán bien recibidos.

Dieron los ciegos las gracias y echaron a andar por el camino, seguidos de lejos y de puntillas por los mozos, que querí­an ver en qué paraba el asunto. Al poco y aún sin salir del pueblo, dijo uno de ellos que a ver quién habí­a cobrado, que a repartir. Y todos comenzaron a decir «Ah, pues yo no he sido», y a subir el tono de voz, y a decir que «Ya empezamos…», y que «Ya sabí­a yo que alguno tení­a que dar la nota», y que «Eso no lo dirás por mí­». Y subieron las voces, y subieron los bastones de los que se ayudaban para andar y zis, zas, empezaron a darse de palos y puñadas, y era de ver el buen tino que tení­an en alcanzarse en las narices y en cascarse los instrumentos a garrotazo limpio. Y en estas estuvieron buen rato para agravio de sus huesos y regocijo ajeno, hasta que sintieron las risas de los mozos que no pudieron contenerse más y explotaron en carcajadas.
Menos mal que llegó el alcalde a tiempo de evitar males mayores, y restañaron sus heridas y pagaron a los ciegos lo que era debido y los instrumentos echados a perder. Alguno de los mozos se vio en el calabozo ese dí­a y los siguientes y tocó multa a escote. Pero como decí­a Gila… «Anda, que lo que nos hemos reí­do…»

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lunes, 8 de enero de 2007

Los Reyes

¿Los reyes? Ja. Sí­, sí­, los reyes… ya te voy a contar yo los reyes que he tenido. En la vida vuelvo a escribir yo una cartita a los reyes. Los putos reyes y los putos crí­os que te vuelven loco. Me he pegado dos dí­as gritándole a mi hija que los reyes son los padres ¡los reyes son los padres! ¡los reyes son los padres! Y que llore, joder, que llore y que se desgañite. Yo también querí­a reyes, y mira lo que me han traí­do. Lo que me han traí­do. No vuelvo a celebrar más los reyes, en la vida. En la puta vida. Ni la navidad, de esta me hago zen, o talibán, o judí­o, lo que sea. Y me voy a ir de vacaciones en navidad, de ahora en adelante, para que me coja desde el dí­a de navidad hasta reyes fuera, bien lejos, en las Bermudas, en Marruecos o en Tanganica, un sitio donde no celebren las navidades.
Todo porque mi jefe, el jefe, se las daba de campechano, de estar con el empleado, de compartir vivencias, ya sabes, el nuevo estilo empresarial. El cabrón sin corbata, vamos. El hombre que por lo visto se sentí­a muy solo y querí­a hacer amistades con los de abajo, como si los de abajo quisiéramos que nos invitara a cenar a su palacio y a que su mujer le sacara los colores a las nuestras exhibiendo la sección de joyerí­a del corte inglés, y lo más feo que han parido Vitorio y Luchino. Y nosotros a tragar, a aguantarle hablar sobre la gran familia que es la empresa, sobre el gran edificio que entre todos estamos levantando. Le encantaba al cabrón la metáfora del gran edificio que estamos levantando en la empresa, unos ponen un ladrillo, otros el diseño, otros la luz… le encantaba el gran edificio. Vaya casa putas estábamos levantando. Y que no se le ocurre mejor idea que celebrar el dí­a de reyes con los crí­os ¡venga, regalos de la empresa para todos los niños! La madre que lo parió. Hasta contrató a unos actores de esos aficionados para que se vistieran y repartieran los regalos, qué majo él… Se sentí­a en la gloria el hombre, seguro que pensaba aquello de que era como un padre para nosotros, como piensan todos los caciques y los dictadores. Y mi niña, qué rica ella, qué mona, qué linda con sus rabitos con lazo y su media lengua. Y el tí­o que me dice:
-¿Así­ que esta niña tan bonita es su hija? qué preciosa, Martí­nez, qué preciosa niña, estará usted orgulloso.
Y la crí­a con el chupete de medio lado y agarrando un oso de peluche venga a tirarme del faldón de la chaqueta.
-Papá, papá
Y el otro que venga y dale, que si este es un dí­a entrañable y tal y cual. Y la otra tironeándome la chaqueta.
-Papáaaaa
-Quéééé quieeeeres
-¿Ete zeñó e el cabrón de tu jefe?

jueves, 23 de noviembre de 2006

Ramblas abajo


La sentó el camarero enfrente de mí­, tras pedir permiso con un gesto, me dijo que aproveche sin mirarme y se puso a mirar el menú al tiempo que escribí­a un mensaje en el móvil. Es lo que tiene comer en un restaurante de baratillo en las Ramblas, de esos donde los clientes se dividen en habituales de toda la vida, que entran saludando a las camareras por su nombre, y los turistas que no volverán nunca por allí­. El menú, conste, tení­a poco que mirar, era una cuartilla fotocopiada con los tres primeros, tres segundos y el flan, helado o pieza de fruta de postre. Ella tampoco tení­a mucho que mirar: alta alta, delgada, gafas de intelectual pija, faldita con volantes y una cosa floreada sin mangas y un poco jipi. Llevaba el dicho telefonillo y una cartera con un ordenador de esos que caben en una mano y se usan tocando con un lápiz de plástico en la propia pantalla. Parecí­a muy ejecutiva, muy agresiva y muy profesional. Y muy catalana.

-Jordi, es que me tienes que ayudar, es que no sé qué regalarle a la Marian … pero somos tannn diferentes ella y yo, seguro que cualquier cosa que le compre va a pensar que lo he hecho para fastidiarla … porque el regalo se lo hacemos los dos ¿por qué he de comprarlo yo? ¡este año te encargas tú, mira! … Pues no, no, comprar regalos no es tarea de la mujer, además, yo no soy «la» mujer ¿sabes, cariño? … calla … calla … no me digas esas cosas … no, comiendo en el Alexa … que no puedo … no, no puedo … ¡Mira, me estás tomando el pelo, hala, ya no quiero hablar contigo, mira, te cuelgo, mira, piensa algo tú! … No, en eso no pienses, siempre piensas en eso, esta vez piensa en el regalo de la Marian.

Colgó, me miró de refilón, yo impasible atacando la ensalada, escupiendo huesos de oliva negra con la mayor pulcritud posible y tratando de que no me sobresaliera el forraje durante la masticación, que uno tiene urbanidad. Pidió unos puerros con una salsilla espesa y bacalao con tomate, y vino de la casa y volvió a la carga con el móvil.

-Nuria, nena, que no voy a poder llegar, que acabo de llegar a comer y me he tenido que meter en – se me quedó mirando como sopesando la categorí­a del local a través de la de mi persona haciendo equilibrios con la punta de un espárrago – en cualquier sitio, no sé, uno cutre, voy a comer bacalao con tomate, fí­jate. – es difí­cil quedar como una persona decente comiéndose una punta de espárrago, lo sé, pero hice lo que pude – Tengo ya los informes hechos y necesito que me los firme tu boss, en cuanto llegue a la oficina te los paso por mail, pero no sé lo que voy a tardar, además, la tarada está sacándose el carné de conducir y le he tenido que dar la tarde libre … sí­, hija sí­, habrá que ponerse otro parachoques … ¿Lo de Robert? No sé qué quieres decir con lo de Robert, si no hay nada con Robert … que no, que no seas ploma, que no hay nada … no pasó nada … que no, que no pasó nada … bueno, pues estuvo a punto, pero no pasó, que no es lo mismo que si hubiera pasado ¿o no? … ¡Ay, mira, oye, pues no pasó nada! ¿Es que a ti te habrí­a gustado que hubiera pasado algo? … ¿Con Marité? ¿Pero Marité, Marité? ¡No fotis! … pero me lo dices en serio … mira, a mí­ me va a dar algo, ya te contaré … No, que ya te contaré … no, que ahora no puedo, va que ya tengo aquí­ la comida … Que sí­, que ya te lo diré, au.

Yo, lo juro, procuraba no mirarla ni oí­rla, aunque lo segundo era inevitable, pero al menos me aprendí­ de memoria el menú de tapas que tení­an colgado en la pared, escrito en una pizarra grande, con letras blancas y floreadas, muy femeninas. Aun así­ sentí­ que me clavaba una mirada asesina que me trepanó el parietal derecho (yo miraba de lado), habí­a acabado con la ensalada y mojé una miga de pan para llevarme los restos del escabeche y una pizca de tomate. Ella empezó a comerse los puerros a dos carrillos, mojando pan igualmente, devorando deprisa, se atizó media copa de vino de un trago y amagó un eructo tapándose la boca con la servilleta de papel. Para que te jodas con las finolis. Dejó otro cacho de pan mojándose en la salsa y volvió al teléfono.

-Oye, me tienes que decir dónde nos va a llevar la Marian a comer este finde … pero si es un sitio bien o de los que le gustan a ella … jijiji … sí­, sí­, ya me entiendes … no, pero le he dicho al Jordi que piense él, yo no pienso matarme, eh, este año que se las apañe, yo me voy a hacer la tonta … Mariló, oye, que yo te llamaba por otra cosa … ¿Tú sabes si la Marité está con el Robert? … ay, hija, pues estar, estar, yo qué sé … pues cualquier manera de estar … ¿pero en serio? … no fotis … si es que es una… en fin, una … no, a mí­ qué me va a interesar, no ¿por qué dices eso? … no, pero no era interés, era curiosidad … y el otro dí­a me tiraba los tejos a mí­, claro que ya ves el caso que le hice … no: cu.rio.si.dad … pues mira a ver si te enteras, pero no lo vayas pregonando, eh, y me lo cuentas … y mira a ver si se te ocurre algo para comprarle a la Marian y se lo dices al Jordi como si fuera una idea tuya, que yo no quiero saber nada, que se mueva él … harta me tiene … venga.

Acabó con los puerros y su salsa a base de mojar pan, pero poniendo cara de asco y como de hay que ver qué bajo he caí­do que tengo que comer aquí­ con los obreros, y en ese momento sonó su móvil.<br /> -…No, no, yo tengo hasta tarde, eh, no sé cuándo llegaré si llego, mira, y si no llego me quedaré en casa de Mariló porque ya sabes que mañana he de estar a primera hora en el Prat a recoger a los madrileños … pues si voy a casa imposible, no llego … que no, que no sé si podré, no he dicho que no, sino que no sé ¿ya has pensado qué regalarle? … pues ponte a pensar en eso y no hagas tantas cábalas, ya te dije que esta semana es de locura para mí­ … no, no, fí­jate, si estoy comiendo en las ramblas, abajo … no sé … no sé … no, no sé, no me hagas tantas preguntas, que no sé … el regalo de la Marian, en eso tienes que pensar, anda … ay, hijo, nen, venga, que tengo que acabar para irme, va.

Colgaba cuando acudí­a el camarero con dos grandes trozos de bacalao en un plato anegado de salsa de tomate espesa y humeante. Le quitó cuidadosamente la piel y la apartó a un lado, pinchó un trocito de bacalao, lo untó y se lo llevó a la boca. Estaba ardiendo. Lo regurgitó en su mano y lo volvió a poner en el plato hasta ver si se templaba. Volvió a darle trabajo al teléfono.

-¿Tú sabí­as que el Robert se habí­a ido con la Marité cuando estuvimos en Calella? … pues porque me extrañaba que se hubiera ido con una chica que tiene la fama que tiene … pues mala … pero tú lo sabí­as ¿o no? … ¿en casa de los padres de ella? ¿y cómo es que te lo contó, yo creí­ que no erais tan amigos? … aaah, ¿y el Lluis te dijo que habí­an pasado la noche juntos pues? … claro, porque el Lluis de siempre ha ido detrás de la Marité … pues una guarra, será el único que no se la ha tirado, acabará casándose con ella, ya verás … oye, que te dejo, que estoy comiendo.

Volvió a llamar.

-¿Robert? … sí­iii, hola, sí­, soy la Montse … ¿de veras? … ay, pues nunca me lo habí­an dicho … ¿bonita? … ja ja ja, no tengo la voz bonita, bobo, ja ja ja … No, pero yo te llamaba para pedir tu opinión porque tengo que hacer un regalo muy especial y no sé, y necesito ayuda, y como tú… pero claro, sí­ me fí­o de tu gusto … habí­a pensado en un detallito, una figura, un plato, no sé, algo … sí­, pues ayúdame … yo me dejo … sí­, me pongo en tus manos, jaja … a las seis y media bien, muy bien … sí­, ya sé dónde, nos vemos allí­ a las seis y media … sí­ … jajaja … no seas malo … jajaja … hasta luego, chao.

Volvió a pinchar el trozo de bacalao de antes, se lo volvió a llevar a la boca, esta vez ya pudo con su temperatura, y comió de muy buena gana el resto del plato, con abundante pan y otra copa de vino. Luego dudó entre un flan o un yogur, al fin pudo la sensatez y se comió el yogur, y un café solo, con dos sobres de azúcar. Se fue, dijo que aproveche, y me miró como si fuera una mierda.

miércoles, 20 de septiembre de 2006

Sexo telefónico

Estaba muy nervioso, pero al final me armé de valor. Sabí­a que tarde o temprano habí­a que hacerlo. Además, al fin y al cabo no deja de ser una cosa natural, el sexo es lo más natural de la vida. Sexo y naturaleza, cogiditos de la mano. Rubén es de confianza, y si me habí­a dado ese teléfono es que se trataba de alguien de fiar. Lo marqué. Sonó un par de veces y oí­ la voz de una mujer joven y agradable, parecí­a.
-¿Sí­?
-¿Natalia? – pregunté – soy Oz, me ha dado su teléfono Rubén, creo que le habrá dicho ya algo – Sí­ -titubeó un momento, como haciendo memoria – es verdad, me dijo que me llamarí­a.
Tras un embarazoso silencio que ninguno sabí­a cómo interrumpir, ella, al parecer más decidida que yo, dijo:
– Bueno, pues yo creo que lo mejor es que quedemos ¿no?
– Sí­, claro ¿cuándo le va bien?
– Tendrí­a que ser por la mañana, porque por la tarde ya viene mi marido con los niños del cole, y claro… con los niños delante no puede ser.
– Sí­, ya lo entiendo, serí­a embarazoso. ¿Quieres que yo vaya a tu casa? Podí­amos ir a algún lado si le parece mejor.
– No, no, prefiero en mi casa, es mejor así­.
– Pues nada, iré a su casa, aunque yo creí­a que esto lo podí­amos hacer en cualquier sitio, pero ya veo que en la casa de uno se está más recogido, menos distracciones, sí­…
– Eso es, en casa nos tomamos un café y estamos tranquilos y así­ no violentamos a nadie que nos pudiera ver por ahí­, algún conocido, porque estaremos un ratito, claro.
-S í­, eso es verdad. Yo es que es la primera vez que lo hago, ya veo que usted no, mejor así­, si ya tienes una experiencia.
– Jeje -dijo algo nerviosa – Y no te llueve.
– Bueno, Rubén le dirí­a que esto es gratis, vamos, sé que no es lo normal, pero yo no cobro nada por una cosa así­, no me parece bien. Si usted tiene una necesidad y yo la puedo satisfacer pues ya está, tampoco me cuesta.
– Yo se lo agradezco mucho. Y que le conste que tengo el certificado. Ningún problema de salud, y el momento y la edad son los oportunos… aunque eso no nos da garantí­as de fecundación.
– No, no las da, igual hay que repetirlo.
– Bien
– Bien
Ya estábamos los dos más distendidos.
– Se llama Morgan.
– Y la mí­a Linda, seguro que hacen buena pareja. Eso sí­, yo, de los cachorritos, me pido un macho, no quiero volver a tener perritos medio spaniel medio chucho callejero otra vez…

lunes, 29 de mayo de 2006

Bruto


-Yo soy un profesional. Sí­, ya sé que se la trae floja, pero a mí­ no, para mí­ tiene su importancia. Usted, desde el lado legal de la justicia, se piensa que no soy más que un matón del tres al cuarto que no le importan más que el dinero que le pongan en la mano. Pero no, eso quiero que quede bien claro.
-Queda claro, no tengo más que verte la coronilla de santo para saber que me encuentro ante una hermanita de la caridad.
-Usted no tiene pruebas de nada, y si las tuviera no estarí­amos aquí­ tomando un café, sino que me tendrí­a en comisarí­a. Aún no sé qué quiere de mí­.
-Si quisiera, podrí­a hacerte la vida muy difí­cil, y tú lo sabes, de momento sólo quiero saber cómo trabajas, nada más.
-Ya, un apasionado de las biografí­as es usted.
-Fí­jate, y qué bien hablas…
-Tengo el graduado escolar, una cosa es que sea un bruto y otra que sea un tonto o un analfabeto.
-Lo de ser un bruto me interesa, sigue por ahí­ ¿con quién trabajas? porque tú trabajas para alguien.
-Trabajo para un par de agencias, no detectives, no, no de esos que se dedican a las infidelidades conyugales y a ver si el empleado que tienes de baja está realmente enfermo. Son gente seria, agencias de información comercial, llevan aseguradoras y se ocupan de temas de espionaje comercial, investigan a gente de confianza para puestos clave, esas cosas, todo muy serio. Pero… siempre hay algún cliente de posibles que necesita algún trabajo aparte.
-…aparte.
-Entonces me lo pasan a mí­, se limitan a dar mi número de móvil, ni siquiera se llevan una comisión, lo hacen sólo para tener un cliente contento, y supongo que para fidelizarlo. Yo hablo con el cliente y si el trabajo me cuadra lo cojo y si no, me olvido en cuanto cuelgo. Normalmente sólo se trata de asustar a alguien, o darle un escarmiento. Esta gente, los ricos, tienen hijos que por lo general son unos niños bonitos acostumbrados a hacer su santa voluntad, y claro, caen en manos de malas compañí­as, desde sectas hasta drogas, desde la niña bien que se echa un novio negro hasta el niño que tiene amores con un bailaor. O amantes indiscretas o competidores que juegan sucio, pero yo apenas necesito algo más que un nombre.
-Y tú les convences para que lo dejen.
-Yo les convenzo para que emigren a Madagascar, para que se pinten de blanco y para que se hagan cartujos si hace falta. Soy muy convincente. En lo mí­o, el mejor.
-¿Y si no quieren, les haces una oferta que no podrán rechazar?
-Dejémonos de hostias, si no me hacen caso acaban en el hospital con todos los huesos rotos y, créame, ninguno ha reincidido. Espero que no se desilusione al saber que el amor no puede superar las fracturas múltiples, y que hasta el interés económico se olvida en aras de una mejor salud.
-Y por supuesto, nunca te has pasado de rosca con nadie.
-No señor, ya le dije que soy un profesional, yo no mato a nadie. Además para qué, no es necesario, ya ve usted lo clarito que soy hablando y lo fácil que es entenderme, todos comprenden el mensaje a la primera y dejan lo que sea que tengan que dejar, un amante, una indiscreción, un chantaje… ni lo sé ni me importa. Todos ponen punto final y hacen la maleta. Aunque sigo sin saber el porqué de su interés por mí­, que yo sepa nunca se ha parado nadie a ponerme una denuncia, y dudo que tenga tan poco trabajo como para dedicarme su tiempo libre.
-¿Y nunca has tenido siquiera un fallo?
-Bueno, perfecto tampoco soy, una vez creo que dejé un poco cojo a uno. Y en otra ocasión a un cliente mí­o le tuvieron que extirpar un huevo, pero aún le quedó otro sano para seguir con su oficio… en algún paí­s lejano.
-Pues la próxima vez no es necesario que seas tan cuidadoso. Antes has dicho no sé qué de que yo estoy en el lado legal de la justicia, eso te ha quedado muy bonito. Verás, yo tengo una hija en la universidad y, mira por dónde, descubro que su novio está fichado por camello, y cómo puedo yo intervenir sin perder el amor de mi hija…
Tomás Galindo ®

miércoles, 22 de marzo de 2006

El timo del empleo.

Dí­a 1
…pues yo voy a ir a un anuncio que he visto en el periódico y he llamado y me han dicho que sí­, que vaya, que igual me cogen, hacen una entrevista y ahí­ pues ya te eligen o no, y chica, no piden estudios ni experiencia, que ya es algo, porque en todas partes te ponen la dichosa experiencia o los estudios que es una lata. Además es una cosa de venta, que yo para eso valgo, que ya sabes, chica, una public releisions que soy, para vender seguros, que mira, ya sabemos lo que es eso, pero digo yo que alguien tiene que venderlos, y que se ganará su dinerito ¿no? ¿por qué no puedo ser yo? Y es una firma seria, eh, vamos, conocida. Esta tarde voy, ya te contaré.

Dí­a 2
…¡y me han cogido, que sí­ que sí­ que sí­, tí­a! ¡Que me han cogido! Pues nada, me atendió una tí­a muy así­ muy en plan yupi, con traje sastre y muy profesional, y nada, me hizo unas preguntas, que las tení­a allí­, el currí­culum, vamos, y luego nada, no era un examen, vamos, era más bien que qué querí­a yo, que por qué habí­a llamado al anuncio, que si me veí­a vendiendo seguros, que si me daba cuenta de que era una actividad muy exigente, sí­, tí­a, actividad exigente dijo, y nada, yo que sí­, que voy muy decidida, que valgo para las ventas y tal y tal. Así­ que nada, me estuvo explicando que lo primero de todo nos dan un curso antes de salir a vender. Sí­, chica, todo muy americano, que el curso no lo pagan, pero que cuenta como prácticas para la cosa del paro, y que luego ya se va a comisión, que claro, a todo el mundo no pueden coger, son tres meses en prueba, sin horario fijo y a comisión; y luego ya cogen fijos… Sí­, esto ya lo poní­a en el anuncio, sí­, claro, ya me explicó que es que no pueden hacerle contrato a cualquiera y que luego no venda nada, que esto no es como estar en una tienda, que tiene que mover uno. No, no, eso ya me lo explicarán en el curso. Pues nada, chica, yo si veo que no en el curso pues lo dejo, total qué pierdo por hacerlo, algo aprenderé ¿no?

Dí­aS 3 y 4
…cantidad, tí­a, cantidad de papeles, chica, y libros que me tengo que leer, todos de márquetin y cosas así­, y cómo presentarse y tal y cómo hablarle a la gente según sean hombres o mujeres o su edad, ufs, cantidad, cantidad. Pues nada, nos ha dado como una conferencia un directivo, con la tí­a que me hizo la entrevista, que a otros se las hizo él, que me lo dijo uno que me ha tocado de compañero, muy majo, que trabajaba en venta telefónica antes. Y nada, el tí­o que nos ha explicado los seguros que vamos a vender, que la verdad es que están muy bien, chica, pero muy muy bien, ya verás, seguro que vendo, seguro. Y luego nos ha dicho lo de la comisión, que es lo que cobramos nosotros los primeros tres meses, la comisión, y que luego ya te cogen fijo y cobras el sueldo y además una comisión distinta y vendes otros seguros también, ya en oficina y tal. Yo lo he visto bien, eh, tanto vendes tanto cobras, lo malo es que al principio no vas a vender mucho, claro, pero tiene la ventaja de que vas a tu aire, te dan un sector de la ciudad y te explican cómo ir a las tiendas, a los comercios, a los profesionales, consultas de médicos y cosas así­. No, bueno, nos han explicado que tienen gente que hizo esto y que luego siguió así­ a comisión porque lo alternan con otras cosas y así­ complementan, y otros que se quedaron fijos, ella, la tí­a, nos ha explicado que ella entró así­, y ahora es coordinadora y tiene su despacho y todo, donde me recibió, y vende y además lleva a los nuevos, con el otro, con el tí­o. No, el tí­o era más mayor, muy arreglado, yo creo que se tiñe y todo, ufs.

Dí­a 5
…cansadita cansadita, de verdad, ufs, tengo los pies molidos de tanto andar p’aquí­ p’allá. No, sola no, iba con un compañero, que nos han puesto por parejas al principio, pero que vamos, podemos ir a nuestra bola, pero nada, no hemos hecho nada, más que dar vueltas. Pues la tí­a cuando hemos llegado de vací­o, que no hemos sido los únicos por lo visto, nos ha dicho que no nos preocupemos, que ya venderemos, que lo que tenemos que hacer es ir a alguna gente que conozcamos que les pueda interesar, a algún negocio o comercio de donde vivimos, que allí­ nos conocen, y que ahí­ probemos, y que cuando hemos vendido uno, igual por ahí­ salen las sinergias. Las sinergias, tí­a, que es cuando vendes un seguro a uno, y le preguntas si le puede interesar a su hermano o a algún socio o así­. No, de verdad, que los seguros que llevo están muy bien, y lo tengo todo muy bien explicado y con unos folletos muy chulos, de verdad. Lo que nos ha dejado caer es que, como nosotros tenemos una comisión, lo que podemos hacer es ceder al cliente una parte de esa comisión, y así­, como le hacemos una rebaja, es más fácil que pique. Pues igual hago eso. El veinte, me llevo el veinte… ¡pues claro que está muy bien, a que sí­! Pues igual lo hago, que si voy y rebajo un diez, aunque yo gane la mitad, pues mira, para empezar… y además así­ voy haciendo ventas, chica, para que me cojan fija.

Dí­a 6
…y adivina a quién más… no ¡a mi abuela! Sí­, sí­, a mi abuela, chica, pero un seguro muy bueno, eh, y rebajándole toda mi comisión. Claro, la pobre mujer qué me va a decir, pues me ha firmado encantada, que a ver si me sale bien y me coloco, que es un sitio muy bueno, y que además da gusto verme bien vestida. Sí­, claro, pues con la falda negra la de media pierna y una blusa que no me conoces, que me va muy bien, y la chaqueta. Sí­, tí­a, como la tí­a esa voy, bueno, igual igual no, pero casi. Pues mis padres encantados, bueno, mi madre no dice nada, pero mi padre encantado de verme ahí­ con el portafolios y vestida así­. ¡Y me ha dicho que él también me va a comprar un seguro, para la tienda! Ya verás, aunque sea con los parientes y los amigos, algo iré vendiendo, el caso es empezar, y que conste que hago ventas, a ellos qué más les da si son parientes o qué…

Dí­a X
…no sé, chica, ahora vengo de echar en el Corte Inglés para las ventas de navidad, ahí­ igual me llaman, y si entras, pues bueno, ya tienes una patita dentro. Yo tení­a esperanzas de que me cogieran en Zara, pero chica, yo creo que me dijeron que no porque no iba a caber en el uniforme, para mí­ que sólo tienen uniformes para anoréxicas. Nada, lo de los seguros como el rosario de la aurora, un timo, tí­a, no habí­a manera de vender un seguro a nadie nadie nadie, yo vendí­ los de los parientes, y el chico que iba conmigo lo mismo, sólo vendimos a los parientes, que nos los cogieron por hacernos el favor, claro. Yo no sé, pero el chico este me dijo que habí­a hablado con otros que estuvieron en nuestro curso y lo mismo, que sólo habí­an vendido seguros a los parientes, y sin comisión ni nada, todos igual. Para mí­ que eso lo tienen montado para coger a unos incautos, ilusionarlos y que vendan seguros a toda la parentela, y luego nosotros solitos nos vamos ¡claro, como no podemos vender nada más, ni nos cogen ni podemos vivir de las comisiones! Pues ya ves. Sí­, menos mal que no te vendí­ ninguno… Total, que en realidad el vendedor es el que te da el curso, y yo la clienta, que compraba seguros por cuenta de mi familia. Ya ves, chica, sí­, claro, se aprovechan de los parados, claro… oye, que mañana te llamo que me voy a lo del buzoneo. Ay, qué hartita estoy de andar por ahí­ con un saco de papelitos para buzonear, coño.

sábado, 1 de octubre de 2005

Un viejo reloj de plata

Caí­a a plomo ese sol de verano que deja las calles vací­as a la hora de la siesta; el alcalde conduciendo su todoterreno por la gravilla que rodeaba la casa, se detuvo, bajó, y cuando ya se disponí­a a abrir la puerta se quedó parado con la mano en el pomo viendo cómo llegaba tras él el coche de la Guardia Civil.
-Buenas tardes, señor alcalde -saludó el guardia Gutiérrez con un dedo en la visera- Venimos en visita oficial.
-Buenas tardes Gutierrez, qué sucede, Marta -dijo dando un beso en la mejilla a la cabo que comandaba aquella pareja de civiles- Entrad, que nos vamos a quedar aquí­ como pajaritos con este sol. Preparo un café y me contáis qué ha pasado.
-¿Recuerdas a un indigente que llevaba en el pueblo unos meses, que pedí­a en la puerta de la iglesia y que no sabí­amos nadie cómo habí­a venido a parar aquí­?
-Sí­, claro, le daban vales de comida en lo de transeuntes, que se sepa no tení­a filiación, y aunque le dijeron varias veces que se fuera a una ciudad más grande, que aquí­ no iba a poder vivir del limosneo, por aquí­ seguí­a.
-Pues se ha encontrado su cadáver en una caseta de aperos abandonada que hay donde la explotación ganadera.
-Vaya por dios ¿y qué tiene que hacer el municipio en un caso así­?
-Nada, sólo darle tierra. Dice el médico que ha muerto de muerte natural, medio de viejo medio de miseria, no es preciso hacerle autopsia ni nada.
-Bueno, daré orden a la secretaria, que se ocupe.
-Pero no es por eso por lo que hemos venido a verte -le miró fijamente la cabo, al tiempo que le tendí­a un sobre de papel de estraza en el que abultaba algo en su interior- sino por esto.
El alcalde volcó sobre su mano el contenido del sobre, que resultó ser un panzudo reloj de bolsillo, de plata vieja. Le quedaba un trozo de cadena de cuatro o cinco eslabones, también de plata, al final de los cuales habí­a un imperdible de tamaño mediano.
-Llevaba el reloj colgado de los ropajes por dentro, no tení­a otras pertenencias. Ábrelo y mira dentro.
-Lleva mi nombre.
-Y tu apellido, fí­jate bien, se ven las primeras letras, aunque el resto esté más desgastado. ¿Tú sabes algo de esto? ¿Se trata de un robo?
El alcalde sopesó el reloj, lo miró fijamente, como haciendo memoria y luego desvió la mirada a un viejo retrato del abuelo que reposaba sobre una mesita llena de pequeñas fotos con artí­sticos marcos de plata.
-No, me parece que ya sé quién es el mendigo y qué reloj es este. Luego me pasaré a ver si lo puedo identificar, aunque se trata de alguien a quien no he visto en la vida, quizá le saque un parecido familiar.
-¿El fallecido es de tu familia?
-Sí­, creo que sí­, y este reloj tiene una vieja historia que contar.
-Pues me la cuentas. Y usté, Gutiérrez, dé aviso de que estaré aquí­ y váyase a dormir la siesta y me viene a buscar a las siete, que es viernes y esta noche tendremos faena.
-A la orden mi cabo. Muy rico el café. Que ustedes lo pasen bien.

martes, 12 de julio de 2005

La prueba


Nunca le habí­a dado tan fuerte. Estaba casi, casi seguro, de que esta vez era la buena, la definitiva. Nunca antes habí­a sentido algo así­ por una mujer, tan profundo, tan placentero; nunca se habí­a visto estableciendo un lazo de comunicación como el que tení­a con Azucena. Eran almas gemelas.
Habí­a llegado la hora de la prueba.
Conoció a Azucena, dónde si no, en la biblioteca del pueblo. En realidad la tení­a vista, una mujer que no llamaba precisamente la atención, discreta, vistiendo vaqueros y blusas, vestiditos floreados que le daban un cierto aire antiguo, parecidos a aquellas enaguas que llevaban nuestras abuelas. Con sus gafas de concha y su pelo recogido era la imagen misma, estereotipada, de su propio oficio: maestra. Azucena, bien que mal, desasnaba a chicos y chicas en la escuela local, antes de que fueran al instituto. Y él, luego, en el instituto, procuraba encauzarlos hacia la formación profesional, para que salieran buenos fontaneros, cocineras o modistas y no engrosaran las filas de intelectuales con í­nfulas y en el paro.
Habí­a ido a buscar un libro de T.S. Eliot y, oh sorpresa, estaba cedido ¡desde cuándo habí­a alguien interesado por la poesí­a en aquella aldea! Al principio le habí­a fastidiado bastante, a Silvio le fascinaba la poesí­a y, sabedor de que carecí­a del don poético, escribí­a extensas y farragosas crí­ticas poéticas que mandaba a sesudas revistas de cí­rculos intelectuales y universidades, donde, a veces, se los publicaban, llenándole de merecido orgullo.
Le habí­a fastidiado. Ahora estaba empeñado en un estudio sobre el funcionariado y la burocracia en la poesí­a y, claro, pensaba empezar por Eliot y Baudelaire. Se puso a mirar otros libros de poesí­a que habí­a en el olvidado estante del rincón. Los habí­a leí­do todos, todos los que no tení­a en casa, claro. En casa tení­a muchos más que la biblioteca pública. Les fue echando un vistazo y comprobó, sorprendido, que sólo habí­a dos usarios que los leyeran: él mismo, y el socio número 50.

miércoles, 1 de junio de 2005

El zorro

Era mediodí­a y el sol pegaba fuerte por encima de los pinos. No debí­a estar caminado por el campo a esas horas y con ese calor. Me puse un pañuelo con cuatro nudos en la cabeza, como un paleta en un andamio y seguí­ por el camino polvoriento. Zumbaban todo tipo de amenazantes insectos a mi alrededor y habí­a en el ambiente un sonido de vida y de naturaleza, un sonido cómodo, que dejaba oí­r cualquier matiz, cualquier nuevo instrumento, cualquier eco.
Unos metros más adelante vi el rí­o, desde esta orilla no podí­a vadearlo, deberí­a ir más arriba o más abajo, pero la vista era bonita: el rí­o tras unos arbustos, donde me habí­a metido yo, con un agua verde y lenta, y al otro lado, una pequeña playa pedregosa, los altos álamos y una gentil zorrilla acercándose pizpireta al agua.
Coño… sí­, es un zorro. Caray, nunca habí­a visto un zorro así­, en el campo, al natural, sin una reja delante y un cartel. Con los arbustos no me ve, ni me huele, porque el viento viene de allí­. Seguramente irá a beber, con este calor… pero es raro, mira y mira y olisquea hacia los lados, se queda extrañamente quieto ¿tendrá una presa cerca? No puede ser, salvo que la presa sea un pez o una rana, está muy cerca del agua. Ahora se da la vuelta, mira en la gravilla, por entre los árboles, y coge algo del suelo con la boca… es una ramita. Qué raro, un zorro que coge una ramita del suelo con los dientes. Una ramita, como de un palmo de larga o poco más, con un par de hojitas secas en la punta ¿para qué la querrá? Decididamente esa raposa hace cosas raras. Me la quedo mirando, o me lo quedo mirando, según sea zorro o raposa, mientras sigue inspeccionando los alrededores, inquieto, desconfiado, con la rama en la boca. Se queda mirando hacia los árboles y retrocede por la playa de arenisca hasta llegar al borde del agua de espaldas, mojándose las patas traseras. ¿Algo le amenaza que le obliga a meterse en el agua de culo? ¿Y la ramita qué pinta? Es muy extraño todo esto: el zorrito va entrando poco a poco, muy lentamente en el lento fluir del rí­o, metiendo las patas traseras y la punta del rabo. Sí­, compruebo, que paso a paso y muy lentamente, se va metiendo en el agua de espaldas, sin dejar de mirar nervioso hacia los lados, y sosteniendo la ramita en la boca. Ya tiene las patas delanteras también en el agua, y las traseras casi enteramente mojadas, junto con el rabo. Si hay algo que le amenace entre los árboles, yo no lo veo, y el zorro sigue su marcha atrás, su lenta marcha atrás hacia el rí­o, ya le llega el agua al vientre y tiene las patas enteramente dentro del agua. Se estará refrescando, digo yo. Pero si fuera eso no estarí­a entrando de espaldas ¿tanto miedo tiene de algún potencial enemigo que le coja desprevenido? ¿Y por qué sostiene la ramita con los dientes? A lo tonto a lo tonto, ya lleva un ratito, ya, no parece tener prisa, va poquito a poco entrando, pasito a paso, dentro del agua, ya le llega por medio cuerpo, por el cuello incluso. El agua baja mansamente y no lo arrastra, el zorro sigue moviéndose con lentitud, ya medio nadando, se nota que dobla las patas para meterse más en el agua, evitando flotar, ya sólo tiene fuera del agua el cuello y la cabeza, y aun esto lo va mentiendo poco a poco dentro del rí­o. un minuto más tarde sólo le asoman del agua el hocico y los ojos. Y la puñetera ramica que no la suelta. Aguanta así­ un rato, por el movimiento que adivino, más que veo, de su cuerpo y sus patas, hace esfuerzos por mantenerse en el sitio y no nadar ni flotar, y ahora… ¡hop! ¡increible! ¡ha metido la cabeza enteramente dentro del agua ¡sólo se ve la ramita!
Y de repente, zas, sale corriendo como alma que lleva el diablo, perdiéndose entre los árboles, sin parar ni a sacudirse el pelaje, y sólo quedan de su presencia las ondas en el agua y la ramita flotando lentamente, mansamente, por el rí­o abajo.
Me doy cuenta de que me he meado en los zapatos, con esto de no quitarle ojo al condenado animal.
Algo me dice que me voy a volver mico tratando de desentrañar el sentido de toda esta historia zorruna, si es que lo tiene.

viernes, 18 de marzo de 2005

Una velada maravillosa



Estaba muy nervioso. Llevaba mucho tiempo soñando con esto, y por fin, lo habí­a logrado. Me habí­a costado í­mprobos esfuerzos, pero al fin me habí­an admitido en el club, y lo mejor de todo es que esa noche iba a poder asistir con todo el grupo a un recital poético. Uno de veras, no por la tele, no, sino en vivo y en directo. Qué nervios. Esta noche se iban a medir dos de los grandes en la arena del Lyceo Vallecano, el Ripio Vallecano, contra el Real Poema, el actual campeón. Sabí­amos que iba a estar muy difí­cil, pero jugábamos con el factor campo, y los aficionados í­bamos dispuesto a darlo todo. Me puse mi terno negro con camisa blanca, me eché al cuello la bufanda con los colores del club, y nada más salir a la calle me encontré con algunos compañeros que se dirigí­an al Lyceo, y que ya vení­an calentitos de la taberna, entonando a pleno pulmón el himno «Con un verso y una perla y una pluma y una flor», que yo, emocionado, secundé con brí­o.
Tení­amos asiento al fondo del gallinero, pero ahí­ es donde mejor se viven estas lides. La gente discutí­a gesticulante sobre quién debí­a salir primero, y sobre si habí­a que atacar duro desde el principio, o ir a verlas venir, y según recitaran los del real, contraatacarles. Se comentaban también los resultados de los recitales anticipados de la ví­spera, con la contundente victoria del Verso Club Barcelona sobre el colista, el Monorrimo Logroñés; y la sorpresa de la derrota en casa del Athletic Versolari de Bilbao contra el Cádiz Murga Club.
-¡Tení­amos que haber fichado a Ripiete, cuando nos lo ofreció el Milonga del Plata! -decí­an los entendidos.
-¡Pero si es un paquete, si no hila un pareado!
-Porque lo suyo es el verso blanco, que no lo entendéis….
-¡Verso blanco, verso blanco… eso en Europa no cuaja, eso va bien para el juego americano, que es así­, florido y vistoso, pero en Europa se juega más disciplinado.
-¡Ahí­, ahí­! muy bien dicho – afirmó mi compañero de asiento, Enrique, que es un poco bruto, pero muy sincero y cabal – Aquí­ esas florituras no cuajan, aquí­ hay que salir a la palestra dominando la lira y el soneto.
-¡Huy el soneto! – terció otro que no conocí­a pero que llevaba el arpa de oro en el ojal – ¡Si ya no quedan sonetistas! Ya ve usted, ahora hacen los sonetos rimando los dos cuartetos con distinta rima ¡dónde se ha visto eso!
-Sí­ señor, muy bien dicho.
Y entre estas y otras expresiones, nos dimos cuenta de que ya estaba la mesa llena, con los rapsodas a ambos lados, los árbitros en medio, atentos a cualquier infracción, y la moneda en el aire. Sacaron ellos.
En fin, no podrí­a contar detalladamente cómo fue el partido, pero desde luego que es distinto que en la tele, aunque aquí­ no repiten los mejores versos, ni las faltas. Pero, ah… el ambiente, el ambiente hace mucho, se respira la poesí­a como no se consigue en casa repantingados con la birra y las patatas. ¡Y los pateos cuando recita el contrario! Oh, es algo épico, un sonido que te pierdes si no estás ahí­ viviéndolo. Se me han quedado algunas estampas en la memoria, eso sí­, claro. Bueno, ahí­ es nada… haber visto a Lorquí­n II metiendo una metáfora sobre el corazón en un poema con los versos finales rimados en esdrújula. ¡Lástima que no jugase con nosotros porque es un artistazo! La gente, bueno, su hinchada, que estaban al otro lado del foro, le gritaba ¡futbolista, futbolista! Qué cosas discurren…
Los nuestros estuvieron bien, el maestro Machadillo aguantó a pie firme, qué presencia de ánimo, y qué bien supo parar unas liras de Campoamores y contrarrestar con un romance épico. Y Paco Quevedón hizo una de las suyas, empezó con lo que parecí­an unos tréboles encadenados y allá que se fue, hasta que lo tuvieron que parar en falta, con unas vozarradas tremendas del Loco Panero, gritando ¡lobotomí­zame! qué bruto, que se lo tuvieron que llevar en camilla, con una angustia vital tremenda. Si es que no sé cómo dejan jugar a ese salvaje. Y que el árbitro hizo la vista gorda, claro, como es del real… La verdad es que estuvo bien y reñido. Al final se impuso la lógica y los millones, claro. Y es que un equipo que se permite el lujo de tener en el banquillo cuatro premios Adonais… pues claro, a los humildes los arrasan, por algo les llaman «los parnásicos». Entre Neru y los extranjeros, Eliot, Quasimodo… ufs… nos bailaron. Que si una égloga, mí­a, tuya, zas, y el pobre de Zorrillita a verlas venir. Y al final el propio Juan Ramón nos metió un soneto ¡con estrámbote! En fin, menos mal que tenemos más moral que el Gongorino. Al final, pitos, palmas, la gente que gritaba «Villenistas, que sois unos Villenistas», «Anda que ni con Benedetti en la banda atináis» y otros insultos por el estilo. Y a la salida, nos largamos todos juntos a «El kiosko de malaquita» a ver si llegábamos a ver el tercer tiempo con las repeticiones.
Es lo que tiene la tele, que no te pierdes el detalle. Yo en la cancha no me enteré de la mitad. Sólo oí­ claramente a Sabi diciendo «…la juventud sólo puede lleganos por contagio», que luego salió en las mejores jugadas. Es lo que más me gusta del programa, tengo toda la temporada grabada. Tengo a Galetti, del Córdoba, en una que dice «Dónde pudo perderse tanto ruido, /tanto amor, tanto encanto, tanta risa / tanta campana como se ha perdido» Esa es buena, eh. Esa se la metió al Real Betis Epistólicomoral y le dio el triunfo. Y unos «Pasos sobre el papel» de Jaimito Siles muy buenos… «Hoy todas las palabras me vinieron a ver», qué bueno es, qué estilazo tiene. Disfruté mucho con una de un chico de segunda división pero capaz de grandes cosas, Tejadilla: «…pasar lista al amor, y, pues no vino / echar el corazón fuera, a buscarlo». Tengo un paradón tremendo de Javi Salvago, hostia, qué manera de cortar: -«Es el amor que pasa. – Pues que llame a otra puerta». Y un regate de Isabelo Escudero muy bonito: «Será verdad el amor /cuando ves pasar la gente / de dos en dos». Qué elegancia. Pero de entre todas, la que más me gusta, aquello con lo que me quedo, es con el juego alegre, siempre oportuno, siempre ahí­, preciso, asistiéndote, de Guillenete: «Amigos. Nadie más. El resto es selva». ¿Y tú de cuál eres?