Hay un hombre en mí que desconozco: ese que ven los ojos de los otros. Esa persona, habitual y ajena, me sorprende a veces reflejada en el espejo de un escaparate y lo miro como a un desconocido vagamente familiar que me cruzara por la calle y me sonara de algo y me obligase a hacer memoria. Está mayor, apenas lo conozco, yo que me sé tan joven e inseguro no comprendo su aplomo y parsimonia, el hablar lento y grave que la gente confunde con mesura y raciocinio y que yo sé, desvelaré el secreto, que no es más que el esfuerzo de un pensamiento que gotea apenas. No obstante tiene suerte, reconozco que yo no conseguí lo que disfruta. Sin duda bendecido por los dioses alcanzó muchas metas impensadas por simple vocación de tentetieso, ni más mérito que dejarse guiar por quien le quiso. Albricias. Tiene los movimientos de mi padre, por eso algunas veces lo confundo, con aquel que me llevaba de la mano y me compraba pipas y tebeos. Por eso le perdono algunas cosas que en otros miraría displicente, pero ahora sé que ser condescendiente conmigo mismo me hace dormir mejor y a estas edades es gran filosofía ceder por un buen sueño los principios. Reconozco que a veces no se viste todo lo conjuntado que debiera, que va sin calcetines, despeinado, con una cierta pinta de ir sin gafas palpándose el bolsillo por si hubiera olvidado las llaves o el dinero. A veces lo descubro en una foto sonriendo en medio de los suyos y yo, siempre en penumbra y zozobrante, capitán de un barco que naufraga, me ilumino y me agarro al salvavidas de verme en una foto donde algunos me han hecho sonreír y sosegado suspiro con alivio y me concilio. No comprendo muy bien a ese sujeto, sus maneras a veces me incomodan, a veces hace cosas sin pensarlas, su sombra no le sigue y me doy cuenta de que su mano izquierda es mi derecha. Algo brilla en sus ojos y no sé si será una bombilla desde enfrente o se siente observado y es travieso y me devuelve el estupor de verle, lo mismo que en el zoo cuando miras a los gorilas y ves que ellos te miran y ya no sabes bien quién mira a quién, los dos miramos al otro en su reflejo un poco disgustados, pero un poco, como diciéndonos al cabo: no es mal tipo.
Creo en la abeja señora de los cielos que creó los dorados y los amarillos, creo en la abeja que alimentó las flores, hizo al mundo redondo y dio la vuelta, para pintarlo de hexágonos perfectos porque ella es una sola, un pensamiento, una tarea de millones de alas. Creo en la hormiga, que levantó el monte, que convirtió los campos en esponjas, que trasladó las tierras a otras tierras y puso pies al árbol y la roca. Creo en el hormiguero que no muere, vuela si hay que volar y cruza el río. Donde está el hormiguero hay un tesoro de monedas que acuñan los trigales. Creo en el jabalí que nació libre, en su furia que todo lo renueva con la ciega y voraz filosofía del provecho sobre todas las cosas. Creo en el jabalí que nos concentra, guía y espejo del sobreviviente, conseguidor tenaz de lo imposible que cae con el fruto de su empuje. Creo en los ciervos y sus majestades, que el bosque llevan en sus altas frentes, y abren caminos en la nieve dura; ciervos de patas sorprendentemente ágiles y a la misma vez tan fuertes, siempre mirando arriba, a las alturas, siempre saliendo por el horizonte. Creo en nuestra santa madre águila, nuestro padre buitre, nuestros hermanos cuervo, lechuza, tordo y golondrina que sostienen el aire con sus alas y que no caiga al suelo hecho ceniza, los que ordeñan el agua de las nubes, traen las estaciones e inventaron la línea recta, esa maravilla. Creo en el lobo, el guardián supremo, es responsable de ordenarlo todo con la oscura herramienta de sus fauces en la tarea ingrata de la muerte. Creo en el lobo que me enseña tanto, le debo la conciencia de ser breve. Pero creo en el hombre, en quien no creo por la sola razón de conocerme, pero creo en el hombre, porque creo que aún no cerró la puerta totalmente. El lobo, las hormigas, las abejas, el ciervo, el jabalí, todas las aves están mirándonos y nos esperan.
Cada vez que entro en una iglesia busco a Jesús látigo en mano echando a golpes a los mercaderes. Nunca he visto tal imagen. No sé si se avergüenzan de un cristo encendida la sangre en ira, esa sangre de tanta bendición, tan bondadosa, o de un cristo estricto que separa las ideas de moneda y sacerdocio. Siempre allí colgado en su madero, siempre enseñando el corazón con sus espinas, multiplicando panes, multiplicando peces, acercándose a niños, lavando fatigados pies. Pero no a latigazos, no. No le vemos sanando al criado del centurión, no le vemos, no vemos al centurión llorando su criado enfermo, -llorando, criado, de rodillas implora…- no vemos a ese Jesús que solo ve amor y por lo tanto sana, sana y bendice ese amor. No lo vemos en las iglesias. Nunca lo citan como ejemplo. Sangre bondadosa de Jesús que nos redime desde los santos escritos bendecidos por el ojo eclesiástico que nos pastorea para que no nos desmandemos y perdamos el redil. Pasemos de puntillas por sus actos, por alguno de ellos que podrían ser malinterpretados pues tanta es nuestra ignorancia de las cosas de Dios. María Magdalena nunca tocó su pene, esa es una verdad ex cátedra, dogma de infalibilidad, como que la Tierra es el centro del universo y toda la creación gira a nuestro alrededor.
Cuando el mundo era pequeño antes de que creciera y llenara todas las cosas, cuando el hombre no conocía la línea recta porque todo eran valles con su río en medio y los árboles entraban en todos los caminos, el tiempo era de otra manera, había mucho, mucho tiempo por delante. La gente tenía vidas largas, mucho más que ahora, tanto que los viejos empezaban antes a ser viejos y sabios irguiéndose orgullosos sobre sus arrugas. Las niñas explotaban de pronto y de repente les salían los pechos y eran sabias y tenaces, fabricaban hombres recios y tendían ropas blancas al viento. Jugaban con caballos de palo los muchachos y al momento cabalgaban caballos refulgentes, olorosos a vida y sus abonos y surcaban las tierras y les daban de comer estrellas de grano que subían, subían hasta la cintura. Cuando el mundo era pequeño era fácil hablar de puerta en puerta, ellas solas se abrían a tu paso y te invitaban, entra, decían, entra que está fresco el vino, el pan caliente, y la conversación acogedora, entra y avecínate ante el fuego, trae tu canción y escuchémonos a medias. Inventar la familia fue tan fácil como dormir la siesta y enredarse. Los cabellos se enredan, y los dedos y no sólo, se comparte el calor y sabe bueno. Esa cara yo ya la conocía, te dices y se dice y se decían, así descubres que al final de tu mano hay otra mano, que tu cuerpo se acaba en otro cuerpo… pero no, no acaba, te das cuenta de que descubres lo que habías descubierto porque otro día, otra hora, otra mirada es otro empezar y no se acaba y quieres tanto que no se acabe y estar juntos, que no tienes más remedio que inventar hijos como excusa para seguir siguiendo cuando ya no seas. A esto le pones nombre, familia, amor, pueblo, que significa nosotros mañana y luego duermes ya con un sueño tranquilo y placentero. Tan pequeño era el mundo que en un paso te saltaba un lagarto, tres hormigas, la chicharra, una araña te ponía calcetines (varias pulgas se quedaban allí a vivir) te llenabas de semillas los zapatos y tenías que quitártelos y sembrarlas a cada paso, así estaban las praderas que no se sabía qué eran de tan distintas e impredecibles, aquí un trigo, allá un cardo y una avena y esa ramita frágil, delicada, era un roble (pero aún no lo sabíamos) sorbiendo el biberón de los rocíos. Había que pensar mucho los pasos, nunca sabías qué podía salir de tu paseo, un día descubrías otro mundo, había gente a la que no entendías con la lengua por mucho que los lamieras y tenías que hablar con la mirada, el dedo señalando las cosas: nube, casa, cubo; el dedo señalando: tú, yo, de allí, hacia allá, lejos. Todo en el mundo era descubrimiento y el no entender lo que te rodeaba era deliciosamente fresco, se te abrían los ojos y los poros, el aire olía a lo desconocido y era grato. Un día el mar. El mar no sé decirlo. Quién lo sabe. Te pones en su orilla y las palabras se quedan en lo hondo y nunca salen, uno mira y te mece hasta que duermes. Cuando despiertas y ves que sus orillas no se acaban, que es eterno, solo puedes mirarlo y despedirte con el mismo dolor que sentirías dejando a una mujer sola en el lecho que no quiere ser tuya ni de nadie, a quien deseas como no querrías querer, agriamente y con rabia. Porque el mundo era nuevo pero el mar ya era antes, antes del mundo fue el agua, la sal y las tormentas, la tierra fue naciendo poquito a poco de la espuma, aprendiendo en las olas a ser monte. El mar le dejó sitio para tener alguien con quien jugar. El mundo era tan nuevo que aún tenía sitios sin desenvolver, al abrirlos salían simas y desiertos, bosques y pantanos. Las cintas de regalo eran los ríos verdes con lazos, con meandros, con cascadas con los bordes blancos. La gente andaba y destapaba sorprendida los nuevos secretos que se desvelaban. El mundo era tan nuevo que chillaba como cruje la casa que se asienta. El mundo se desperezaba, abría los ojos y miraba. Qué diferente fue vivir entonces, ni siquiera sabíamos que éramos de distintos colores, no distinguíamos entre perros y gatos porque no sabíamos aún contar hasta cuatro. El mundo nos daba sus espigas y los vasos eran las bocas que se abrían en la fuente, la carne se moría en nuestras manos como una ofrenda y así era aceptado, como coger el fruto u ordeñar la miel en las colmenas. Todo cambió cuando cambiamos y nos supimos breves, minutos en la piedra, onda en estanque, mariposa de un día, que se sabe de un día y se pregunta por qué la flor es flor en cada primavera, en cada primavera sale y se ríe y es por eso que tiene los colores más alegres, mientras tanto el hombre es pardo y en la tierra carroña y no levanta de nuevo ni le salen más que gusanos por la calavera. Y quiso cambiarlo. El mundo era pequeño y fue creciendo, le crecieron a cucharadas, con mimos pocos y con golpes muchos, con lecciones y gritos fue creciendo. Le pusieron relojes y lo hincharon, lo hincharon hasta hacerlo deforme, agrietado, tenso. Obra de hombre fue todo, jardinero furioso. Echaba ramas altas y las bajas se iban desprendiendo, caían, pudríanse en el suelo. Le salieron caminos, le peinaron los valles hasta hacerlos rectos y cuadrados, pavorosamente cuadrados, con pinchudas esquinas en vez de curvas blandas, naturales como joroba de dromedario o lomo de escarabajo. A fuerza de arañarle canales y de ponerle pirámides y escaleras le salieron ciudades, chimeneas, granos de pus, contrajo la enfermedad de la línea recta, le dolían los lagos y las cordilleras, le sangraban las selvas, y se fue haciendo viejo, le pesaban las nubes, no podía atarse los ríos ni cambiarse el invierno. Los médicos le dieron un jarabe y le dijeron no es nada, un poco de cansancio, no se ponga en corrientes, coma menos y beba mucha agua. Pero él sabe, pues ya es viejo, que es lo que se dice al desahuciado y hoy, tendido, sobre una cama estrecha y dura mira al techo, llama a sus herederos, que no vienen, para decirles en qué se ha equivocado, pero en vano.