Toda la hermandad familiar, salvo alguna progenie, nos dimos cita en un encantador hotelito de Biarritz, el Château du Clair de Lune, que no sólo tiene bonito el nombre, sino todo lo demás también, como se ve en las fotos. Un lugar de esos que sólo en Francia puedes encontrar.
Se daba la circunstancia de que era la primera vez que los cuatro hermanos vacacionábamos juntos, y aunque sólo hayan sido tres días nos lo hemos pasado muy bien. Las tres cuñadas hicieron piña para mantener a raya a los hombres y nos portamos bien y fuimos muy formalitos (como siempre, por otra parte).
Estuvimos dando paseos por Biarritz, y aprovechamos para ver su acuario; pasear por los bulevares y las calles céntricas, tan coloridas y animadas, y aprendimos a comer los pequeños mejillones a la manera francesa, usando uno de pinza para sacar otro (qué bien se come en Francia).
Otro día fuimos a la playa en Capbreton, donde había unas olas gigantescas a cuatro metros de la orilla. La playa conserva búnquers de cuando los alemanes, aunque alguno ya está de lado o boca abajo, y las olas chocan contra ellos de forma muy llamativa. Una playa en la que la marea sube o baja cien metros o más en dos horas y cambia por completo su perspectiva.
Cenamos en Bayonne al lado de la ría tras pasear por uno de sus parques, lamentablemente ya era muy tarde y no pudimos ver mucho más.
Y para despedirnos pasamos por Anglet, donde aprovechamos para acudir a su mercado dominical. Los franceses también en esto van un paso por delante de nosotros y tiene espléndidos puestos móviles, con toda clase de productos, incluso pescado muy bien refrigerado y mantenido. El queso muy rico, doy fe.
viernes, 28 de agosto de 2009
De puente por la Côte Basque
martes, 11 de agosto de 2009
El animal que hay en mí
Sí, es eso, estoy seguro, es el animal que hay en mí el que me impulsa a hacer todo esto. Yo nunca había tenido esas inclinaciones, era una persona apenas sociable, trataba con poca gente y de forma aséptica, no veía en todas esas personas lo que ahora veo, seres indefensos, solitarios, a los que nadie o casi nadie presta atención. Pero yo sí, yo ahora los veo, me fijo en ellos, los selecciono.
La primera vez fue hace ya unos años. Fue un ciego. Un ciego que estaba dando golpecitos con el bastón en el bordillo de la acera para cruzar, se ve que no conocía la zona bien, pero yo sí, yo estaba en mi territorio. Me pareció curioso que pese a ser ciego parecía como si mirase a un lado y otro buscando a alguien que le ayudara, en aquella calle vacía, al caer la noche en un mes de agosto que había deshabitado la ciudad. Lo vi, y me fui acercando a él. Creo que me oyó mucho antes de que estuviera a su lado…
Sentí una extraña satisfacción al acabar y me prometí a mí mismo que volvería a dármela a la menor oportunidad. El animal que hay en mí había empezado a actuar.
Sólo fue el primero de una serie que se prolonga hasta ahora mismo. Luego ha habido la viejecita a la que hay que abrir la puerta del zaguán porque pesa mucho y no puede entrar a su casa con la bolsa de la compra. Y entonces aparezco yo, amable, abriéndosela… Está el niño pequeño al que se le cae la pelotita y no la encuentra, escondida en los arbustos espesos de aquel rincón del parque, y yo entro en medio de ese ramaje y la localizo, y se la tiendo en mi mano abierta: «-Toma, niño, toma… tu pelotita…» El animal que hay en mí es quien me impulsa, quien me hace saltar a por la dichosa pelotita y meterme en aquella suciedad donde no llegan los barrenderos… la pelotita le hace feliz por un momento… La muchacha aquella bajo la lluvia haciendo autoestop, tan jovencita, tan inocente. Había salido con las amigas y perdido el autobús, sus padres la castigarían si no llegaba a casa a la hora. Se le notaba que había estado de botellón. ¿Cómo las dejan solas, tan jóvenes, tan indefensas, por esas calles? Yo le sonreí, le abrí la puerta de mi coche, le dije que no se preocupara…
Sí, es el animal que llevo dentro el que me cambió. Yo antes no era así, de verdad. El animal que hay en mí es quien me hace ser así: amable, solícito, atento. Ahora me gusta ayudar a la gente, darles cariño, como lo hacía Linda, cúanto me acuerdo de ella, la perrita más cariñosa que ha habido, la que venía síempre a mi lado, me lamía la mano, movía la colita alegre. La que era un saquito de sueños. Sí, desde entonces tengo algo de animal, cuido de los míos, les atiendo, les ayudo sin esperar sino la satisfacción de poder hacerlo, quizá de un gracias o una sonrisa. Yo antes pasaba de la gente, pero el tener perro me cambió, me impregné de todo ese afecto que saben dar los animales, a cambio de nada.
El animal que hay en mí me ha hecho mejor.
viernes, 7 de agosto de 2009
De puente por Asturias
Cómo nos gusta ir de puente, vacaciones, fin de semana o lo que podamos a Asturias, seguramente donde están los más bonitos paisajes de España, o al menos buena parte de ellos. El caso es que el pasado fin de semana allá que nos fuimos, a un hotelito que averiguamos casualmente cerca de Celorio, el Arredondo, que está perdido entre prados y montes, sin nada en derredor suyo, y con la playa a cinco minutos en coche. Tranqulidad, mar, y verde, mucho verde.

