sábado, 24 de septiembre de 2005

Niña en otoño


tiene que ser en otoño
el que reposa la mirada bajo el cielo azulgrí­s
y llena de hojas secas el lecho de los amantes
cuando el alma se empapa en la llovizna
y pardea con la tarde y dice adiós
a las aves que
contrarias a nuestro sino
miramos
no pasar
ya definitivamente irse
niña hermosa mí­a de ojos diáfanos y oceánicos
yo quisiera ponerte de parte del otoño
de esta inundación de calma
de este auspicio de quietud
y quisiera entregarte el sonido de las hojas pisadas
de la lluvia lenta en la ventana
para alfombrar los inhóspitos silencios
para que sepas recordar a través de los años
la frente y la nariz en el cristal
desde el que veí­as alejarse tu niñez
otoño es una risa que por fin se hizo dulce
y aprendió a sonreir
yo quiero predisponerte a la dulzura y a la sonrisa
a este otoño a quien nadie quiere bien
a pesar de regalarnos los matices más bellos del color
y de tirar de las riendas de nuestros locos apresuramientos
cuando los afanes mundanos te agobien
deja que el otoño te reintegre al mundo
al mundo sólido de las cosas ciertas
sobrevolado por el gaseoso de las risas forzadas
y el í­ntimo hastí­o
niña mí­a de ojos inmensos
que en otoño decí­as adiós a tantos juegos
no dejes que se te apolillen las muñecas en el armario
que es absolutamente imprescindible para vivir
invitar a las muñecas a tomar el té de tarde en tarde
es en otoño
cuando guardas en tu baúl los alegres vestidos del verano
las finas telas
los vivos colores de los que cuesta desprenderse
y cierras el baúl como quien pone fronteras en un paí­s lejano
como quien quema los cuadernos de caligrafí­a
afrontando las nuevas etapas con desdeñoso olvido
pero no le des cuatro vueltas a la llave
que lo mejor del otoño es abrir baúles
mirar fotografí­as de playas y muchachos
y asaltar de noche los desvanes para bailar
con el hueco vestido de flores de la niñez
de esa
que siempre se nos queda pequeña
Tomás Galindo ®

sábado, 17 de septiembre de 2005

CIENCIAS Y LETRAS


empezamos discutiendo mucho
con los labios inmediatos
las miradas que eran un chisporroteo
según tú porque los polos opuestos se atraen
según yo porque el yin y el yan se complementan
como se ve
tú eres de ciencias
y yo de letras
me confesaste aquella noche

jueves, 8 de septiembre de 2005

Cómo un loro poco listo arma la de dios es cristo (romance de tuerto)

Se ha dicho el loro Facundo
que quiere conocer mundo.
Cree que será más sabio
dando vueltas por el barrio.

Y como no tiene mapa
en cualquier lugar atraca.
-«Aquí­ huele bien»- se ha dicho,
y adentro se mete el bicho.

«¡Una fruterí­a, al fin
aquí­ me daré un festí­n!
Va como los aviones
de la uva a los melones.

«¡Al ladrón, al criminal!»
le gritan al animal.
La frutera es una tipa
que no le da ni una pipa.

Corre, vuela, sube y baja…
si le enseñan la navaja
al loro le da lo mismo:
«He venido a hacer turismo»

«Este acaba en la cazuela
como me llamo Manuela»
Como lo pillen al vuelo
estas le darán p’al pelo.

Dice la jefa a la tropa
que hay que quitarse la ropa.
Con la bata como red
le dan contra la pared.

Pero el loro, que algo intuye
les madruga y se escabulle.
Y quedan las infelices
con dos palmos de narices.

Se buscaron un experto
y le cargaron el muerto.
Al fin el veterinario
caza al loro estrafalario.

Aquí­ se acaba la historia
del loro que buscó gloria
Pero su ciego apetito
le hizo cometer delito.

domingo, 4 de septiembre de 2005

De jira

La de tiempo que hací­a que no preparaba yo un almuerzo campestre ¿dónde habrá escond…guardado esta mujer la fiambrera? Porque uno es un clásico de los de fiambrera. En tiempos, cuando éramos incivilizados y aún sabí­amos encender un fuego en el monte sin quemarlo, ciencia que hemos perdido, lo mejor era preparar una parrillada de chuletas de cordero, conejo, longanizas, cebollitas tiernas… Pero ahora que si prendemos una hoguera no sabemos escoger el sitio, ni hacerlo sin elegir un combustible que no se lleve chispas incendiarias a cientos de metros, ni apagarlo; o sea: ahora que ya no sabemos cocinar fuera de una cocina, lo mejor es llevarlo todo en la fiambrera. El proceso artesanal (o artí­stico) de preparar un comidita campestre comienza friendo los ingredientes de la tortilla. En este caso el calabací­n. También puede ser de patata con cebolla, pero el calabací­n es tan jugosito, y está ahora mismo tan en su momento que me decanto por la suculenta cucurbitácea; un buen calabací­n que harí­a gozar a más de una con su visión, cuatro huevos, aceite, sal, sartén… y poquito a poco. Aparte voy majando la salsa campestre, yo la llamo chimichurri porque se parece a la clásica argentina sin serlo: ajo, estragón, tomillo, pimienta, aceite, vinagre y sal dan un gusto riquí­simo a cualquier carne o ave que se vaya a comer uno frí­a en el campo. Normalmente se lleva un pollo asado, o medio, pero como somos dos y tenemos tortilla, me conformo con freí­r a fuego lento dos muslos de pollo deshuesados y sin piel (qué sano) que luego bañaré en salsa. Ensalada, por supuesto, lechuga de esa verdecita y tierna, cebolla dulce (de Fuentes de Ebro que es la mejor) y unos tomates de pera en su punto; el aliño lo llevo en un bote aparte para que no se ablande la ensalada por el camino. De postre más cucurbitácea, una supertajada para dos (o más) de melón. Está dulce y rico, lo llevo en la neverita portátil, junto con dos cervezas sin alcohol. Y luego, para entre horas, una tableta de chocolate (imprescindible en el campo). Cubiertos, servilletas, bolsas para la basura, mantel… se mete todo en una mochila, se agita y se le pegan dos patadas para que todo encaje y quede bien estibado.